El Clima en Santiago del Estero

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16/8/24

Antu Puncu, el bailarín que pactó con el diablo




La mandinga de las sierras
quitilipi con su flauta
Y esta bruja chacarera
Bailando en la Salamanca.

Allá lejos y hace tiempo...como en el libro de Hudson, en Santiago del Estero, hasta hoy, se recuerda al legendario Antonio Salvatierra (el Viejo Antu Punco), extraordinario bailarín santiagueño que en 1911 integraba la primera compañía de danzas nativas de don Andrés Chazarreta. El viejo, que asombraba por su destreza para el zapateo, cada vez que se “machaba” solía contar que se había graduado tras pactar con Satanás en la cueva de Loreto...

Una noticia proveniente de la ciudad santiagueña de Loreto, hace unos años, aparece La Salamanca como hallazgo de un insólito cazador. Se habla de un pozo musiquero y cantos lastimeros en un árbol. El relato señalaba que un vecino de esa ciudad. “hombre cuerdo y de probado coraje”, procuraba cazar perdices a unos cinco km del lugar, cuando de pronto: “El aire se pobló de una extraña música que provenía de las entrañas de la tierra...la rara melodía brotaba de un pozo de unos metros de diámetro.

Y el relato seguía: el cazador logró ver animales apiñados que daban la impresión de medir fuerzas entre sí. Había enormes víboras, lampalaguas de larga cabellera, arañas de patas peludas de más de medio metro de altura, sapos que tocaban la guitarra y una rana cantando melodías festivas. El sucedido, localizado en el paraje “La portada de Gallo”, en los alrededores de Loreto, fue vinculado con el percance que poco tiempo antes sufriera otro cazador. Publicado en FBK por Patio santiagueño

LA MANDINGA
Letra y música: Chango Rodríguez

Quien ha visto un diablo negro
En una mula lunanca
Dijo un viejo musiquero
Que anduvo en la Salamanca.

Al compás de una guitarra
Y haciendo sonar la prima
Se acordaba de unas farras
De Loreto y Salavina.

De su tropillita vieja
De su caballito oscuro
Del rumor de unas represas
Y el canto de los coyuyos.
La mandinga de las sierras
quitilipi con su flauta
Y esta bruja chacarera
Bailando en la Salamanca.

Me preguntan de ande vengo
En mi caballito oscuro
Habla corazón ladino
A que te has quedado mudo.

Dijo el viejo no me asusta
Yo soy como el hombre manso
Pero si por ai' me buscan
Espino como el quebracho.

Igualito a la algarroba
Maduro fruto en mis ramas
Cuando me canta el coyuyo
Que llevo dentro del alma.
La mandinga de las sierras
quitilipi con su flauta
Y esta bruja chacarera
Bailando en la Salamanca.

25/11/22

La Salamanca

 


La leyenda de la salamanca es general en toda la Provincia. No hay apenas lugar, donde la gente no crea ver o sospeche la existencia de una salamanca.

En el paraje de Tilingo, distante dos leguas de Atoj Pozo (Majadas), Dto. San Martín, escondida en el sitio más enmarañado del antiguo río Huaycondo se encuentra una salamanca, la cual, en ciertas noches, deja oír su música diabólica (CCXVI).

Los habitantes de Tacanitas Dto. Pellegrini afirman que existe una salamanca al Este del Puesto llamado Hoyo Pozo, distante de Tacanitas 566 leguas. Dicen que a altas horas de la noche se oye una música perfecta de violín y bombo, asegurándose, además, que un hijo del dueño de ese puesto, por su vida montaraz y costumbres, tiene compromiso con el diablo (CCXIX).

En el Dto. Guasayán hubo salamanca en los parajes: La Chilca, El Rodeo, Pampa Pozo y Guampacha (CCXVII). También existe una salamanca en Maquijata, Dto. Choya; en Manogasta, cerca de Tuama, en un "pozanco" que se llama Pozo Komer; en la Cañada Larga, a 3 kilómetros de Villa ojo de Agua; en la Cañada de la Costa, Dto. Río Hondo, bajo la barranca, donde hay  un árbol y una vertiente; y en Sotelos, camino de La Zanja y sobre el río Salado, frente de Azogasta y cerca de Guaype.

Según la leyenda la salamanca es un lugar diabólico, donde el "supay" enseña sus artes, donde las brujas efectúan sus reuniones tres veces por semana y donde acuden los que se inician en la práctica del maleficio o los que van a aprender toda suerte de maña, destreza o habilidad.

A la salamanca concurre, según la imaginación popular el famoso cantor o guitarrero o bailarín del pago; la moza que enamora; la vieja bruja que prepara los "gualichos"; la curandera; el bravo domador o cazador; el que "piala" con destreza; el corredor de las carreras; y todo aquél que de un modo u otro se ha destacado en la pelea, en el amor o en su trabajo. Por lo general, la Salamanca es un lugar oculto entre los. breñales, de difícil acceso, cuya entrada conduce a una curva amplia y lóbrega. Allí se baila, se hace música, celebran aquelarres y orgías. Las viejas y viejos se transforman en jóvenes, los enfermos curan, la fealdad se cubre de hermosura.

Pero para entrar es preciso armarse de un gran valor. Completamente desnudo, el neófito, hombre o mujer, debe introducirse a la Salamanca con un iniciado. A la entrada de la caverna existe un Cristo "cabeza abajo" al que hay que pegar y escupir. Ya en el recinto subterráneo, se ven animales muy repugnantes y asquerosos: arañas peludas, sapos y escuerzos de gran tamaño, ampalaguas, víboras y umucutis, ante los cuales debe el iniciado permanecer impasible "aunque las víboras se le envuelvan en el cuerpo". Si ha podido vencer la repugnancia o el miedo que tales animales producen, es sometido a nuevas pruebas, y al final, si resulta vencedor, el neófito "puede pedir lo que quiera". En caso contrario, se vuelve loco al salir.

Como entretenimiento, durante la reunión, se hace música con bombo, violín, guitarra y arpa; se queman cohetes de estruendo; y se celebran bacanales que duran toda la noche.

Es creencia general que la música de la Salamanca sólo deja de sonar cuando alguien se arrima a la cueva y que los animales que pasan por cerca de ella se "espantan" y huyen des pavoridos (CLXI), (LXXVI), (VI), (LXXXIV).

Fuente: El Folklore de Santiago del Estero, Orestes Di Lullo

El Sacháyoj

 


Es el numen protector de los árboles, el dueño del bosque. Vive en las profundidades de la selva bajo la figura de un hombre, se alimenta de frutas y animales silvestres y su cuerpo está cubierto de "sajasta o barba del monte", una especie de alga vellosa y blanquecina.

Su aparición es siempre insólita. Con sus gritos, que semejan los golpes del hacha en el bosque, atrae para perder al "hachero o melero" que se aleja de sus semejantes. Y sólo quien no conozca la existencia del sacháyoj le toma por un hombre y va hacia él. Pero, ¡guay! de aquel que osa) contestar sus gritos o seguirle en los recovecos de la selva: ¡su perdición es segura! Así lo afirman los que le oyeron, llenos de temor y de angustia (XX).

Semejante a esta leyenda existe una deidad indígena que se llama Sacha maman o Madre del bosque, y su origen sería el eco del ruido que las hachas producen en el monte.

Un día refiere don Gabino Ledesma, de Villa Matará- el sacháyojle gritó a un melero que llevaba dos perros para hacer cazar. Atemorizado, se quedó. Pero los perros se metieron al monte, ladrando. Al poco tiempo, uno de ellos regresó aullando lastimeramente, como perseguido por alguien, a quien, sin embargo, su dueño no pudo ver. Del otro perro no supo nunca más. "Dejuro lo llevaría el sacháyoj" (CLV).

Esta figuración mítica del numen tutelar del bosque, es de una moral ejemplarizadora. Tiende, seguramente, a evitar la destrucción del árbol y de los productos de la selva.

Fuente: El Folklore de Santiago del Estero, Orestes Di Lullo

La Madre del Cerro

 


Don Benigno Corvalán, vecino de El Zanjón, Dto. Capital, que fue "manual" de don Gaspar Taboada, cuenta que allá, por el año 70, se había perdido en el cerro de Guasayán, una mula cargada con tres barriles de aguardiente. Un arriero fue en su seguimiento y después de mucho andar se encontró ante una laguna, circundada de piedras de oro, que producían vivos reflejos en el agua en que se reflejaban. Quedó asombrado el arriero y al levantar la vista, vio sobre una peña a una mujer desnuda, de singular belleza, que peinaba sus cabellos rubios con un peine de oro. Era la madre del cerro u orko maman, como se la llama en quichua, de orko: cerro, y maman: madre.

Pasada la sorpresa que en el arriero produjo esta visión de la deidad tutelar, cargó algunas piedras de oro y fuése para el pueblo, donde contó la extraña aventura. Los vecinos, organizados en comisión, partieron para la conquista del tesoro. Iba a la cabeza el arriero del cuento. Pero cerca ya de la laguna, una densa neblina los tapó, impidiéndoles proseguir la búsqueda.

Cuentan, además, que la madre del cerro se encolerizó cierta vez que jaloneaban las faldas de la serranía de Guasayán por no haberla invocado ni buscado su protección. Al ir a cavar la pica, todo el cerro se estremeció sacudido por un sismo, del que todavía guardan memoria los pobladores de la zona.

La leyenda del orko maman, en su primera versión se asemeja a la del peine de oro de la laguna del cerro bayo de Tucumán.

Fuente: El Folklore de Santiago del Estero, Orestes Di Lullo


La Madre del Río

 


Esta leyenda que corre por las poblaciones costeras del Río Dulce, es parecida a la de la teogonía, quichua o diaguita de yacu maman, que creía en una diosa menor, madre del agua, que guardaba en tinajas la lluvia del cielo.

El mito santiagueño de la madre del río o mayu maman, como también se llama en quichua, está representado por una hermosa mujer rubia que aparece sentada sobre la "primera ola" de la creciente, la cual, en los momentos de calma peina sus cabellos con una "ñajcha" de pescado o, a veces, con un gajo de "ulúa".

Afirman algunos haberla visto en su verdadera forma: mitad mujer y mitad pez, saliendo del agua en las noches de luna, para dejar su rastro en una "sola güella" sobre la arena, rastro que han de seguir las aguas del río en sus desbordes siempre cambiantes..

En Manogasta, Dto. Silipica, la madre del río anuncia la llegada de las crecidas y la formación de bañados.

Muy semejante a esta leyenda, aunque difiere en su aspecto general, existe en el bracho y las costas del río Salado la mailin paya o vieja del bañado, una ficción con que antiguamente se asustaba a los niños. Fuente: El Folklore de Santiago del Estero, Orestes Di Lullo 

2/11/22

Santiago está lleno de salamancas


Las "salamancas" son una creencia generalizada en la mesopotamia santiagueña: no hay localidad que no tenga en sus proximidades una salamanca. Todo varón que se destaque en la música, en la danza, en el juego, en el éxito con las mujeres, en los negocios, y en fin, en cualquier aspecto, es sospechado de haber aprendido en la salamanca, cueva en la que ha hecho tratos con el diablo. Todo aquel que quiera aprender muy rápido y con suma destreza alguna de esas artes, se encamina a la salamanca, y se convierte de este modo en un "estudiante" y un frecuentador asiduo. Pero de todas las artes, las más importantes y las más comunes están relacionadas con la música. También mujeres curanderas o brujas han aprendido allí. Pero generalmente las mujeres van sólo para tener tratos íntimos con el diablo y a entregarse a la bacanal, en el baile que allí adentro se desarrolla.

Los lugareños pueden señalar la entrada de la "cueva", que suele ser o un hueco en el borde de una barranca, o una hondonada dejada por el antiguo cauce del río o una aguada, en cuyo caso, la cueva está al fondo de ella. Pero la "cueva" propiamente no se ve: "se abre cuando el que va quiere dentrar", se desnuda y de repente pierde piso y cae en ella. Después de superar una serie de pruebas en el "umbral", el "estudiante" ingresa a ella. Allí se desarrolla un gran baile campesino orgiástico, todos desnudos, en medio del cual el diablo le enseña lo que él desea. Esa enseñanza y esos bailes son frecuentados por los "salamanqueros" de ahí en adelante, aún después de haber aprendido de modo excelente su arte.

Este complejo mito-ritual se remonta al período colonial y tal vez se hayan transformado en él antiguas creencias o rituales indígenas, y se hayan incorporado otras, negras. Los nombres con que allí se llama al Diablo: Diablu o Malu, en español, Supay, en quichua, y Mandinga, entre los negros, indican una interculturalidad constitutiva.

(...)

Es común que cuando se pregunta por alguna historia de salamancas en las áreas rurales, de norte a sur y de este a oeste de la mesopotamia santiagueña, después de haber negado saber nada, los lugareños relaten varias historias y señalen lugares próximos, donde "todavía está una... antiiigua!...", o donde "hace poco se ha empezáo a escuchar..." (Se escucha la música del baile que allí acontece). Historias de salamancas se recogen sobre todo en el campo, pero también las hay en las periferias de las ciudades: las salamancas siempre están en medio del monte, retiradas, cerca de los ríos, fluentes o muertos. Esos relatos, con frecuencia, transitan el bilingüismo: se cuenta todo en quichua o sólo partes, alternando quichua y español.

En general, las historias viejas se cuentan (en parte o totalmente) en quichua, pero cuando se habla de salamancas, aunque sean relatos recientes o actuales, aparecen siempre frases o términos quichuas, algunos de ellos muy propios para referirse a lo relacionado con estas "cuevas": caynitas, utulas o petisitus ("estitos", "pequeñitos" o "petisitos", como se llama a ciertos personajes que aparecen junto al Diablu), corajudus (que son quienes tienen el coraje suficiente para entrar a la salamanca), bichuscuna o bichus ("bichos", como se nombra a los animales que por allí merodean, y que recorren el cuerpo desnudo del "estudiante", como una de las primeras pruebas, en la entrada: arañas, víboras, lagartijas), ampalau o lampalagua ("ampalagua", también llamada en ese contexto "viborón", es una boa constrictor de la zona, de unos 5 y hasta 6 mts. de largo, una de las formas que toma el Diablu dentro de la salamanca).

El complejo mito-ritual de la salamanca

Se le llama "salamanca", en el área mesopotámica, a una cueva oculta en medio del monte, próxima a un brazo seco del río, o directamente ubicada en las barrancas viejas, o que se encuentra en el fondo de alguna laguna que han dejado las crecientes. [NOTA: La salamanca es un complejo mito-ritual extendido en todo el centro y noroeste argentino (Pagés Larraya 1996), pero aparentemente la creencia es mucho más intensa, y con una fuerza de vigencia incomparable, en la mesopotamia santiagueña. Sólo me ocupo aquí de su versión santiagueña.]

Es decir, siempre la salamanca guarda alguna relación con los ríos: con sus cauces abandonados o con sus desbordes, con los dos polos diferenciales (defecto y exceso) de los ríos.

Esta cueva subterránea sólo se abre cuando algún "estudiante" o "salamanquero" desea entrar: no se la ve, el propio suelo se abre. Nunca se ven las salamancas, son cuevas invisibles. "Estudiantes" son aquellos que se dirigen allí para aprender alguna destreza u adquirir algún don en que quieren sobresalir. Para ello deben establecer allí trato con el diablo, quien les enseñará. "Salamanqueros" son aquellos que han aprendido su arte, y que regresan a la salamanca sólo por placer. El diablo es también localmente llamado "Malu", o en quichua Supay, o con su nombre afro "Mandinga". También hay mujeres que van a la salamanca para hacerse "brujas" o para tener relaciones carnales con el demonio y los asistentes.

Determinados animales, sobre todo cuando aparecen juntos, señalan la presencia cercana de una salamanca: ampalaguas (víboras de gran tamaño, localmente llamadas "lampalaguas" o "viborón"), arañas, lagartijas o iguanas. Todos ellos son, en la comprensión general local, metamorfosis de lo diabólico.

"Estudiantes", salamanqueros y mujeres no deben permitir que se los siga cuando se dirigen a la salamanca, y sobre todo no deben ser vistos cuando están por entrar a la cueva. Si eso sucede, si son descubiertos en ese momento, se pierden, se desorientan totalmente, y enloquecen. En la entrada, deben despreciar a los representantes celestes de la fe cristiana: Jesucristo, la Virgen y San José, y una vez adentro no deben invocar su poder por nada.

También a la entrada deben desnudarse, y en el interior, la primera experiencia es una sesión de caricias realizadas por aquellos animales, que recorren todo el cuerpo, poniendo a prueba toda confianza. El/la ingresante no debe dejarse llevar por el temor, la repulsión o el terror, pase lo que pase, vea lo que vea, sienta lo que sienta. En varios relatos, el viborón se enrosca sobre sí, con su cabeza erecta al centro y el/la ingresante se debe sentar allí, permitiendo que el reptil recorra todas sus partes. Luego el Diablo/Supay/Mandinga toma diversas formas humanas y animales.

Allí dentro hay una gran fiesta, con música y baile, en la que participan todos desnudos, entregados a la bebida y a los placeres. El Diablo va enseñando a quienes desean aprender, quienes lo hacen muy rápidamente, adelantando varias etapas en cada visita. Pero si bien con esas artes tendrán facilitado el ascenso social, no podrán vivir de acuerdo con su riqueza: permanecerán viviendo como pobres (y hasta miserables), a pesar de hacer mucho dinero.

Las entradas a la salamanca tienen lugar a horas de la siesta y a la noche, cualquier día, aunque las "brujas" lo hagan sobre todo martes y viernes. Según la circulación mesopotámica de los relatos, hay muchas salamancas, próximas a diversas localidades, simultáneas. La multiplicidad, la alteración de las experiencias sensoriales (espaciales, temporales, eróticas) y el atravesamiento de las formas definidas (las metamorfosis) hacen a los modos de percepción y de acción "salamanqueros". Quien es asiduo a la salamanca obtiene aquel poder metamórfico y el don de la velocidad.

La presencia de una salamanca es reconocida en una zona porque se oye música de fiesta a la distancia, música de bombo, violín y guitarra (o bandoneón), música de chacareras, que es aquella forma musical con la que los "santiagueños" se identifican. De acuerdo con la abierta sociabilidad campesina, si hay fiesta, es el propio sonido de la música la invitación misma que los vecinos necesitan para asistir. Por lo tanto, al escuchar música, algunos vecinos de la zona deciden ir, con la sospecha de que se trate de una salamanca, ya que nadie ha hablado de que habría fiesta en esos días.

Todos quedan intrigados. La música de salamanca se escucha en un momento hacia un lado, en otro momento hacia otro, luego vuelve a cambiar hacia otro sitio, y así, quien decide seguirla, termina perdido en medio del monte, en una aterradora sensación de desconcierto y vulnerabilidad. Al otro día, los vecinos averiguan dónde hubo fiesta, y no la hubo. En el campo, si uno va a hacer fiesta con baile, necesita un permiso policial. En ello también se reconoce que se trataba de una salamanca: nadie solicitó permiso en el puesto policial de la zona.

Tres notas importantes me interesa destacar aquí:

1. La salamanca manifiesta su presencia porque se la escucha, y se la escucha como música de chacareras, ejecutada con sus instrumentos clásicos (guitarra o bandoneón, bombo y violín).

2. Quien no se dirige a ella con la intención de aprender algún arte, comienza a dar vueltas por detrás de la procedencia de la música, se interna en el monte y se pierde. El monte mesopotámico santiagueño, después de la explotación forestal de este siglo, es de altura mediana (3 mts.), con algunos árboles aislados, llano y monótono, lo cual impide (sobre todo por la noche), hasta a un conocedor, encontrar señales de orientación. Quien comienza a girar de aquí para allá, se pierde. La salamanca muestra una fuerte relación entre pérdida en medio del monte y locura, en el elemento de una música capaz de desorientar, tal vez por su extrema fluidez.

3. Se trata de un baile clandestino, móvil, no localizable, y que se realiza sin permiso policial. Siempre en los márgenes, en medio del monte, lejos de los espacios urbanos, pero también retirado de los asentamientos rurales y de las casas aisladas, en una liminariedad: "campo afuera" dicen los habitantes rurales (ese "afuera" que también señalaba la rezadora de Loreto hablando de las alumbradas del Día de Muertos, y el Oficial Principal de Villa Atamisqui, señalando dónde "se sigue la quichua"), donde tiene lugar una "communitas" dionisíaca, erótica y musical, rituales de inversión en los que se desprecia (se escupen, se pisan, se arrojan al suelo, se empujan violentamente, se niegan o maldicen) las imágenes y los nombres del cristianismo hegemónico (Turner 1970).

Una salamanca está provisoriamente "localizada" en un sitio, pero después de un tiempo se muda, a medianoche o en horas de la siesta. Es decir, se comporta como los ríos, yendo de un cauce a otro. Tal vez sea una vieja movilidad obligada, de cuando el río, al cambiar de curso y llenar el cauce viejo, la desplazaba. Ahora, a pesar de que los ríos han sido domesticados, cambia periódicamente de sitio.

Es creencia común, tanto en las áreas rurales como urbanas, que quien se destaca por su habilidad en la ejecución de un instrumento o en su inspiración poética para componer canciones ha pasado por una salamanca. Del mismo modo, quien tiene mucha suerte en el juego, o hace mucho dinero en poco tiempo, o danza de un modo espectacular, o tiene un especial poder de seducción. En todos estos casos, los salamanqueros son varones. Las mujeres sólo procuran allí la hechicería o el goce erótico y sexual.

Las salamancas siguen abundando hoy. En primer lugar, cuando uno pregunta si se sabe de alguna cerca, los lugareños siempre niegan. Lo mismo sucede cuando se pregunta si se sabe quichua o si se conoce algún "cementerio de indios" en las proximidades, como ya hemos visto. Avanzando la conversación o en otro encuentro, surgen las historias. Pero, en el caso de la salamanca, este segundo momento suele demorarse más, y se habla en voz baja, la voz se hace más íntima, las frases son breves, suspendidas, con entonaciones que suben y bajan a puntos extremos, y narraciones llenas de sobreentendidos, contadas a medias, en las que los salamanqueros son calladamente señalados.

Las salamancas proliferan en toda la mesopotamia santiagueña: hay una a 5 km. de Villa Atamisqui, en un paraje llamado La Bajadita; otra cerca de Soconcho; otra en Tiun Puncu, junto al gran "cementerio de indios" y a un costado del brazo seco del Dulce; en Taco Pozo, un poco más al norte; en Loreto Viejo, junto al lecho del Río Ñambí, que sólo recoge agua en verano, y se la escucha en las proximidades de su desembocadura en el Dulce; en Cruz Pozo, junto a Manogasta; en Maquito, cerca de la ciudad de Santiago; en Pozo Ckomer, cerca de Villa Robles y otra en una laguna de igual nombre, cerca de Loreto Viejo; en Tullitullu, cerca de Alasampa; en La Cañada; en Uritu Huasi; en La Loma; en Tusca Pozo; en El Aybal; otras dos en sendos remansos del Salado: Ampalausníoj y Mishíoj; en las lagunas de Jume Esquina; en La Bruja; en Río Verde, cerca de Mayupunta; en Lana Pozo ... Como pasa con los "cementerios de indios", no hay localidad que no tenga una que se escuche en sus proximidades.

La salamanca de Tuama, según me contara Doña Juana Torrez en 1996, estaba, hasta 1930, en la laguna que formaba un brazo del Dulce que se abría del cauce principal, y que hoy es un bajo, a unos 200 mts. del actual cauce, camino a Mili. Por aquella época, contaba Doña Juana, "el Dulce se voltió para aquel láo" (más al este, por donde pasa ahora) y la laguna se secó. En tonces un sacerdote "la había tapáo", lo que significa que la había bendecido. "Y la salamanca se jué, y ha'i d' ser que se ha ido nomás, porque ya no se escuchaba". Ahora ha vuelto, un poco más al sur de donde había estado, en la barranca vieja del río.

Cuando falleció Doña Juana en Septiembre de 1997, "se escuchaba clarito, música linda, todos esos días de la novena", me decía Olga, su hija, y la han seguido escuchando después. Con Olga fui a fines de 1997 al lugar donde había estado la antigua salamanca. Es una hondanada de unos 20 x 10 mts., que mantiene humedad y con bastante vegetación. Un muchacho le había contado a una de sus hijas que él conocía dónde había una nueva. Ellos ya sabían que había una porque la habían escuchado. Olga y sus hijos piensan que "seguro él ha querido estudiar algo, y por eso encontró". Sospechan que tal vez anda queriendo conquistar a alguna joven. Olga me confesaba que a ella le daba miedo ir a averiguar dónde está, o pasar cerca de la barranca, por los "bichos" que han aparecido: víboras y arañas. Publicado en FBK por Patio Santiagueño

Extraído de: indios Muertos, Negros Invisibles. La Identidad "Santiagueña" en Argentina. De José Luis Grosso
Fuente: Diccionario de Mitos y Leyendas - Equipo NAyA
http://www.cuco.com.ar/

6/2/22

Relato real de espantos en el monte santiagueño.

 


Cuentan que un día en un corral junto al canal de la patria, nació un cabrito ciego, tenía el cuero liso en la cara y no tenía cavidades donde deberían estar los ojos. Este raro nacimiento conmovió a familia y a los lugareños de paraje El Cuervo. Una noche el hombre de la casa alumbrando el camino con una linterna, fue hasta su corral para sacrificar al animalito y enterrarlo allí mismo, porque según su creencia, de ese modo se le iba a aumentar muy mucho la majada.

El hombre reunió a sus perros y acompañado por su mujer e hija, toman un camino serpenteado entre tuscales, salen a un claro y llegan al lugar.

Allí estaba aquel cabrito, echado casi abajo de un tronco seco que tenían al lado del corral. Mientras el hombre se preparaba para acercarse al animal, oyen un gruñido bajo que venía del oscuro monte por el sendero del chaguar. En ese momento la hija apuntando su linterna hacía el senderito, ven que de la nada aparece un gran puma caminando tranquilo entre los perros y las chivas que estaban echadas, toma al cabrito ciego con su boca y se pierde en la profundidad del monte. La familia cuenta que los perros y sus chivas jamás se dieron cuenta que el puma pasaba entre ellos.

La familia cree que ese cabrito no era algo bueno y el puma una aparición diabólica.

Otro relato contado por la amiga "Hilando sueños" dice:

"Un viejito que vivía con nosotros también sabia contar, que una vez se levanto por la noche, porque su perro cabrero ladraba raro en el corral. Cuando fue hasta allí, vio a un perro negro muy grande que corría a las cabras, el hombre agarró una tranca y le dio fuerte por el lomo. Cuenta que el perro largó un largo quejido de dolor, como un humano. El hombre era un viejito muy corajudo, que cuando sentía el silbido de las animas, salía con un cuchillo a los insultos limpios en quichua, vaya a saber que decía."

 Siempre escribo que, los cuentos de nuestra gente sobre mitos y leyendas, forman parte de nuestra cultura.

Entonces es #Cultura si has visitado a algún familiar en uno de esos pueblos o parajes de Santiago, donde te contaron nuestros mitos y leyendas. Es traición contarlas abajo las galerías o a luz de la luna, y en medio de un silencio que abruma. Tal vez algún relato te hará recordar a tu infancia, y los momentos de miedo que viviste cuando escuchaste por primera vez, los sonidos en la profundidad de la noche.

 Fuente: Grupo Amigos en el Monte

#Relatos

#NuestraGente

#EnElMonte

#ContemosHistorias

#Cuentos_Tradición_DeMiTierra

31/10/21

Los ulalos


En el Estrella del Norte, llegó Eric Satie a Santiago del Estero, una mañana de agosto de 1918. Tranquilo, cruzó la ancha sala de la estación siguiendo a un simpático changarín, que le explicaba cómo manejarse con los "mateos". Salieron a un resplandor que él nunca había visto: "el sol vive aquí", se dijo.

Tomó uno de los coches de plaza que se alineaban enfrente, bajo la suave sombra de árboles frondosos. "A Villa Constantina", indicó. "Calle San Martín 1412".

Recomendado por un amigo cordobés, tenía preparada ya una habitación en la casa de una familia de barrio. Un muchacho le ayudó con las dos valijas.

A pesar de haber sido largo, el viaje desde Buenos Aires no lo había cansado. Luego de algunos minutos, la dueña de la pensión golpeó la puerta para preguntarle si prefería mate o café.

-Mate -contestó Eric, quien ya había degustado ese néctar en París, gracias a un poeta argentino.

Desde aquel momento, todo sucedió con placidez. El almuerzo amable, compartido con la familia que vivía en aquella casa, la larga siesta. Como a las seis de la tarde, salió a dar un paseo por el barrio. Le encantó. Callecitas de tierra, silencio, árboles desconocidos para él, bajos y coposos junto a las veredas. Silencio. Tranquilidad en las gentes. Jóvenes y mayores conversando distendidos en las veredas, frente a mesitas de madera o metal. En las que se veían platitos con queso cortado en cubos, fiambres, masitas, pan, gabetas de maderas, pavas y mate.

Dos días después, apenas terminó el desayuno, le avisaron que en la sala principal de la casa lo esperaba su guía. Eran las ocho de la mañana. Eric sintió una agradable corriente de entusiasmo. Fue hasta su habitación sólo para retirar el pequeño maletín.

El hombre en la sala era un joven muy bello. Camisa ocre, bombacha militar, botas. Sobre el grueso cinto de cuero, junto a la gran hebilla, llevaba cruzada una cartuchera, de la cual se veía salir la culata del revólver.

-Qué tal, amigo. ¿Ya está listo para partir? - saludó estirando su mano y fijando en los de Satie sus transparentes ojos verdes.

-Estoy listo... señor...

-Mi nombre es Brígido Carreras -avisó el joven con voz gruesa. Afuera esperaban dos caballos. La distancia no era muy larga. Llegarían esa misma noche.

A unos cien metros vieron dos jinetes, que parecían esperar junto a la ruta. Declinaba ya la oración y los objetos se difuminaban.

-Pare un momentito -escuchó Satie que Brígido le decía. Lo vio entonces quitar del costado un instrumento que reconoció como las boleadoras. Sin apuro, el joven fijó uno de los extremos anudándolo en el cabezal de su montura. Luego extrajo un facón reluciente de la vaina que llevaba, también sobre su cinto, fijada en la espalda. El francés se sintió repentinamente aterrorizado. Como adivinándolo, Brígido lo tranquilizó.

-No se preocupe, amigo. Esto se va a terminar rápido y a usted no le va a pasar nada. Vamos ahora...
Dos hombres vestidos de negro salieron a su encuentro. Se cruzaron sobre la no muy ancha senda pedregosa. Sus caballos caracoleaban. Eran jóvenes, parecían muy fuertes. Ostentaban una elegancia inesperada. Camisas blancas con cuellos bordados bajo chalecos negros de terciopelo. Rastras y espuelas de plata.

-Por acá no se puede pasar... -dijo uno que llevaba en su mano el revólver desenfundado. -Son campos de propiedad privada.

-Somos huéspedes de don Moisés Carol -le aclaró Brígido. Pero el guardián respondió:
-Don Moisés Carol no tiene autoridad aquí.

Entonces con un movimiento velocísimo que a Satie lo estremeció, Brígido derribó al que llevaba el revólver de un bolazo en la sien. Como un refucilo lanzó el facón hacia la frente del otro, que cayó, también, agarrándose la frente de donde brotaba abundantemente su sangre.

Satie estaba a punto de desvanecerse; su asombro llegaría al colmo cuando viese que los caballos de los otros desaparecían y los hombres derribados por Brígido se metamorfoseaban... Convertidos en oscuras bestias, semejantes a cerdos peludos, huyeron berreando. Y se perdieron entre los matorrales y la oscuridad.

Don Moisés Carol también tenía ojos verdes, algo diluidos por la edad. Debía de ser un hombre como de ochenta años.

-Los llevaré enseguida a la casa de los ulalos... ellos se muestran únicamente en dos horarios, por las noches y a la siesta... -explicó el anciano.

Se internaron los tres a caballo, por un senderito en el cual cabían sólo en fila de a uno. Satie percibió que descendían, aunque levemente. Al fin llegaron a un tupido lugar del bosque, en el cual, después de pasar por una especie de hueco entre las enredaderas, se internaron, a pie, por un largo corredor donde las paredes parecían haber sido hechas sólo con apretada vegetación.

Entraron a un espacio redondo, amoblado con estantes, sillones y mesas de piedra, iluminado por antorchas sobre las paredes, también de piedra gris. En su centro, tras una mesa, estaban dos pequeños seres que a Satie le provocaron un sobresalto.

En sus cabezas calvas había ojos, narices -nimias- boca y bajo su mandíbula tenían delgados cuellos. También sus delgados torsos se extendían en brazos largos por los costados, con manos delgadísimas, de delicados dedos "como de pianistas" apreció el francés. No parecían humanos, sin embargo. Bajo las camisas de sarga se veía una piel grisácea, con tonalidades amarillas y verdes, que jamás conociera antes.

-Él es Eric Satie -indicó don Moisés Carol a los extraños seres.

-¡Bienvenido! -contestó uno de ellos: -¡Lo esperábamos!
Satie sintió una corriente de alegría interior que le pareció provenir directamente de esa voz, que más bien parecía transmitirse directamente por los pensamientos a su cabeza.
-Nosotros somos Sapa y Anyo. Ulalos. ¿Puedo tocar su mano?...
Satie se la extendió.

El ulalo cerró sus ojos al tomarla. Mantuvo entre sus dos manos la mano derecha de Satie y luego de unos cincuenta segundos exclamó:

-¡Mmm...! ¡Usted es un hombre muy refinado!...

Así fue el primer encuentro de Eric Satie con los ulalos. El 27 de agosto de 1918 en Sinchi Caña, Santiago del Estero.

Luego de pernoctar en lo de don Moisés, regresaron con Brígido a la ciudad. Fuente: www.facebook.com/juliocarreras.escritor

28/10/21

El petiso que puso en vilo a la sociedad santiagueña

 Por Roberto Vozza


El escritor y periodista santiagueño Julio Carreras, elaboró una nota recordando personajes y anécdotas de la vida santiagueña en la década del 60’, y se ocupa precisamente de aquel tiempo en las “supuestas” apariciones del llamado “Petiso Fantasma” que puso en vilo a la ciudad. Y dice…

Una noticia conmovió a toda la sociedad santiagueña: ¡por las noches, andaba apareciendo, sistemáticamente, un ser sobrenatural! Repentinamente, se acercaba a los pequeños grupos de colegialas, que regresaban de sus escuelas. Contaba la gente que con erudición, elegancia y respeto, se dirigía a las chicas, tras el sólo propósito de disfrutar con su compañía.

A modo de advertencia, sin embargo, comenzó a aparecerse también ante algunas autoridades. Curas párrocos, conductores de "mateos", comisarios... se lo encontraban de repente, mirándolos de un modo sombrío, antes de esfumarse en la oscuridad.

De distintas fuentes de información, todas confiables, llegaban nuevas noticias: ¡el Petiso había sido visto en Tala Pozo! ¡El Petiso, anoche, se les apareció a las chicas de la Escuela del Centenario! ¡El Petiso en el Profesorado de la Normal! ¡El petiso en la Sarmiento!...

A las chicas que iban a la escuela de mi tío Mariano se les apareció cierta noche y al día siguiente nuestra familia sólo hablaba de eso. Si bien de Enseñanza Primaria, al ser Nocturna, iban allí muchachas que por una u otra causa no habían podido hacer sus estudios en edad normal, durante la infancia. Presentaban entonces edades que iban entre los 13 y hasta veinte años, con un promedio de dieciséis. ¡Este era precisamente el target del Petiso!

Mi tío Mariano tenía una alumna a quien alojaba en su casa. Bella muchacha blanca, de cabellos oscuros cayendo en graciosa melenita alrededor de su cara ovalada, a la mañana siguiente nos contó asustada lo ocurrido.

"Salíamos con tres chicas compañeras de la escuela, como a las nueve y media", se estremecía, ante la asombrada rueda que componíamos mi abuela Corina, tía Teodora, mi hermanito Gustavo de seis años, yo de ocho, mi pequeña prima Carmen Graciela y detrás nuestras dos "muchachas", paradas.

"Queríamos comprar caramelos en el almacén, y cuando íbamos cruzando la placita, de repente... un hombre apareció en medio de nosotros"...

Ninguna de las cuatro lo había escuchado llegar (pese a que por entonces y especialmente de noche, nuestra ciudad era muy silenciosa, escasos motores turbaban su calma y apenas los cascos de uno que otro "mateo" resonaba alejándose por momentos).

"Se metió en el medio de nosotros", se estremecía Catalina, la joven protegida de mis tíos, la cual rondaría entonces los dieciocho años. "¡A mí y Dorita, nos ha tomado del brazo!"

Las chicas se asustaron tanto que perdieron el habla. Después de saludarlas, el Petiso siguió con ellas, diciéndoles galanterías, hasta el final de la plaza. Mas desapareció, apenas las jóvenes hubieron pisado la vereda del almacén.

Entonces gobernaba Santiago del Estero don Eduardo Miguel. Hombre campechano, elegante y alto, de cuidado bigote cano, gustaba trasladarse hasta la sede gubernamental -frente a la plaza San Martín- en "mateo". Declinaba de vez en cuando el auto oficial, para que la gente lo pudiera ver y saludarlos. En esos finales de los 50 no se reunían multitudes tensas al mezclarse las celebridades con el público: se las contemplaba con naturalidad. Don Eduardo Miguel solía atravesar por la mano derecha de la acequia Belgrano, saludando con la mano cada tanto a los transeúntes, en un "coche de plaza", las más o menos veinte cuadras que separaban su residencia del edificio gubernamental.

"Don Eduardo", le gritaba repentinamente algún ciudadano, al verlo venir: "¿cuándo lo van a agarrar al Petiso?"

"¡Para qué quieres que lo agarremos, m´hijo! ¡Si las trata a las chicas mejor que sus maridos!", bromeaba el gobernador.

La fama del petiso tuvo anécdotas graciosas o casi tragicómicas.

Se cuenta que cuando los Hermanos Simón lanzaron públicamente por la desaparecida LV11 Radio del Norte la chacarera dedicada a él, no faltó un ocurrente gracioso que llegó hasta la “botinería” de los itálicos hermanos Scapelatto, en 24 de septiembre y 9 de Julio, en diagonal con la sucursal del Banco Nación. Era un salón donde se lustraban los zapatos.

Los Scapelato tenían muy baja estatura y el gracioso les comentó con disimulada sorna que los Simón estaban interpretando la chacarera “El petiso fantasma” que fue compuesta en alusión a ellos.

Ahí nomás los tanos llegaron furiosos a la radio e increparon duramente a los componentes del conjunto que no pudieron hacerles entender que ese chacarera fue creada sin alusiones a ellos.

Fuente: Patio Santiagueño

13/10/21

Biólogos aseguran que los desmontes aumentan el riesgo de extinción del Kakuy

 


“Cuenta la gente, allá en el pago, lo sucedido entre dos hermanos. Cuando él volvía de la jornada, agua y comida jamás encontraba. Cansado un día de soportarla la llevó al monte para castigarla. Sobre un árbol, ella esperaba, mientras el mozo de allí se alejaba. A sus reclamos, los llevó el viento, en su garganta, quejumbre y lamento. Con triste grito busca a su hermano; Kakuy se llama y vive penando…” cantaban Los Hermanos Carabajal inmortalizando la leyenda de unas de las aves más misteriosas de las selvas y montes del norte del país.

 Al Nyctibius griseus se lo conoce comúnmente como Kakuy o Urutaú, nombres dados en lengua quechua y guaraní respectivamente. “Es una especie de ave caprimulgiforme que habita desde Centroamérica hasta el noreste de Argentina. En Catamarca y otras provincias del país se la considera una especie vulnerable donde la amenaza principal es la tala indiscriminada y el desmonte para siembra”, cuenta el biólogo Roberto Salinas a Catamarca/12.

 El algunos lugares, también se lo nombra “pájaro fantasma”, ya que camufla su plumaje con la corteza de los árboles del monte, o “pájaro estaca”, porque generalmente se encuentra posando en el extremo de los árboles, inmóvil y erguido durante el día. Sin embargo, es en la oscuridad de la noche, cuando el Kakuy despliega todo su misterio y emprende su vuelo para salir de caza.

 Salinas señala que aunque popularmente se lo represente como un animal maligno, se trata de un ave totalmente inofensiva y dócil. “Su dieta es casi exclusivamente de polillas y algún otro insecto que salga de noche. Tiene una boca grande que abre y las atrapa en el vuelo”.

 El Kakuy mide entre 33 y 38 centímetros y tiene un plumaje de tonos marrones, pardos, negros y grises que le permite camuflarse perfectamente con los troncos de los lugares donde vive. “Tiene unos ojos amarillos que resaltan con su plumaje y son pájaros muy difíciles de ver, aunque no de escuchar. Su grito es melancólico y persistente, como llanto o lamento humano y es esta característica, junto a su hábito nocturno, la que generó la mayoría de las leyendas”, cuenta el biólogo.

 A diferencia de la mayoría de las aves, el kakuy no hace nido y  pone un solo huevo. “Lo pega con la misma sustancia gomosa que tienen los huevos en el hueco de alguna rama y allí lo incuban de día la hembra y de noche el macho”, explica Salinas. En esa misma rama se quedan con el pichón una vez nacido y durante el día giran a su alrededor para protegerlo del sol. A los 40 días el pequeño se emancipa y va en busca de su propio lugar.

En Catamarca vive en la zona de yungas y bosques primarios, es decir bien conservados. Sin embrago, y como tantos otros animales que habitan en esos lugares, es una especie amenazada y en peligro. “El desmonte para cultivos de la zona del este de la provincia, los va forzando a ir a otros terrenos, incluso se los ha encontrado en plazas y ciudades dando cuenta de éstas intervenciones de tala que hace el hombre. En este caso no los cazan, ni los matan, pero al destruirles su hábitat los vulneran y  hay cada vez menos poblaciones” dice Salinas.

 “Es por esto que su bioma de gran biodiversidad debe ser cada vez más protegido, para que estos singulares animales no pasen a ser sólo leyendas sino que todos tengamos la oportunidad de apreciarlos y conocerlos”, concluyó.

 Leyenda del Kakuy

La leyenda cuenta la historia de una pareja de hermanos indígenas,  quienes quedaron huérfanos. El joven era noble y trabajador, un muchacho de buenos sentimientos dedicado plenamente al cuidado de su hermana, a quien consentía con hermosos regalos. Sin embargo, ella lo trataba mal todo el tiempo y se burlaba.

 Un día, al llegar el joven de una larga jornada de trabajo, le pidió a su hermana que le preparara un poco de agua endulzada con miel, ella muy molesta por el pedido, la fue a buscar pero antes de entregársela la dejo caer sobre él. Al día siguiente, repitió la maldad pero esta vez le arrojó comida, situación que provocó un gran malestar en su pariente, quien decidió abandonar la choza e internarse en lo profundo de la montaña.

 Dolido y triste por el comportamiento de su hermana deambuló por los bosques mientras iba generando rencor y deseos de vengarse. Así fue, que cansado de los desprecios y burlas, decidió escarmentarla y la invitó caminar por el bosque.

Cuando llegaron al lugar que él le prometió,  la convenció de subir a un árbol muy alto que en la cima tenía un panal con miel. Para que ella pudiera trepar la acompañó. Pero, cuando se aseguró que ya no podría bajar, comenzó a descender y con un hacha cortó todas las ramas, impidiéndole el descenso.

 El muchacho se fue y la joven quedó en la copa del árbol, presa del terror.  Cuando llegó la noche su miedo se transformó en horror y comenzó a llamarlo hasta que su garganta se secó de tanto gritar y su lengua enmudeció. Todo su espíritu quedó consumido por el remordimiento, algo que ni su mente podía controlar.

Cuentan, que a medida que pasaban las horas, los pies se le convirtieron en garras filosas, como si fuera un búho, su nariz y las uñas se arquearon, sus manos se comenzaron a transformar en enormes alas, y todo su cuerpo se cubrió de plumas.

 Así nació el Kakuy, quien emite por las noches un grito desgarrador que parece decir: ¡Kakuy! ¡Turay! ¡Kakuy! ¡Turay! que en el lenguaje quechua significa “¡Hermano…Hermano!”.

Fuente: Pagina12

 

 

 

21/9/21

LA SALAMANCA Y LOS INDIOS CONTEMPORÁNEOS

 


Explorar en las creencias sirvió como perspectiva fundamental al momento de indagar en la representación y caracterización de lo “indio”, en especial aquella referida a la salamanca.

La presencia de una de ellas en la localidad vecina de Tuama extendida con mayor fuerza en los relatos, marca la separación, según pobladores: entre la religión católica y prácticas “oscuras” o “diabólicas” que son propias de aquellos alejados del catolicismo.

Como es sabido, los relatos sobre la existencia de salamancas provienen desde el período colonial. Son conocidos los procesos judiciales iniciados contra hechiceras (en mayor parte mujeres) que se formaban en la brujería, provocando daños e incluso la muerte a aquellos que por distintas circunstancias sufrían los conjuros. La salamanca, como producto mestizo entre prácticas prehispánicas y europeas (Farberman 2005), era el lugar donde se aprendían artes que implicaban no solo el embrujo si no también curaciones, y sus practicantes eran indios, pero también aquella población proveniente de las castas. Si bien resulta problemático ubicarla físicamente en un sitio específico, es en el monte y en las cercanías de los ríos donde suelen existir; solo los practicantes conocen ese espacio subterráneo donde pactan con el demonio para adquirir habilidades en diversos campos. Es así que la idea del poder y la resistencia son dos aspectos que encierra la salamanca. Demonizada por los españoles, se presentaba como un mecanismo de obtención de poder para aquella población subalterna que difícilmente podía obtenerlo de otra manera en una sociedad fuertemente estratificada, y de resistencia en tanto a la imposición hegemónica del catolicismo.

Algunos informantes se refieren a ella con el nombre de pozo “qomer”, palabra en quichua que significa verde, el pozo verde, significado en apariencia obviado por los pobladores, sobre todo si consideramos que el quichua se perdió casi completamente y solo algunos ancianos hablan esporádicamente algunas palabras. Sin embargo existe el recuerdo de que generaciones anteriores se comunicaban en esa lengua materna. El pozo que subsiste cercanamente al lecho muerto del río, es indicado como el lugar donde funcionaba la salamanca, sitio donde los lugareños tanto de Tuama como de Manogasta, escuchaban antiguamente

sonidos de bombos que provenían de distintos lugares y en cercanía a ese pozo, así como otras historias de apariciones y sucesos inexplicables. Es interesante destacar el modo en que los “indios” y especialmente su descendencia aparecen asociados a esta práctica, aquí surge nuevamente la marcación utilizada para autoadscribirse y diferenciarse del otro.

Una historia hace referencia a una mujer que falleció y unos vecinos fueron a su casa para preparar el velatorio; al llegar encontraron una mesa repleta de santos, otra con una suerte

de “montañita” hecha de palitos de madera y dos víboras lampalaguas en el techo. Los entrevistados ante estos sucesos, sumado a otras caracterizaciones socioculturales, inferían

que la salamanca era propia de los principales del lugar, donde hay “raíces indias”. Algunos de estos descendientes eran los que tenían estas prácticas diabólicas en contraposición con el catolicismo, expresado en la mayor parte de las comunidades. Éstos eran representados como ariscos, salvajes, en comunión con la naturaleza y con comportamientos fuera del común, representación históricamente internalizada que reproduce la premisa que marca la dicotomía civilizado/bárbaro.

Es así, que en el pueblo vecino de Tuama se construye esa identificación más directa con lo “indio” y sus prácticas, pues allá viven o vivían los descendientes y estaba la salamanca.

Es interesante observar cómo los manogasteños construyen identitariamente al vecino de Tuama y cómo desde este pueblo algunos tratan de negar esa identidad impuesta. Un elemento que permitiría reforzar esta construcción, es el aislamiento del poblado en una región de montes y sobre todo la presencia indígena en Tuama hacia fines del siglo XVIII según los padrones de indios (Togo et al. 2009), donde el pueblo era mucho más numeroso que el de Manogasta, y si bien luego se comenzó a desestructurar (en la actualidad existen pocas familias), esa presencia y su huella en las prácticas parecen haber quedado impresas allí.

Carlos Bonetti

Fuente: Retratando Silipica, Santiago del Estero

5/7/21

Leyenda del Almamula


Esta es una superstición muy arraigada, no solo en el campo sino en la misma ciudad capital de Santiago del Estero.

Dice que el almamula es una mujer que vive en pecado: una mujer que tiene como amante a su padre, o a su hermano o a su hijo, es decir a alguien de su propia sangre. Una mujer que se revela ante la ley de Dios, pues no siente vergüenza ni pudor alguno de sus amores.

Ante tamaña herejía el Señor la condena en vida a que vague por las noches, convertida en mula, buscando quien la redima. Porque aún siendo almamula puede salvarse, si encuentra un hombre corajudo que le haga frente y le corte un pedazo de oreja, o le haga cualquier incisión de la que brote sangre. La sangre del almamula y la voluntad de reincidir en el pecado, pueden salvar a la mujer y a su alma.

El ciclo del almamula tiene dos etapas: si el pecado es reciente, puede salvarse. Pero si ya pasó mucho tiempo y nadie la hirió, lamentablemente se pierde.

Es creencia popular que el almamula sale los martes y jueves, especialmente cuando hay viento del sur o cambio de tiempo y siempre después de las 12 de la noche. En su primera etapa es como un burrito pequeño, que a veces suele venir alado “en la punta del viento”. El almamula grita .Y ese grito eriza la piel y pone miedo en el alma de quien escucha, pues su grito resume la desesperación y la locura. Quien desea salvarla debe preparar un cuchillo y esperarla (cuchillo porque es de acero , y además tiene cruz entre el cabo y la hoja). Dicen que ella sabe cuando alguien la espera para herirla, y grita aún más fuerte para atemorizar a su salvador, y a la vez poner a prueba su valentía. Si el hombre no muestra signos de miedo y se le acerca resuelto, ella baja la cabecita y se queda quieta para que la corten: es como un ritual, se necesita que derrame sangre para lograr su purificación, su absolución.

En cambio el almamula vieja es mala, agresiva y goza haciendo daño. Una característica que la distingue de la anterior es que echa fuego por la boca, y que de ella penden gruesas cadenas que va arrastrando. Además su parte trasera es hueca. Dicen en el campo que su instinto animal se manifiesta ante las majadas: ataca a los indefensos corderos y los mata, comiéndole únicamente las vísceras.

Al almamula condenada no se la puede redimir. Si alguien la hiere, aunque sea levemente, la mujer enferma y muere, sin que la ciencia pueda salvarla.

Fuente: Diccionario de Mitos y Leyendas - Equipo NAyA/Retratando Silipica, Santiago del Estero


29/1/21

“Como dijo un santiagueño hacerse la repartija”

 Por Jorge W. Abalos


En las provincias cercanas tenemos fama de malos vecinos, de incursionistas depredadores, y de ladrones; y hacen remontar nuestras rapiñas a la época de la organización nacional.

Numerosos cuentos recuerdan nuestras pretendidas habilidades y el cancionero popular nos “honra” con mal recuerdo.

Llegan a decir que en Santiago del Estero el diablo perdió el poncho, pero que no es que lo perdió, sino que se lo robaron.

“Santiagueño y basta” y quedamos fichados con el sinónimo que ya equivale a ladrón. Esto nos obliga a una permanente actitud de defensa cuando tenemos la poca suerte de morar en “territorio hostil”; y cuando se nos interroga sobre nuestro origen, tenemos que confesar como avergonzados “Santiagueño… y disculpe ¿no?”

Vamos pues a debatir el tema: ¿somos o no ladrones los santiagueños?. Nos referiremos en primer término a una de las más graves acusaciones.

Cuentan en Catamarca, que en las fiestas de la Virgen del valle, cada uno de los peregrinos se acercaba a la bondadosa imagen para agradecerle algún favor concedido o pedirle una gracia; y dicen que cuando le tocó el turno al santiagueño, este se aproximó, susurrándole: virgencita… yo no te pido que me des nada… solo te pido que me pongas cerca de donde hayga”

Se pretende así acusar al santiagueño de ser amigo de lo ajeno, confundiendo a la opinión pública con que solo es discreción en la demanda. Imagínense la cantidad de pedidos con que es abrumada la Virgen en esas fiestas (piense que van hasta cordobeses); el santiagueño no quiso ser pedigüeño más, solo pidió la mitad de la gracia, él se las arreglaba luego. Si hasta en una manito que le da a la virgen para que esta pueda “baratito” quedar bien con él. Podría resumirse la actitud de nuestro comprovinciano en la inversión del proverbio: “ayúdame y te ayudare”.

Además, hemos de confesar que esto nos viene de nuestra raíz, Clemente Cimorra, en sus “capitanes de Rojas, descubrimiento y entrada al norte argentino”, pone en boca de unos oficiales la expedición “llévenme –dice- a donde haya riquezas, que por mal que se concuerde el reparto, algo me ha de tocar a mí. Siempre he pedido a Dios y nuestra Señora que me ponga olla llena al alcance de mi mano que lo demás corre por mi cuenta”.

Salgamos de Catamarca al sud y llegaremos a la Rioja, allí también tienen que decir. Cuentan que las tropas del General Taboada, al regresar a Santiago arrearon con todo lo que pudieron, alzándose hasta con mujeres y niños. Relatan que un año después de la llegada del ejercito a la capital santiagueña, se vio una polvareda que avanzaba por un camino de acceso a la ciudad; y ante la sorpresa general y el regocijo de parientes y amigos, se vio llegar, agotado y sudoroso, a un soldado rezagado al que se daba por muerto, que se había demorado en el camino porque venía empujando un portero riojano, único producto de su rapiña.

Tenemos que aclarar que el cuento no tiene gracia. Con respecto a la batalla  del Pozo de Vargas, preferimos no hablar para no herir susceptibilidades riojanas. Las cosas que los santiagueños pudieran traer desde allí no debieron ser muchas y seguramente las recogerían como recuerdo de la campaña. Si en verdad se trajeron los niños, ya se arrepentirán luego de criar riojanos; y con respecto a las mujeres, es lo más posible que ellas siguieran a los vencedores.

Debe ser esto último y aquella batallita lo que no nos perdonan la “rioja”, que nos apodan los “planta i lana”, diciendo que los santiagueños al llegar a La rioja vieron por vez primera plantaciones de algodón y suponían que era lana. A esto diremos que no alcanza a los conocimientos riojanos la razón filológica que asistía a nuestros cultos guerreros, que no satisfechos con el nombre árabe alcoton, prefirieron la lógica del germano Baumwolle, cuya traducción literal es lana de árbol. (Estamos abrumadoramente ilustrados).

Se comenta también en La Rioja las especiales instrucciones que daba Quiroga a sus oficiales sobre el cuidado que debían tener con los escuadrones santiagueños de su propio ejército, sé que no los pusieran cerca de “donde hubiera algo”. Pero nosotros justificamos a los santiagueños sobre todo si fueron enviados como contribución de Ibarra con uno de esos mensajes: “le envío 100 voluntarios…devuélvame las maneas”.

En Tucumán pretenden denigrarnos con la copla de un “palito”

Por los cerros tucumanos

Llevan preso a un santiagueño,

Porque se encontró un bosal

antes que lo perdiera el dueño.

Con otra:

Toman preso a un santiagueño

en el paso de “Las Juntas”,

porque había encontrao un lazo

con un caballo en la punta.

 

Y con otra aun:

Una niña, bailando

Perdió el pañuelo

Y lo encontró en la caja

De un santiagueño.

Nos acusan también de haber hecho peligrar la victoria de Tucumán, diciendo que las tropas santiagueñas del ejército de Belgrano se entregaron al saqueo de los convoyes españoles antes de terminar la lucha y de luego haber “voliao el anca”. Solo diremos que seguramente los tucumanos estaban envidiosos de haber sido aventajados por nuestros soldados, que si llegaron primero a los bagajes no debe haber sido por marchar a la retaguardia del ejército nacional. Llega el descaro de estos malos vecinos a acusarnos de robarles las eses.

Quieren así justificar la lengua chupina que hablan (“Y como querí que hable, no vei que etoy enfermo?”)

Junto al doctor Barraza –gobernador de nuestra provincia en ese entonces-, participaba de un paseo fluvial en las inmediaciones de la capital federal aquel grande hombre tucumano que fue Don Lucas Córdoba. Nuestro comprovinciano fue afectado por el movimiento del bote y, despojado de su dignidad por un estomago poco marino, comenzó a arrojar violentamente por la boca, lo que por la misma vía, aunque menos apresuradamente, ingiriera poco rato antes. El gobernador tucumano, sin condolerse por el lamentable trance por el que pasaba su colega, comento a sus acompañantes:

-Es el primer santiagueño al que veo devolver algo.

Nuestro contrataque a las agresiones tucumanas nos lleva a modificar los versos de una copla muy conocida:

Soy santiagueño señores

Y no niego mi nación;

Prefiero ser santiagueño

Y no tucumano ladrón.

No continuaremos enumerando las fabulas que a costa de nuestra honradez se relata; el lector las conoce seguramente tanto como nosotros

Consideremos pues esta serie de acusaciones de que somos víctimas. Observaremos que se nos atribuye sustracciones de pequeña monta: un bozal, un pañuelo, un mortero, un caballo. En la misma copla del “Martin Fierro” (que seguramente Hernández incluyo guiándose por información mal intencionada), se habla de “hacerse la repartija”; no se trata pues de dividir el producto de un robo propiamente dicho, sino más bien de una ratería.

Obsérvese que en ningún caso nos acusan de robos de importancia, ni de fracturas, ni de violencias, ni de atracos; la más grave acusación se hace  ese abigeo inculpando de apartar ganado por estar llevándose un caballo, y que si bien vemos, no podemos afirmar que el pobre hombre no se hubiera compadecido de la bestia y la llevara a beber.

No somos, pues, ladrones, solo somos rateros, distraemos efectos de poca monta con sutileza, escamoteamos más por el fastidio que la pérdida del objeto provocara al damnificado que por el beneficio que esperamos obtener del hurto. Hacemos filigranas de saineo. Bueno, digámoslo ya, somos deportistas, solo eso. Ejecutamos las sustracciones por espíritu juguetón y bromista. De la misma manera que hacemos esgrima de palabras en nuestras charlas traviesas, de esa misma manera que estamos tiroteando y embretando a nuestro oponente en la conversación movida.

Y al que pretenda dudar de esta afirmación de nuestra calidad de deportistas, lo remitimos al cuento del santiagueño que se trajo el mortero desde La Rioja; ese no es un ladrón, es un deportista. Y hande saber que desde entonces ostentamos el record mundial en esa especialidad.

Hemos de tener oportunidad de relatarles los lances de un santiagueño que participo en una marcha hípica de Rosario a Buenos Aires con el solo objeto de “distraerle” una fusta a un jinete porteño. Pero lo haremos en otro número de El Liberal, pues este, de su cincuentenario, se dispersara demasiado por “el extranjero” y el relato a que me refiero es para contarlo en familia.

Extraído de “El Liberal, Numero del Cincuentenario 1898 - 1948”

 

28/1/21

La Madre del Cerro

 


Don Benigno Corvalán, vecino de El Zanjón, Dto. Capital, que fue “manuela” de Don Gaspar Taboada, cuenta que allá, por el año 70, se había perdido en el cerro de Guasayan, una mula cargada con tres barriles de aguardiente. Un arriero fue en su seguimiento y después de mucho andar se encontró ante una laguna, circundada de piedras de oro, que producían vivo reflejos en el agua en que se reflejaban. Quedo asombrado el arriero y al levantar, vio sobre una peña a una mujer desnuda, de singular belleza, que peinaba sus cabellos rubios con un peine de oro. Era la madre del cerro u orko maman, como se llama en quichua, de orko: cerro, y maman: madre.

Pasada la represa que en el arriero produjo esta visión de la deidad tutelar, cargo algunas piedras de oro y fuese para el pueblo, donde conto la extraña aventura. Los vecinos, organizados en comisión, partieron para la conquista del tesoro. Iba a la cabeza el arriero del cuento. Pero cerca ya de la laguna, una densa neblina los tapo, impidiéndoles proseguir la búsqueda.

Cuentan, además, que la madre del cerro se encolerizo cierta vez que jaloneaban las faldas de las serranías de Guasayan por no haberla invocado ni buscado su protección. Al ir a cavar la pica, todo el cerro se estremeció sacudido por un sismo, del que todavía guardan memoria los pobladores de la zona

La leyenda del orko maman, en su primera versión se asemeja a la del peine de oro de la laguna del cerro bayo de Tucumán.

Extraído del libro “El Folklore de Santiago del Estero” Orestes Di Lullo

27/1/21

El Sachayoj


Es el numen protector de los árboles, el dueño del bosque. Vive en las profundidades de la selva bajo la figura de un hombre, se alimenta de frutas y animales silvestres y su cuerpo está cubierto de “sajasta o barba del monte”, una especie de alga vellosa y blanquecina.

Su aparición es siempre insólita. Con sus gritos, que asemejan a los golpes del hacha, atrae para perder al “hachero o melero”, que se aleja de sus semejantes. Y solo quien no conozca la existencia del sacháyoj le toma por un hombre y se va hacia él. Pero ¡guay! De aquel que se osa contestar sus gritos o seguirle en los recovecos de la selva: ¡su perdición es segura! Así lo afirman los que le oyeron, llenos de temor y de angustia (XX).

Semejante a esta leyenda existe una deidad indígena que se llama Sacha mama o madre del bosque, y su origen seria el eco del ruido que las hachas producen en el monte.

Un día -refiere don Gabino Ledesma, de Villa Matara- el sacháyoj le grito a un melero que llevaba perros para hacer cazar. Atemorizado, se quedó. Pero los perros se metieron al monte, ladrando. Al poco tiempo, uno de ellos regreso aullando lastimeramente, como perseguido por alguien, sin embargo su dueño no pudo ver. Del otro perro no supo nunca más. “dejuro lo llevaría el sacháyoj” (CLV).

Esta figuración mítica del numen tutelar del bosque, es una moral ejemplarizadora. Tiende, seguramente, a evitar la destrucción del árbol y de los productos de la selva.

XX Andronico Gil Rojas: Tacíoj, Dto. Copo

CLV Gabino Ledesma: Villa Matará, dto. Sarmiento

Extraído del libro “El Folklore de Santiago del Estero” Orestes Di Lullo

23/12/20

La leyenda del Coyuyo


En medio del campo vivían dos hermanos que trabajaban con el fruto dulzón y pintoresco de la algarroba, cuyas vainas maduran por el mes de febrero.

El oficio de estas vainas es el siguiente: Para sacarles provecho se las machaca en el mortero y con la ayuda del viento se las limpia de todos aquellos elementos extraños y con una especie de harina se prepara un quesito dulce llamado "patay".

También se puede hacer bebidas, si la algarroba es blanca, se obtendrá la "añapa", bebida fresca pero turbia, en cambio si la algarroba es negra, en la misma forma se hará la "aloja", bebida fuerte, pero de color amarilla y transparente.

Estos dos hermanos de nombre Antenor y Francisco fueron a una "alojada", después de bailar un rato se dieron a tomar. Antenor se excedió y se machó.

Empezó a discutir sin razón con Francisco, hasta que ciego de la embriaguez, mató a su hermano.
Vuelto a la razón, comprendió cuan grande era su pecado y huyó al monte. El peso de la culpa le hizo bajar la cabeza y poco a poco, se fue hundiendo en la tierra y se convirtió en Coyuyo.

Y como su pena no lo abandona, canta para disimular su tristeza. Cuando la algarroba madura, se da una tregua y salta a la superficie de la tierra.