El Clima en Santiago del Estero

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5/9/24

La tragedia del cabo castigado y del oficial arrogante

 


En el verano de 1935, causó conmoción en Santiago del Estero el fusilamiento del cabo Luis Leonidas Paz. Había ultimado a balazos al mayor Carlos Sabella, y el Consejo de Guerra lo condenó a muerte, suscitando una descomunal protesta popular en las calles.

Todo empezó con un hecho insignificante, en Tartagal. Acababan de terminar allí las maniobras del regimiento 18 de Infantería, con asiento en Santiago del Estero. El jefe se hartó de las repetidas faltas del cocinero Julio Sierra: le dijo que quedaba despedido y que se volviera a Santiago con la tropa que regresaba.

Sierra se subió a una de las chatas en que viajaban los soldados: le tocó la que era responsabilidad del cabo Luis Leonidas Paz. Llegados a Santiago, salía del cuartel rumbo a su casa, cuando lo interpeló el mayor Carlos Elvidio Sabella, oficial de 42 años, jefe de uno de los batallones. "¿Quién lo autorizó a viajar con el regimiento?", preguntó con aspereza. Sierra contestó que tenía permiso del jefe, dado en Tartagal, pero Sabella no se conformó. Hizo detener a Sierra y lo interrogó al día siguiente. El ex cocinero precisó entonces que había viajado en la chata que mandaba el cabo Paz.

Entonces, Sabella lo dejó ir, a la vez que ordenaba aplicar 15 días de arresto al cabo. Era una de esas típicas sanciones que los oficiales ordenancistas solían disponer al compás de sus caprichos. Tal vez estaba cansado por el viaje y por el calor. Pero no sospechaba que así había empezado a diseñar los elementos que culminarían en tragedia. Era el martes 1º de enero de 1935.

Tiros en el comedor

El cabo Paz tenía 28 años. Era santiagueño y muy popular entre la gente, por su actuación como jugador de fútbol en el Atlético Santiago. El arresto que le imponía Sabella dañaba su carrera. Lo iba a postergar en el ascenso, y justo cuando tenía pensado casarse con su novia Zoila Ledesma, que era oriunda de La Banda.

Entonces, resolvió pedir que la sanción se reconsiderase. Trató dos veces de entrevistar al mayor, pero Sabella se negó a recibirlo. Ya bastante fastidiado, inició un tercer intento. A la hora del almuerzo, el miércoles 2, caminó hasta el Casino de Oficiales y se hizo anunciar por un conscripto. Con voz tan fuerte que el cabo la oyó desde afuera, Sabella, de mal humor, ordenó al teniente Damundio que hiciera retirar al cabo y que lo arrestara.

Entonces, ocurrió lo que nadie hubiera imaginado. El cabo Paz irrumpió en el comedor, de un salto llegó hasta la mesa, extrajo un revólver y acertó seis tiros en el cuerpo del mayor Sabella. Mientras el oficial se desplomaba muerto, Paz salió corriendo, perseguido por Damundio y el subteniente Vera. Lo alcanzaron a las dos cuadras y lo arrastraron hasta el calabozo.

El Consejo de Guerra

Superada la estupefacción del momento -y mientras se tomaban medidas para velar el cadáver de Sabella-, empezó a moverse a toda velocidad el mecanismo del Código de Justicia Militar. Se constituyó un Consejo de Guerra Especial, presidido por el jefe de la V División de Ejército, coronel Eduardo López. El capitán Guillermo Amestegui levantó el sumario, con testimonios de todos los presentes en el comedor.

El tribunal deliberó varias horas, el 3 y el 4 de enero. En las dos declaraciones que prestó ante sus miembros, el cabo Paz narró con calma el incidente. Dijo que la negativa de Sabella a recibirlo "me puso fuera de mí: extraje un revólver que llevaba en el bolsillo y de dos saltos penetré en el comedor, disparando el arma". En ese momento, apuntó, "no tuve la impresión de haberle ocasionado la muerte. Después, tiré el revólver y corrí, hasta que fui detenido".

Pena de muerte

El capitán Máximo Garro, nombrado defensor de Paz, se empleó a fondo. Pintó al cabo como hombre temperamental, pero buen soldado y buen compañero. Alegó que había obrado bajo una gran presión, que estaba enfermo de sífilis y que, después de todo, cargaba los antecedentes de un padre alcohólico. En ese momento, Paz lo interrumpió. "No es verdad", dijo. Garro quedó descolocado y pidió un receso para hablar con su defendido. "No hay nada que aclarar. Mi padre era un hombre completamente normal y decente", reiteró el acusado.

Oídas todas las exposiciones, el Consejo de Guerra pasó a deliberar. Su fallo fue condenar a Paz a la pena de muerte, de acuerdo a lo dispuesto por el Código de Justicia Militar. El defensor Garro apeló entonces a Buenos Aires, ante el Consejo Supremo de Guerra y Marina. El máximo organismo, presidido por el general Emilio Sartori, confirmó la sentencia el día 6.

Santiago en convulsión

Pero, a esa altura, el suceso ya superaba la condición inicial de hecho de sangre en un cuartel. Había conmocionado íntegramente a Santiago del Estero, en todas sus franjas sociales. Así lo reflejaba la prensa.

LA GACETA destinó al episodio una amplísima cobertura, con grandes titulares en la primera página y abundancia tanto de información como de reportajes y notas "de color".

Desde Buenos Aires, el diario Crítica destacó un enviado especial, Roberto Cejas Arias. Muchos años después, en Todo es historia, Fernando Quesada narraría todo en su artículo 1935: fusilamiento en Santiago del Estero.

El pueblo se solidarizaba sin vacilar con el cabo Paz. Les despertaba simpatía por santiagueño, por deportista y por buena persona: se decía que, cuando administraba el rancho de la tropa, se las arreglaba para repartir el sobrante de comida entre la gente pobre que se acercaba al cuartel.

El juicio de la gente se alimentaba también de rumores. Decían que Sabella se obstinaba en perseguir a Paz, a quien había aplicado arrestos por nimiedades, en ocasiones anteriores. Y hasta se susurraba la existencia de otros motivos personales, vinculados con mujeres, como trasfondo de esa antipatía del mayor. Además, ¿cómo era posible que se aplicaran penas de muerte todavía?

El "cúmplase" de Justo

Empezaron a organizarse manifestaciones, cada vez más nutridas, a las puertas del cuartel del regimiento. Mujeres con niños en brazos se agolparon frente a la Casa de Gobierno: el gobernador, Juan Bautista "El gaucho" Castro, debió salir al balcón y prometer que enviaría un pedido de clemencia por telegrama.

Además, la Cámara de Diputados, el Concejo Deliberante, el Colegio de Abogados y cantidad de agrupaciones gremiales y culturales remitían notas a Buenos Aires con idéntico requerimiento. Un franco clima de agitación imperaba y crecía en la ciudad.

Obviamente, el hecho de que un suboficial matara a balazos a un oficial, resultaba intolerable para el Ejército: no sancionarlo con la máxima pena, trastornaba de raíz su sistema ancestral de jerarquías. Así, era previsible que el presidente de la República, general Agustín P. Justo, no titubeara en poner el "cúmplase" al pie de la sentencia de muerte, cosa que hizo el 8 de enero.

El fusilamiento

El cabo Paz se había negado a solicitar clemencia. Recibió la noticia fatal con tranquilidad. Escribió cartas, se despidió de la novia y de los familiares, presenció el bautismo de un sobrino en su celda. Fueron escenas cuyo patetismo los periodistas cuidaron de reflejar hasta los extremos. El día fijado para la ejecución, el comercio cerró sus puertas. Toda la actividad de Santiago se centraba en los grupos compactos que vociferaban, blandían letreros o rezaban en las inmediaciones del cuartel. Soldados con fusiles se habían distribuido en posiciones estratégicas.

A las dos y cinco minutos de la tarde del 9 de enero de 1935, el cabo Luis Leonidas Paz fue fusilado por un pelotón de ocho soldados en el patio de maniobras del regimiento. Correspondió al sargento Medina dispararle en la cabeza el tiro de gracia.

Impresionante protesta

El estampido de las descargas fue una señal que desencadenó la impresionante protesta popular.

La multitud recorrió enfurecida las calles, destrozó vidrieras de los comercios, apedreó el local del diario El Liberal, del Obispado, de la Casa Radical, entre otros desmanes que la Policía logró controlar no sin gran esfuerzo. Fueron detenidos los abogados Manuel Fernández y Ruperto Peralta Figueroa, como cabecillas de la protesta. Pero otra inmensa manifestación popular, que prácticamente sitió la Casa de Gobierno el día 12, obligó a liberarlos.

LA GACETA publicó, en facsímil y en primera página, la última carta de Paz. "Muero sin rencor para nadie", decía, y daba gracias a Dios por el auxilio espiritual de los capellanes. "Doy gracias también a todos cuantos se han interesado por mí y que no pude darles el último adiós en vivo, y pido a Dios por mi queridísima hermana y familia, a quien Dios bendiga. ¡Viva la Patria¡ ¡Viva el Ejército!", terminaba.

Fuente: La Gaceta


19/3/22

El fusilamiento del Cabo Paz

En el verano de 1935, causó conmoción en Santiago del Estero el fusilamiento del cabo Luis Leonidas Paz. Había ultimado a balazos al mayor Carlos Sabella, y el Consejo de Guerra lo condenó a muerte, suscitando una descomunal protesta popular en las calles.

El mayor Sabella había dispuesto el arresto por 15 días del cabo Paz por un hecho insignificante.

Paz tenía 28 años. Era santiagueño y muy popular entre la gente, por su actuación como jugador de fútbol en el Atlético Santiago. El arresto que le imponía Sabella dañaba su carrera. Lo iba a postergar en el ascenso, y justo cuando tenía pensado casarse con su novia Zoila Ledesma, que era oriunda de La Banda. Con tres intentos de solicitar la revisión de la sanción ignorados con aspereza por Sabella; Paz, se descontroló y descargó seis tiros en el cuerpo del mayo Sabella; fue detenido ye constituyó un Consejo de Guerra Especial que lo condenó a muerte. La apelación ante el Consejo Supremo de Guerra y Marina tuvo un resultado adverso y se confirmo la sentencia para el día 6 de enero.

El anuncio de la terrible condena, indignó a la población de Santiago del Estero

El pueblo se solidarizaba sin vacilar con el cabo Paz. Les despertaba simpatía por santiagueño, por deportista y por buena persona: se decía que, cuando administraba el rancho de la tropa, se las arreglaba para repartir el sobrante de comida entre la gente pobre que se acercaba al cuartel.

Pronto comenzaron a organizarse manifestaciones populares de protesta. Mujeres con niños en brazos se agolparon frente a la Casa de Gobierno: el gobernador, Juan Bautista "El gaucho" Castro, debió salir al balcón y prometer que enviaría un pedido de clemencia por telegrama.

Además, la Cámara de Diputados, el Concejo Deliberante, el Colegio de Abogados y cantidad de agrupaciones gremiales y culturales remitían notas a Buenos Aires con idéntico requerimiento. Un franco clima de agitación imperaba y crecía en la ciudad.

Sin embargo, el hecho resultaba intolerable para las férreas estructuras del Ejército y el general Agustín P. Justo, presidente de la República, no titubeó en poner el "cúmplase" al pie de la sentencia de muerte, cosa que hizo el 8 de enero.

Paz se negó a pedir clemencia; con profunda calma escribió sus últimas cartas, se despidió de la novia y de los familiares, presenció el bautismo de un sobrino en su celda. El día fijado para la ejecución, la ciudad estaba paralizada, y mientras algunos grupos exclamaban a viva voz su repudio por la bárbara ejecución; otros rezaban y recorrían manifestando su protesta con letreros.

A las dos y cinco minutos de la tarde del 9 de enero de 1935, el cabo Luis Leonidas Paz fue fusilado por un pelotón de ocho soldados en el patio de maniobras del regimiento. Correspondió al sargento Medina dispararle en la cabeza el tiro de gracia.

El retumbar de las descargas, que significaban la muerte de Paz fue la chispa que encendió una verdadera revuelta donde una multitud enfurecida recorrió las calles destrozando vidrieras; apedreando el local del diario El Liberal, la sede del Obispado, de la Casa Radical, entre otros desmanes que la Policía logró controlar no sin gran esfuerzo.

Foto: El cabo Luis Leondas Paz 
Publicado en FBK por Patio Santiagueño

22/9/21

DON JUAN CORONEL, EL SANTIAGUEÑO QUE VIVIÓ EN PRIMERA PERSONA EL FUSILAMIENTO DEL CABO LEONIDAS PAZ

 


En el verano de 1935, causó conmoción en Santiago del Estero el fusilamiento del cabo Luis Leonidas Paz. Había ultimado a balazos al mayor Carlos Sabella, y el Consejo de Guerra lo condenó a muerte, suscitando una descomunal protesta popular en las calles. 

El mayor Sabella había dispuesto el arresto por 15 días del cabo Paz por un hecho insignificante. Paz tenía 28 años. Era santiagueño y muy popular entre la gente, por su actuación como jugador de fútbol en el Atlético Santiago. El arresto que le imponía Sabella dañaba su carrera. Lo iba a postergar en el ascenso, y justo cuando tenía pensado casarse con su novia Zoila Ledesma, que era oriunda de La Banda. Con tres intentos de solicitar la revisión de la sanción ignorados con aspereza por Sabella; Paz, se descontroló y descargó seis tiros en el cuerpo del mayor Sabella; fue detenido y se constituyó un Consejo de Guerra Especial que lo condenó a muerte.

A las dos y cinco minutos de la tarde del 9 de enero de 1935, el cabo Luis Leonidas Paz fue fusilado por un pelotón de ocho soldados en el patio de maniobras del regimiento. Correspondió al sargento Medina dispararle en la cabeza el tiro de gracia.

Toda esto lo vivió en primera persona don Juan Coronel, un santiagueño dueño de una historia riquísima: ""Todo Santiago salio en defensa del cabo Paz. Si en esa época hubieran existido los medios de comunicación de ahora al cabo no lo fusilaban. Fue tremendo lo que se vivió en Santiago; fue una verdadera revuelta donde una multitud enfurecida recorrió las calles destrozando vidrieras; apedreando el local del diario El Liberal, la sede del Obispado, de la Casa Radical, entre otros desmanes que la Policía logró controlar no sin gran esfuerzo".

Indagando uno se encuentra con santiagueños que tienen algo o mucho que contar. Tratando de reconstruir parte de la vida del padre Beratz hable hace un par de años con don Juan Coronel, intimo amigo del sacerdote.  Noemi que trabaja en la parroquia San Roque, que fue el nexo con don Juan, a la postre muy amigo de mi padre, me envió unas fotos de el tomando sol en las plazoletas cercanas a la iglesia. Este hombre debe saber algo del barrio antiguo. Lo llame a su casa  y hablamos largo y tendido, ya llegara la cuenta de telefónica pero sarna con gusto no pica.

Don Juan, que anda por los 90, me conto  que ayudo a construir la parroquia San Roque desde los cimientos, junto al cura "Gringo", el padre Beratz. "En ese lugar-rememora- estaban los galpones del aeropuerto, esto era Cachipampa. Yo naci a dos cuadras del amueblado "El Japones", después me trajeron para estos lugares". Me dice que se jubilo en la Marcedes Benz de los Figueroa.

Mi curiosidad me lleva a preguntarle de aquellos muchachos de .los pañuelos negros y blancos de los bailes de Pacara. "Anduve entreverados con ellos; eran bravos esos bailes. También estaba el de mi padre, El Mejor, en Peru y Constitución, eran lugares de hacha y tiza. No faltaban los puñales y los tiros".

Supo jugar en las divisiones inferiores de Comercio y se maravillo viendo a "Mata Pollo" Castillo y a los hermanos Joshela y Mario Sandez. "Vi jugar también a "Pepe" Montero-nos dice- en la vieja cancha que estaba en la caballería del Regimiento. Antes era muy salidor, ahora no me dejan, dicen que por ahi salgo y no vuelvo...tengo arritmia".

Don Juan Coronel, un pedazo de la historia de Santiago.

Fuente: Patio Santiagueño II