El Clima en Santiago del Estero

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30/3/24

La semana santa en Santiago

Por Orestes Di Lullo 


Santiago del Estero ¡Semana Santa! Los viejos barrios parroquiales en torno a La Merced y a Santo Domingo se llenan de trajines. Hay como un anticipo gozoso de la Pascua en la cara de los niños, en el aire fresco de sol de otoño, en el revuelo de las palomas que se ciernen entre las torres o pasean orondas por los terrados, en los cornisales y salientes del templo. Las calles dormidas reciben en estos días la visita de fieles: mozas morenas con sus velos claros, ancianas devotas de manta o mantilla, hombres, niños, racimos humanos de las cofradías con sus estandartes, sus cánticos y rezos, algún canónigo, uno que otro viejito con ceño arrugado, canoso.

Pasan los días y el gentío acrece. Las canes del silencio, despiertan de rumores. Las piedras resuenan de pisadas y parecen gozarse en su profanación. El alboroto es intenso. Las casitas coloniales, mordidas de salitre, con la cal desconchada de los soportales y cornisas, parecen escuchar el eco de las multitudes que los siglos sepultaron ya, y hay en ellas como un recuerdo de gracia juvenil en las rodelas de sol que dejan pasar los follajes amarillentos, o en las anchas sombras de sus zaguanes pulcros, o en las flores de sus patios con cuadros de luz, o acaso en las ventanas con rejas de sus aposentos, que hoy, en la Semana Santa, se desgonzan para llenarse del hálito cargado de incienso.

En estos días de misterios, júbilos y congojas el aire tiene vahos de flores de abril y de viejas memorias. Las tapias roídas guardan los huecos sigilosos, pero sobre sus crestas asoman sus cabezas los árboles, algunos florecidos como el yuchán, y parecen mirar absortos el trajín de las calles. Semana de atrios, de tañidos de campanas, de sones de órganos y coros; de mañanas jubilosas y de atardeceres amortiguados que se estremecen del sobresalto de alguna ráfaga fría. Las campanas tienen un dulce son. A ratos, lentamente, percute el aire quieto el sonido grave de la campana mayor que, en la única torre del convento recibe un postrero rayo de sol, todavía con violencias estivales.

Estos muros de Santo Domingo, de rojez desteñida de ladrillo, con las tapias aledañas que se hinchan y revientan bajo la cal un polvo de siena impalpable, contrastan con los de La Merced, la vieja iglesia de Ibarra, de revoques adustos. Pero ambas resumen una sola hermandad cristiana de fiestas y congojas, flanqueadas de casas de tejados negruzcos y de calles en que transitan, sigilosas y mohinas, las viejitas devotas.

Procesión del Miércoles Santo del "Amo Jesús", la vieja imagen santiagueña que se venera en Santo Domingo. Antiguamente, un siglo atrás, como hoy, acompañaban al Cristo con la cruz a cuestas las imágenes de San Juan y el Cireneo. Aparecían en la tiesura de una mueca grave y trágica, estremecidas del temblor de los pulsos que sostenían las andas, envueltas en las sombras de la tarde fosca, por encima de un mar ondulante de cabezas, entre olores tibios de ceras derretidas, de inciensos, de sudores. Tras largo recorrido, toda esa agitada multitud, con el cansancio de una marcha en el polvo de las callejas, llegaba por fin a La Matriz, donde se representaba la ceremonia del "aviso" y del "encuentro". Allí, en un chocil de cañas, "y esperaba la Virgen María, al aproximarse la imagen de San Juan que se adelantaba a la procesión, y volvía con él al encuentro de su hijo supliciado. Y abriendo los brazos de resorte se postraba de hinojos, mientras la Verónica que hacía su aparición por La Matriz, enjugaba el rostro de Jesús con el paño sagrado. ¡Ingenua figuración del pródromo del Calvario! ¡Añeja representación que ya no se estila, pero que arrancaba lágrimas de intenso fervor a la sencilla gente de aquellos tiempos!

¡Siestas del Viernes Santo en el mismo templo! Con el sermón de "las siete palabras", resuenan todavía bajo las naves de Santo Domingo el coro y la música que el santiagueño Amancio Alcorta escribiera en 1840. El gentío llena la iglesia. Frescor de bóvedas cerradas, de losas, de muros vetustos; luz de cirios en la penumbra, que se deshace en amarilla claridad palpitante, y muestra las fúnebres colgaduras, la urna con la Sábana Santa (que ya figura en el inventario de los bienes de los Padres Jesuitas) y las doloridas imágenes del Crucificado y del Amo Jesús.

El vaho del incienso y de las flores muertas se suma al olor caliente de plebe que se apeñusca y mueve como las mareas, entre toses y rezos. Resuena el órgano, el coro retoma la palabra del púlpito callado y se modula y dulcifica. Un humo blanco y oblicuo de la luz de los vitrales se cuela y punza la obscuridad de la nave. Y con la última queja del órgano que se apaga por fin, la voz solemne de la campana mayor anuncia la agonía de Cristo. Son las tres de la tarde. Zumba un insecto. El aire es denso y quieto. El abejorreo de los labios en la plegaria crece. La multitud hincada y fervorosa fija sus ojos en el Crucificado. Hasta no hace mucho en esta misma hora, el Cristo inclinaba su cabeza de resorte accionada por cordeles invisibles. Ya no se celebra tampoco esta sencilla representación de la Agonía; en cambio subsiste como una supervivencia de viejas edades el famoso velorio de Jesús" que desde hace más de 200 años realiza la familia de Doña Cleofes Arias de García en su casa de techo de cabrias y tejas coloniales. La imagen de "bulto" que se venera es un Cristo yacente, tamaño natural, de inapreciable valor artístico y tradicional. Fue este Cristo -y la Dolorosa que le acompaña en este tierno hogar devoto-los que en época de la antigua Merced eran sacados en procesión por la aldea de calles polvosas, con matas de brozas y árboles en la vera, y que hasta hace medio siglo contempló la representación del drama del Calvario. Después del "Descendimiento", que todavía se realiza en el atrio de La Merced, la imagen colocada en su urna de cristal, iniciaba la procesión del sepulcro. Fondo rumoroso de la feligresía, en las callejas sin luz, con la noche encima. Largo peregrinaje del devoto tras del Cristo familiar que hoy reposa en la tradición de un hogar cristiano, y que el Viernes Santo se complacía en esta adoración de las muchedumbres compactas, que levantaban del suelo el polvo hollado. Velones y faroles vidriaban los rostros procesionales con el resplandor de sus luces desfallecidas. Se oían las marchas fúnebres y el bronco son de los tambores, acompasado de cansancio, como un hipo del gentío que se arrastraba en la columna. Y se veían cruces, incensarios, monaguillos, bayonetas heridas de reflejos, humo de los pebeteros en las "mesas" adornadas de los promesantes con tules y lamés, y, luego, pétalos de las flores de abril sobre las alfombras holladas por la multitud.

 Terminada la procesión, que duraba hasta las primeras horas del amanecer, el Cristo y la Dolorosa eran reintegrados a la familia García, que los velaba toda la noche.

El Cristo descansa hoy en su lecho de muerte, ante el Gólgota pintado por un artista boliviano, cuyo nombre se ignora. Vienen al "velorio" vecinos y devotos. Se hincan reposadamente, musitan el rosario, saludan a los dueños de casa y toman asiento a la orilla del muro de la sala. Un resplandor hiriente de luces alumbra la faz agónica de Cristo con sus hilos de sangre negruzca que se cuaja y adensa. La Virgen a los pies, de párpados rojizos en su rostro blanco, contempla la agonía del Hijo. Ramas de tarco penden del artesonado rústico de vigas de quebracho y sobre el encalado de las paredes destacan su verde follaje claro. Candelabros con la pasta chorreada de velas consumidas. Flores que se deshacen y dejan caer sus pétalos en la alfombra. Reclinatorios. Humo de incienso.

La sábana de raso que cubre el cuerpo de Jesús a modo de mortaja es un regalo del General Juan Felipe Ibarra a la familia García, que la conserva celosamente.

El ruedo que asiste al "velorio" se adensa. Entran y salen hombres, mujeres y niños. El gentío se renueva, pero crece siempre. Cuando alumbren las primeras claridades del alba, se irán algunos. El resto ha de velar hasta que las campanas del júbilo de gloria llenan la mañana de alegría.

La procesión de "miércoles santo", salía de Santo Domingo. Eran llevadas en andas las imágenes de Jesús, de San Juan y de San Cireneo, éste por detrás del primero, ayudándole a llevar la pesada cruz.

Por la que es hoy calle 25 de Mayo desfilaban gruesas multitudes en procesión hasta la iglesia de San Francisco, y de ahí seguían por Roca hasta Libertad. Eran, entonces, dichas calles, verdaderos arenales, bordeados de montes. En las que son hoy Avellaneda y 24 de Septiembre, en una choza construida a propósito, de "sunchos y cañas" y alumbrada con una vela, aguardaba la Virgen. Llegada la procesión a Libertad y 24 de Septiembre, a una cuadra justamente de la choza de la Virgen y a media cuadra de la Iglesia Matriz, desprendíase San Juan de la procesión y se encaminaba hacia la Virgen, ceremonia que se llamaba "el aviso", pues, con ella se quería representar, nada menos que el momento dramático en que la Madre conoce el triste destino de su Hijo.

Acompañada de San Juan, la Virgen iba al encuentro de su Hijo, el que se realizaba frente a la Catedral o Matriz, en cuyo atrio se levantaba un púlpito para el "Sermón del encuentro".

¡Cuánta lágrima de candor y devoción vertía aquella gente sencilla, cuando Jesús mostraba sus heridas a la Madre, y, también, al aproximarse la Verónica -que salía de la Catedral- con el paño con que enjugaba el sagrado sudor!

Luego, la procesión seguía hasta la Merced, donde los fieles esperaban la ceremonia del "canto del gallo", que según cuentan— se conseguía fácilmente valiéndose de un ardid. Colocaban al gallo ante un espejo de modo que se viese en él. Ante la visión prorrumpía en cantos y alharacas.

De la Merced, la procesión se encaminaba hasta Santo Domingo, donde se depositaban las imágenes, y donde terminaba la ceremonia por lo general a las 2 de la mañana.

Fragmento extraído del libro: “El folklore de Santiago del Estero” de Orestes Di Lullo

18/5/23

El algarrobo milagrero: La fiesta mailinera.

Historia y origen. El algarrobo. Su significado.


Entre las festividades populares santiagueñas, sin dudas la del Señor de los milagros de Mailin es la más importante. La fiesta se celebra el día de la ascensión de Jesús resucitado, 40 días después del domingo de pascuas. ** Esta se lleva a cabo en Villa Mailin, pequeña localidad ubicada en el Departamento Avellaneda a 143 Km. de la Capital de Santiago del Estero. A ella concurren cada año, desde fines del sigo XIX, unas 80.000 personas.

Año tras año miles de peregrinos asisten, viniendo de todos los lugares en donde haya un santiagueño, cada primera quincena de mayo. Desafiando el frío y el dolor fruto de la larga peregrinación. Aun así esta festividad junto a otras de la región mesopotámica santiagueña tienen como factor común al único testigo de siglos de sometimiento occidental sobre los pueblos naturales de estas comarcas, el algarrobo.

El Pueblo:

Su nombre, Mailin, un vocablo de origen quichua, nos remonta a los primeros pobladores que habitaron estas tierras hasta mediados del S XIX.

En Villa Mailin viven unas 20 familias, y cada mes de mayo el pueblo cobra vida para recibir a miles de peregrinos que se llegan de toda la provincia.

Pero la Villa no fue siempre pobre y fantasmal, hubo un tiempo en el cual el comercio y la actividad agrícola ganadera de la región fue prospera pero, a decir de don Orestes Di Lullo en su libro “La agonía de los pueblos” (1936), todo este auge se vio apagado cuando “las lluvias empezaron a alejarse por la tala irracional de los bosques. Los ríos se agotaron por la captación de agua para el cultivo de otras tierras”*.

Su aparición. La leyenda:

Según la leyenda su aparición data del último tercio del siglo XVIII. Un tal Serrano habría visto una luz a pie de un árbol. Movido por la curiosidad fuese hacia el encontrando una santo Cristo en medio de una magnifica aureola de luz radiante. Según la misma leyenda el pobre hombre habría deseado trasladar la imagen a su domicilio pero no pudo hacerlo, resolviendo finalmente, con otros vecinos más que se agolparon atraídos por el misterioso hallazgo, edificar en el sitio un pequeño oratorio *

Seguida a esta primigenia construcción le siguió la edificación de la vieja iglesia (ya demolida), por obra de los empeñosos afanes del Gral. Antonino Taboada en 1870. Esta iglesia que funciono hasta 1904, fecha cuando se construyo el santuario actual.

Sobre esta tradición se pueden escuchar las más diversas versiones, cada una de ellas enriquecidas con el paso de los años.

Cada año el pueblo renace esperando a sus hermanos santiagueños. En sus calles podremos advertir un clima de fiesta. Las 60.000 almas que concurren, es una cifra que tienta los mas diversos comerciantes, a vender sus mercancías. Observemos lo que nos describía don Orestes Di Lullo, allá por el año 1936 al respecto: “he salido. Frente a la iglesia, separándola de una plazuela rodeada de ranchos, taperas y algunas casonas de muros coloniales, corre una calleja tortuosa, las mas importante de la villa, estrecha y pintoresca, flanqueada de humildes casuchas de barro, con sus techos combados dulcemente por el peso de los años, y en las cuales se ven, a uno y otro lado, puestos de venta, buhoneros, vendedores de sortijas y de santos, de rosarios, de prendedores, de muñecas, de mates u objetos de chafalonia. Y acá y allá, puestos de fruta y “parrilladas”, negocios de todas partes y de todas clases con su reluciente surtido de baratijas y que han acudido a las fiestas como una feria, ávidos de lucro.” Luego de esta magnífica descripción sobre el paisaje de antaño, podemos sacar la conclusión sobre que este no cambio en lo sustancial a pesar del paso del tiempo.

El árbol:

Luego de este breve repaso sobre la historia de la fiesta, nos entraremos en la esencia de Mailin, El Algarrobo. Este añoso algarrobo, donde fuera encontrada la cruz mailinera, se lo encuentra en otras festividades religiosas de la mesopotamia santiagueña, como Sta. Bárbara de Manogasta, la Purísima de Tuama y San Esteba en Sumamao. Este factor común tiene su origen en las culturas nativas de esta región del país, para quienes el algarrobo era el árbol sagrado, debido a las características particulares del vegetal, como ser la de entregar, en gran cantidad, sus frutos en épocas de sequía, donde ningún cultivo entrega en plenitud sus productos. Esta característica hizo que los pueblos originarios asentados entre los ríos dulce y salado, veneraran al “árbol”. Con la llegada de los “colonizadores” desde occidente, vino la cruz acompañada de la opresión y el exterminio de los pueblos en nombre de dios. Este dios al cual hoy el pueblo recurre, sin saber que inconscientemente vuelven a la naturaleza rendidos ante el algarrobo como lo hacían sus ancestros.

La iglesia, en siglos, no pudo exterminar este rito sagrado, y en un intento de “seducción” intento persuadir a los nativos con las apariciones de santos y vírgenes pisoteando culturas milenarias. Esta violencia simbólica perdura hasta nuestros días.

El algarrobo resistió y las culturas de aquellas poblaciones antiguas persistieron y, así, las podemos observar en cada una de estas manifestaciones populares.

Sobre Mailin podemos decir que “el árbol es el núcleo sagrado en la fiesta mas importante de la Mesopotamia santiagueña.” **

* La agonía de los pueblos Orestes Di Lullo

** Indios Muertos, negros olvidados José Luis Grosso.

25/1/23

LA FIESTA DE MAILIN

 Por Orestes Di Lullo



En el santuario de Mailín -edificio que data de 1904, construido en substitución del antiguo templo erigido en 1870 por el general Taboada-se venera la imagen del Crucificado, llamado el Señor Forastero y hoy el Señor de los Milagros de Mailín. Es una cruz de madera, de 35 centímetros de altura, con la imagen pintada de Cristo en la madera, la cual se alberga en una hermosa urna de cristal, con guarniciones de oro.

Según la leyenda, y un escrito del ex cura de Matará don Laureano Vérez de 1882. La aparición data del último tercio del siglo XVIII. Un tal Serrano, avecindado en Mailín, habría visto una luz al pie de un árbol. Movido por la curiosidad fue hacia él y encontró un Santo Cristo. Pero cuando quiso trasladarlo a su domicilio, distante unas cuadras del lugar, no pudo hacerlo, resolviendo con otros vecinos más edificar un pequeño oratorio, a orillas del río Gaitán (que en Salavina se llama Turugún y que es un antiguo brazo que unía el río Salado al Dulce) y en el mismo lugar de su aparición.

Al cuidado de la familia Serrano y de sus descendientes estuvo el Santo Cristo, hasta que en 1880 y 1881 fueron nombrados priostes José Anacleto Pacheco, Fabriciano Calderón y Deogracias Mujica por el Visitador Eclesiástico.

De Herrera a Mailín hay cuatro leguas que recorremos vertiginosamente entre una interminable fila de "promesantes" que se dirigen a pie, a caballo y en toda clase de vehículos, al santuario del Señor de los Milagros. Es pintoresca esta guirnalda de romeros a lo largo del camino con sus lujos y galas y alforjas multicolores.

De lejos, emergen las torres del Templo. Llegamos. Es majestuosa la imponencia de estas torres sobre el caserío chato de la aldehuela y sobre el paisaje que lo circunda, agobiador y triste. Entramos. Un gentío llena las tres naves. Afuera, otro gentío hormiguea, ávido de fiestas.

Por los ventanales penetra una luz difusa. En el altar mayor, un solo nicho central desocupado perteneciente al Señor de Mailín que ha sido descendido con motivo de las fiestas y ante el cual, de rodillas, los promesantes toman gracia de él. En los nichos laterales se albergan las imágenes de Nuestra Señora del Tránsito, a la derecha y de San Lorenzo, a la izquierda, que, con dos campanas de la torre, pertenecieron a la antigua capilla de Guañagasta, en la población antigua de ese nombre que estaba dos y media leguas de Mailín, camino de Matará. Salimos.

Frente a la iglesia, separando una plazuela rodeada de ranchos, taperas y algunas casonas de muros coloniales que ostentan todavía la recova de sus corredores, corre una calle tortuosa, la más importante de la villa de Mailín, muy angosta, flanqueada de humildes casuchas de barro, con sus techos suavemente caídos o cimbrados en dulces declives por la acción del tiempo, y en la cual se ven, a uno y otro lado, puestos de venta, buhoneros, vendedores de sortijas y de Santos, de rosarios, de prendedores, de muñecas, de mates y taleros y facones de plata, recuerdos y ñoñerías. Y allá, y acá, puestos de fruta y "parrilladas", negocios de todas partes y de todas clases, con su reluciente surtido de baratijas. Y entre ellos, entre el polvo de la calleja, que hierve de gentío, se ven las familias campesinas con la humildad de su porte engalanado de pañuelos multicolores y las "guaguas" que miran y desean con deseos de pobreza y que caminan con el cansancio de los días plenos de las fiestas. Y se ven los tahures con sus juegos de "la fortuna" y se oyen los gritos de los pregoneros que llaman al hombre indiferente y de los que ríen y cantan. Y sienten tufos de alcohol y de viandas, todo entremezclado, en una sola confusión de olores, de ruidos y sonidos.

La procesión, que se celebra el día de la Ascensión, en Mayo, es solemne. Al paso de la pequeña cruz se oyen los estampidos de las bombas y de los cohetes, se desgajan los árboles, cuyas hojas emplea la gente devota para hacer infusiones medicinales, por la creencia existente de que han sido bendecidas por la presencia de la Santa imagen: se queman cohetes en las patas de los caballos que han sido hallados por sus dueños y que de esta manera cumplen con la promesa que hicieron al perderlos; se reza, se canta, y pasadas las fiestas, cada cual retorna a su rancho, perdido en la distancia (CCIII).

Fuente: El Folklore de Santiago del Estero - Orestes di Lullo

22/12/22

Soconcho (1)

 

El Fuerte Medellín es la localidad más antigua de la Argentina. Fue fundada en mayo de 1544 por Francisco de Mendoza en un lugar entre Salavina y Soconcho.



Esta pequeña historia comienza en la noche de los tiempos. Esta pequeña historia es unahistoria cuatrisecular. Arranca de la época del descubrimiento de la provincia del Tucumán, de cuando aquel puñado de hombres blancos al mando del Capitán D. Diego de Rojas hiciera su entrada a este suelo virgen, en los confines del cansancio y del sufrimiento, en busca de un camino para el mar. Y no pudiendo seguir, fundaron un real en 1543 después de la muerte trágica del jefe de la expedición, real que se consumió en las llamas de un incendio.

Así comienza la historia de Soconcho, la zona donde se detiene la planta audaz del español, donde los indios que la habitan se defienden y matan a D. Diego de Rojas, donde se levanta el real de Medellín la primera ciudad fundada en territorio argentino. Así, trágicamente, comienza la historia de Soconcho cuyo nombre, por extraña paradoja, significa: bosque de la miel.

Soconcho sería, en efecto, un inmenso bosque. En este bosque, de árboles milenarios, habría mucha miel. Y cerca de es- te bosque correría el río Dulce, que entonces se llamaba río de Soconcho, y este río desbordaría en épocas de crecidas, y las tierras llenaríanse de limo gordo y húmedo, y en ellas sembrarían los indios que la habitaban el maíz que los españoles encontraron a su llegada.

Fué, precisamente, este maíz ("que estaba en berza") y el anchuroso pantano formado por las aguas, unidos a la fatiga y al largo padecer, los que detuvieron en Soconcho a D. Diego y a sus hombres. Y por Soconcho pelearon indios y españoles, hasta que muerto Rojas e incendiado el real o ciudad de Medellín, después de descubrir lo que se llamó Córdoba y el Paraná y de regresar a Soconcho, lo abandonan definitivamente en 1545.

Tres años han transcurrido, pero en ese corto lapso cuántas visicitudes, cuánta tragedia!. Rojas muerto en medio de horribles convulsiones por una flecha envenenada; Catalina de Enciso, calumniada de haber dado un brebaje a Diego de Rojas para causarle la muerte, llorando enloquecida y maldiciendo a los autores de la infamia; Francisco de Mendoza, muriendo asesinado por el soldado Diego de Alvarez; Felipe Gutiérrez, apresado por García de Almadén, sufriendo la pena de garrote a manos del gobernador D. Pedro de Puelles; Nicolás de Heredia, el tercer Capitán de la expedición de D. Diego, muriendo asimismo en el garrote después de la batalla de Pocona por orden de Carvajal. Todos ellos descubrieron la región santiagueña de Soconcho. Todos ellos sintieron el embrujo trágico de esa tierra sepultada bajo el bosque, defendida por los elementos naturales y los indios. Todos ellos sufrieron hambre, sed y pestes, sintieron desavenencias, odios y rencores, marcharon meses y meses entre desiertos, salitrales o inmensos campos anegados, donde no se veía un árbol, ni una sombra, o entre los riscos de las sierras, sin abrigo para el frío, o atravesando ríos y torrenteras, acosados siempre por los indios que hacíanles dura la jornada! Todos ellos sucumbieron después de cobijar la pasión sangrienta, de sentir en carne propia ia infamia y la crueldad, de escuchar en las noches del campamento ayes lastimeros que horadaban el silencio, de ver lanzas, flechas y dagas sepultadas en las carnes y de contemplar las heridas tumefactas y los miembros corroídos por la podre. Toda esta historia es la génesis de Soconcho. Ahí nacen la locura y los raptos de furor. Es la primera piedra del descubrimiento y de la conquista y ella se asienta en el barro de la perfidia, de la traición, del dolor y de la sangre!.

En esa vasta zona formóse con el tiempo un pueblo de in- dios, encomendado a la hija del Capitán Julián Sedeño, del que fuera desposeída en 1565 por D. Francisco de Aguirre. En 1578 acampa en Soconcho el Gobernador Gonzalo de Abreu y el Capitán Tristán de Tejeda, camino del descubrimiento de Trapalanda. El 20 de Febrero de 1585 el Licenciado Ruano de Téllez, Fiscal de la Audiencia de Charcas, dirige una carta a Su Magestad el Rey tratando asuntos de los repartimientos de Soconcho y Manogasta.

En 1586 el Gobernador D. Juan Ramírez de Velasco hace una petición al Cabildo, tocante al pago de sus salarios y al uso de las encomiendas de Soconcho y Manogasta.

En 5 de Septiembre de 1587 D. Juan Rodríguez declara que vió algunos indios comarcanos en servidumbre de los pueblos de Soconcho y Manogasta.

Más adelante, en 10 de Enero de 1590 el Cabildo de Santiago del Estero envía al Consejo de Indias una carta suplicando Se confirme a D. Juan Ramírez de Velasco en el repartimiento de Soconcho y Manogasta que le dió la Audiencia de Charcas por sus trabajos de pacificación, lo que permitió poder transitar por aquellas provincias sin riesgo alguno.

Y al finalizar el siglo XVI, y fechada en Madrid en 16 de Marzo de 1594, aparece una Real Cédula en que se piden informes sobre lo manifestado por el cacique Andrés de los pueblos de Scconcho y Manogasta de que los Gobernadores sacan de aquella provincia indios para esclavos.

A modo de paréntesis corresponde anotar, ahora la verdadera ubicación de Soconcho, que en la época prehispánica no era más que una vasta zona a orillas del Río Dulce, entre Atamisqui y Salavina, rebasando a veces estos puntos por el N.E. y S. E. Según la carta de Martín de Moussy, Soconcho ya es una población que se marca en el plano, al S. E. de la Villa de Atamisqui y al N. de la Villa de Salavina. Y en el croquis de Serrano, estaría sobre el Dulce al S. E. de Pitambalá y al N.O. de Sabagasta.

Una mañana de Octubre yo he salido de Atamisqui. Aún dormía la Villa. He cruzado sus anchas calles, he pasado por la represa con su claro espejo de agua que reflejaba el cielo, he seguido hacia el S.E. por una amplia vía que desemboca en el campo y atravesando cañadas, cercos, árboles dormidos, cactus, tierras lanas, huellas entre pastizales mojados, he visto en las cercanías de Juanillo, en la curva, entre altas barrancas, el río, con un hilo de agua, y he sentido al asomarme al lecho profundo, el hedor de los peces putrefactos, amontonados en un recodo. La mañana es fresca. El aire limpio, claro, sutil.

He continuado el viaje. He andado ya tres leguas y he de andar una legua más. El campo ha sido lavado por la lluvia. Por sobre los cercos miro la sembradura y en partes el trigo verde limón. De una cocinita se escapa un humo azul y veo moverse despaciosamente, en el patio limpio, a la gente sencilla, jugar a algún niño, mientras las camas aún ostentan la blancura de las sábanas y el rojo de los cobertores, destendidas, amplias, frescas aún en la mañana sin sol. Pero ya asoma éste. En un recodo, tras la desmadejada copa de un chañar, he visto salir la enorme magestad del disco rojo del sol y, en la umbría del camino, la majada blanca y, en las lucientes hojas de las bardas, unas gemas cristalinas, mientras he ido recordando la historia vetusta de Juanillo, donde llegaba la posta de Salavina, camino de Santiago, de Taco Pozo, de Piruas, (donde he de llegar pronto para atravesar el río) de Tío Alto, de Tolosa, y otros poblachos que rodean a Soconcho.

He de dejar la ancha vía para internarme en la sombrosa sinuosidad de un atajo, flanqueado de altos árboles. He de seguir, respirando la frescura de las hierbas del campo humedecido, por este camino, hasta la escuela, una pequeña, una humilde casa de barro, de color térreo, como el del suelo en que se enclava y, después de beber un pocillo de café, de conversar con el maestro gentil y su esposa, maestra también, y he de contemplar el bello espectáculo del silencio dorado por el sol y de los árboles quietos, como en un éxtasis, he ido hasta el lugar donde se levantaba la capilla de Juanillo. Nada queda de ella. Allí se conservaban los viejos retablos e imágenes de la vetusta capilla de Soconcho. En su lugar apenas he podido ver un montículo de tierra, y un pequeño cementerio en torno, y cactus, montecillos, y senderos, y, encima, un cielo profundo, distante como el tiempo en que arranca esta historia. El río llevó la capilla. De ella solo queda, la campana, que yo guardo en el Museo y que dice: "María, 1688".

He quedado pensativo ante este suceso trascendente que se repite con inexorable exactitud: todo se pierde entre el polvo de los años como si nada hubiese existido. No queda ni un vestigio del pasado, ni una sombra de lo que fué. Y sin embargo, cuánta vida hubo, y cuánta fe y que de hechos magníficos se produjeron, bajo ese mismo cielo, en ese mismo lugar.

He sentido una profunda, una amarga tristeza. He sentido como si la voz de la historia me reprobara esta cruel indiferencia que borra los recuerdos o los sepulta bajo el ímpetu de los elementos desatados por la furia de Dios. Y luego, me he puesto a recordar viejos documentos que han podido ser salvados y en ellos algunas noticias referentes a Soconcho.

A principios del año 1600 aparece un oficio "de la entrada en las caxas reales así de los tributos de Soconcho Manogasta  y Anga... "Eran los antiguos pueblos indígenas tributarios directos de la Real Corona, y debieron ser muy importantes para ser de su pertenencia, aunque el Gobernador Ramírez de Velasco, por propio interés, en su probanza de fines del siglo XVI, aseguraba que dichos pueblos sólo tenían 150 indios tributarios "e que no había ni oro ni plata".

En 1635 era cacique principal de Soconcho D. Juan Anauqui. Este D. Juan, llamado como los españoles con el "don" que caracterizaba a los personajes de la época, era un indio. Debió ser muy principal y el grupo de súbditos muy importante para que mereciera tal calificativo. Y se desempeñaría atendiendo las necesidades del pueblo, bajo las órdenes de su encomendero D. Juan Bravo. Posteriormente, en 1636, D. Diego de Leguizamo era administrador de estas tierras. Más en adelante, en 1685, aparece el Licenciado D. Juan Díaz Cavallero como cura y vicario de Soconcho, contibuyendo esta población con sus tributos a la fundación del Seminario.

He interrumpido mi coloquio al borde mismo del río don- de he llegado. Las barrancas son altas. Un hilo de agua se des- liza por el lecho sinuoso, blanco, de arena. He de cruzarlo para llegar a la otra banda por un vado. La vista contempla los árboles que emergen de la barranca, la sombra azulosa que proyectan, las rajas y quiebras de las márgenes donde asoman algunas raíces poderosas. Y oigo que me dicen de crecientes que desbordan estas altas barrancas y de campos que se anegan y de daños que produce el agua despeñada. Y no quiero creer al contemplar el sequedal en torno.

He vadeado el río, bajando y subiendo el paso. Y me inter- no en una pampa salitrosa, después de cruzar un bosquecillo que forma un túnel de hojas verdes al caminante, después de andar por una senda angosta y sinuosa, flanqueada por un muro ver- de obscuro de jumis, de dejar atrás tunales y árboles secos, y de pasar entre unos cercos rebozantes de trigo.

Ya ando por donde andubo la historia. Estos son sus campos, este inmenso bajío, blanco salinoso, arizado de cactus, don- de el sol reverbera sostenidamente; este desolado lugar sin sombras; esta vasta planicie sin pájaros, abandonada, donde algunos parvos arbustillos se retuercen de sed para morir ahoga- dos en épocas de las crecidas periódicas, de esas crecidas que atajaron durante el descubrimiento el paso del español y que forman un inmenso mar de aguas salinosas, donde se copia el cielo profundo. Estos son los campos de Soconcho. Y mientras los recorro, camino del lugar donde levantábase la vieja capilla, he sentido dentro de mi un gran vacío, una gran congoja, una gran pesadumbre. ¿A dónde he de poner los ojos que me distraigan de esta zozobra, de esta desesperanza? Me he puesto a recordar libros y documentos del siglo XVIII. Uno de ellos, el "Catalogo Histórico de los Virreyes, Gobernadores y Capitanes Generales del Perú con los sucefos más principales de fus tiempos // Descripción del Obispado del Tucumán", atribuído a Cosme Bueno, dice que el curato de Soconcho tiene cuatro capillas. Era a la fecha de dicho libro, 1764, cura y vicario de esta zona el Mtre. Licenciado D. Pedro Ibáñez, que actúa en 1718 en el mismo lugar. Recuerdo también que en 21 de Marzo de 1737 Soconcho por orden del Cabildo debe levantar altares para celebrar dignamente la fiesta de Corpus.

En 1744, el presbítero D. Juan de Salvatierra y Frías se des- empeña como cura y vicario del partido de Soconcho desde 1739 en que tenía 21 años.

En 1745 el Cabildo conmina a D. Juan Angel Pérez de Asiain a pagar una deuda por los tributos de los indios de Soconcho, prohibiéndosele hacerse presente en todo acto público.

Y en 1799, al filo del siglo XIX, en que de nuevo aparece So- concho por un remate de díezmos.

He sentido un fuerte ardor a los ojos mirando esta llanura blanca de sal.

Luego, desviándome de la ruta he tomado por un atajo para llegar al lugar donde estaba la capilla. Es un breñal a don- de llego y donde hay una pequeña abra y en esta pequeña abra un pequeño túmulo de tierra y en él restos de tejas, un menudo polvo rojizo que se ha escurrido lejanamente con el agua y nada más.

He de proseguir la marcha hasta el confín de unos árboles distantes que he visto, allá en el horizonte, y cuando he llegado, entre algarrobos vetustos, secos y retorcidos, he visto algunas especies coronadas por un follaje verde, limpio, lavado, y un cerco que amuralla de postes y alambrados la estancia de D. Victorio Fernández, y luego la casa, y una represa, y el suelo lampiño, giboso en las proximidades. Hay que ir todavía más allá, una legua larga, para llegar al cementerio de Soconcho: tierra enmarcados por una caja de madera, semejando un féretro, pintada de negro con guarniciones de color blanco, y cruces vencidas en los testeros de las tumbas y en medio, frente al portillo de entrada, una gran cruz de quebracho, y en torno, a modo de camino circular un espacio limpio, plano, bien cui dado. En presencia de este pequeño cementerio, ante estos sepulcros negros, con sus cruces torcidas en medio del monte taciturno con grandes árboles resecos, he imaginado las noches lóbregas llenas de silencio, sacudidas por el escalofriante rechinar de las ramas que se quiebran o por el suspiro del viento o por el silbido de las aves nocturnas. Aquí, levantábase otra capilla, pero de ella nada queda. El bañado de Huaico Hondo ha barrido con todo. Sólo una virgencita de las Mercedes y un San Antonio, que obran en poder de una curandera llamada la Marga Milla recuerda las épocas florecientes de Soconcho, cuando el trigo y el maíz colmaban los cercos, y una población numerosa vivía feliz con las majadas, y los bosques eran vírgenes. Pero el nuevo ferrocarril, cuya estación más próxima es Medellín, a 4 leguas de distancia, despobló la inmensa zona.

La sequía y las inundaciones hicieron el resto.

No he podido visitar a D. José del Carmen Lescano, un viejo amigo y poblador de la zona, que tiene un pequeño almacén a dos kilómetros de este bañado de Huaico Hondo. Pero he visto de lejos su casita blanca, de adobe, con su techo de torta y los aleros del corredor a uno y otro lado, suavemente combados por los años, y en el patio el pozo, y más allá el corral, y le he recordado con su tez tostada por el sol y los espejuelos sobre la nariz en gancho.

Y corriendo raudamente a través de esa yerma planicie, como corre el tiempo, he recordado al Mtre. D. Felipe Hernández y su carta dirigida al Cabildo de Santiago en 1803 en que explicaba la forma como los indios elegían sus alcaldes". Tres o cuatro días antes del año nuebo plantan sus noques de chicha y empiezan a tomar; vísperas de la noche amanecen bebiendo (atienda V. S. qué preparación para el acierto); por la mañana presentan en la iglesia en la misa parroquiail ante el cura a sus electos, y como el cura conoce a todos, re. para que los electos son unos ladrones, borrachos, perdularios, procura con suavidad, en su idioma, agravarles la conciencia a esplicarles las condiciones que debe tener el indio para semejante empleo en que pende el zelo de la honrra de Dios en el Pueblo, un sujeto eficaz para asegurar el cobro de los reales tributos sugetando a sus indios; entonces ceden y dicen cùra que proponga a quien le parezca... "Me he puesto a pensar en este hombre, cuyas son las palabras que he reproducido. D. Felipe Hernández era cura de Atamisqui cuando en 22 de Junio de 1813, D. Joseph Martínez Castellanos levantó una información en Soconcho, probando en ella su patriotismo. Había sido Diputado en la Junta de las Temporalidades, Subdelegado Conjuez y Theólogo por su propietario Dr. Martín López de Ve- lasco y, durante la revolución de Mayo, con el Juez de Padrones y elector en el Partido de Soconcho, D. Francisco Ramón de Ibarra, levantó las listas de subscripción para el Ejército Libertador.

Luego, mientras construía la tercera o cuarta capilla de So- concho llegó la noticia del triunfo de Tucumán y, después, la de la acción de Salta, y el cura D. Felipe, echaría a vuelo las campanas, y ordenaría luminarias y festejos.

En 6 de Mayo de 1815 firmó una nota dirigida a Alvarez Thomas solicitando la autonomía de Santiago del Estero. No obstante, y acaso por los insobornables atributos de su personalidad, la infamia pretendió manchar su clara y limpia trayecto- ria pública al servicio de la revolución y protesta con fecha 28 de Octubre de 1816 ante el Teniente de Gobernador D. Gabino Ibáñez contra los que le habían denunciado de acoger a los enemigos del Estado.

Y mientras tanto he visto pasar leguas y leguas de tierras cubiertas de un sarro salinoso, cardones inmóviles y entristecidos, troncos derribados con la costra deshecha por la acción de tiempo, matas verdinegras como manchas, algún arbolillo, algún pájaro y por encima, la extensión infinita, fija, alucinan- to del cielo. Y han ido pasando en mi memoria los sucesos y los años de esta historia y al llegar al año 1824 he recordado a D. Dionisio de Ibarra y Grillo. Aquí nació D. Dionisio, guerrero de la Independencia y caudillo, uno de los sostenes del Gobernador D. Juan Felipe Ibarra. Un día de Diciembre de aquel año de 1824 D. Dionisio fué invitado a un banquete que los políticos de Santiago le ofrecían en su honor. Llegado al lugar y hora convenidos se encontró con una larga mesa, y en ella un ataud y cuatro altos candelabros con velas encendidas. Y al decirle que ése era el banquete que le tenían preparado, le degollaron.

Durante muchos años Soconcho  fué un reducto militar de importancia. Allí vivió el Capitán D. José Manuel Lugones, uno de los Jefes de la 3ª División de Milicias de Soconcho, con desracho de Capitán firmado por el Genera! D. Manuel Belgrano en 9 de Junio de 1817, condecorado por el mismo por haber contribuído a la pacificación de Santiago y que luego en "Los Coroneles" es destacado para proveer de bueyes, picadores, milicianos, carne y caballos para el Ejército Nacional que regresa a Buenos Aires.

Allá hicieron sus primeras armas el alférez Manuel Ponce, los tenientes Mariano Morales, Pedro de Yslas,

Manuel Gregorio Jiménez de Paz y Simón de Ibarra. Allá se establecieron algunos hacendados y se anudó de hechos menudos, deleznables, curiosos, terroríficos, risueños o vanos la larga, la profunda historia de Soconcho.

Hasta que, por fin, todo quedó arrasado. La carne viva de la tierra quedó expuesta al sol. Habíase dado comienzo a la tala de los bosques. Había comenzado la era industrial para la zona. Y los animales de la selva se ahuyentaron, los hombres fueron explotados, el pasto nunca más nació, secóse la tierra, libremente aventada por los aires calientes del verano inhóspito o los fríos del invierno, y la historia de Soconcho pareció comen- zar recién, como si el pasado no hubiese existido o no existiesen memoria de él.

(1)-Según el Padrón de indios levantado el 10 de noviembre de 1786, So- concho estaba a 8 leguas al S. E. de Pitambalá y a 1 legua al N. O.de Umaj.

 

Fuente: Libro: Viejos Pueblos, Orestes Di Lullo


21/12/22

SUMAMAO

 


Sumamao es una antigua población santiagueña situada en los términos del Dto. San Martín (1). Sumamao era el "habitat" de una parcialidad de indios, cuyos últimos sobrevivientes alcanzaron el siglo XIX. Sumamao es hoy sólo un lugar donde se celebran interesantes fiestas religiosas, convocando, la del mes de diciembre, sobre todo, gruesas multitudes. 1

Este pueblo debió ser muy hermoso. Estaba emplazado sobre el Río Dulce y sus aguas fertilizarían la tierra, y en ella los indios cosecharían copiosamente. Un bosque inmenso formariale un cíngulo de misterio y lo protegería de los vientos y de la incursión de las tribus extrañas. Y la vida en él transcurriría quieta y sosegada. ¿Por qué no habrían de llamarle, entonces, "Sumamao" que, según algunos autores quiere decir: "pueblo lindo"?

Pero llegaron los españoles y se adueñaron de él. No sólo de sus tierras, sino de los indios que la habitaban. Y constituyeron una encomienda, una de las tantas en que se dividió la población aborigen de la que fue luego provincia de Santiago del Estero. Y empieza el largo padecer de estos pueblos.

Uno de los primeros encomenderos de Sumamao fué el Sargento Mayor D. Luis de Figueroa y Mendoza, casado con Doña Catalina Gutiérrez de Toranzos. Le sucedió su hijo D. Luis, y en 1685 su madre, viuda ya, que ejercía su tutela, retiraba al ad- ministrador de dicha encomienda, el Capitán D. Bernardo Pérez Palavecino y lo substituía con el Capitán D. Juan Castañe Becerra.

Es la noticia documental más antigua que se conoce. Pero, sin duda, el pueblo de Sumamao sería conocido por los conquistadores y de él se beneficiarían algunos de los primeros expedicionarios. Luego, en el transcurso del siglo XVII, iría pasando de un encomendero a otro, hasta que finalizado dicho siglo, Sumamao aparece en 1717 como dependencia del curato de Tuama.

He leído en el Archivo la información de 1729 en que figuran conjuntamente los pueblos de Ovejero y Sumamaq.

Por esta fecha era encomendero de Sumamao D. Alonso de Frías, abuelo del célebre jesuíta santiagueño del mismo nombre. D. Alonso era Maestre de Campo y Capitán en 1740 y en el mismo año se le nombra Protector de Indios.

En 1731 el Capitán D. Joseph de Aguirre publica un bando sobre la suspensión de una expedición punitiva contra los indios, cuya parte inicial decía:

"En este pueblo de Sumamao, en diez y nueve de agosto de mil sett y treynta y un, yo el capn Lorenzo Saavedra en cumplimto del que se manda por el horden de arriba hize publicar y publiqué el bando de la otra foja a son de caja de guerra".

¿Habríanse levantado los indios contra el poder despótico del español? ¿Habrían desertado a los montes para unirse a las tribus indómitas y caer como un alúd sobre las poblaciones indígenas al servicio de España? Entonces, ¿Por qué el Teniente de Gobernador D. Joseph.de Aguirre ordena la suspensión de las hostilidades contra ellos? ¿No habrá intervenido el protector de los naturales este D. Alonso de Frías de que he hablado? ¿No sería él quien indujera a deponer las armas y a los indios a volver a Sumamao?

En 1742, este pueblo debió pertenecer a la Real Corona, pues, el Mtre de Campo D. Joseph de Castellanos, Alférez Real y Gobernador de Armas de la Ciudad de Sgo. del Estero, se decía adininistrador de los indios de Sumamao. Habríanse excedido los encomenderos en su inhumano trato y el gobierno civil y militar habría resuelto intervenir para evitar, males mayores. Sumamao, de este modo y por estas razones, habría dejado de ser una encomienda para transformarse en una administración directa del Gobierno. Pero lo que no sabremos es si dicho pueblo se habría o no beneficiado con el cambio. Lo cierto es que continuó sumido en el marasmo por mucho tiempo y de él no se supo; más, hasta 1791 en que su nombre aparece en un informe sobre el Real Hospital de Santiago como colindante de la estancia de Cancinos, que pertenecía a dicho Hospital, salvo la noticia de que en 1749 era cura interino de Sumamao el Dr. D. Joseph Baltazar de Islas.

Ha concluido el siglo XVIII.

En 27 de junio de 1816 el Cabildo de Santiago, para sufragar los gastos que origina la representación al Congreso, arbitró el recurso de arrendar los II pueblos llamados de indios, entre los cuales se encuentra Sumamao. En 1859, el curato de Sumamao pertenecía a la parroquia de Silípica conjuntamente con Manogasta, Teyuyo, Tuama y La Punta de Maquijata. En Sumamao se celebran al año tres festividades religiosas. Una, en el mes de Junio, en honor del Corazón de Jesús; otra, en Septiembre, de la Virgen de las Mercedes y, por fin, la de San Esteban, en el mes de Diciembre, que es la que arrastra tras de sí verdaderas multitudes.

La imagen de San Esteban, llamada de "San Esteban Chico" es pequeña. La Imagen está vestida de rojo, y perteneció originariamente a la señora Doña Mercedes Chaparro de Zurita, a mediados del siglo XVIII, bisabuela del propietario actual, D. Francisco Juárez, de más de 60 años, que vive en la localidad de Maco con el Santo.

Desde este lugar del Dto. Capital sale la procesión hacia Sumamao, distante 12 leguas. Esta procesión es reducida. Esta procesión está formada por una veintena de promesantes y fa- miliares del dueño de San Esteban. Esta procesión recorre a pie la distancia entre el polvo de los caminos, bajo un sol inclemente y se acompaña con música de bombo, violín y corneta, banderas rojas y gallardetes del mismo color.

La víspera de la partida, por la noche, se efectúa un gran baile en la casa de D. Francisco. Es el 20 de Diciembre. En el ruedo de la fiesta se ven rostros campesinos, luces chisporroteantes de velas encendidas en honor del Santo.

Se escuchan los sones de la música, el estampido de los cohetes y entre los gritos, las risas, los aplausos se ven las sombras de los cuerpos que giran con la música de la danza. Al despuntar el alba, la procesión "arranca". Allá va el séquito que acompaña al Santo. Pronto se pierde en la lejanía. Apenas se escuchan los golpes adumbrados del bombo, y de vez en cuando, algún disparo de fusil, o el crepitar de los "estruendos" que se queman en honor de la imagen. La procesión sigue y mientras marcha, los componentes del séquito beben y cantan canciones profanas -pués no se admiten rezos para el Santo Pronto llegan a la casa de Escolástico Zurita en Santa María, donde "hacen noche" con bailes y libaciones.

Al rayar el día empieza la segunda jornada, que tiene por meta la capilla de Silípica, donde se deposita la imagen, mientras los acompañantes almuerzan y descansan.

Por fin, el día 25 llegan a Sumamao después de efectuar otras escalas. Y son recibidos por la población que se agolpa a la orilla del río.

La imagen es depositada en una casa de propiedad del Santo, que posee de tiempos inmemoriales por legado de D. Dámaso Beltrán y allí se baila, obsequiándose a la concurrencia con aloja, mate, café, y bebidas que se adquieren con la limosna del Santo. Me han contado algunas leyendas. Cerca de Sumamao aparecía, hasta no hace muchos años la "madre del río". Dicen que era una hermosa mujer blanca de largos cabellos rubios como el oro, que aparecía sentada en la primera ola de la crecida, peinándose unas veces, con las espinas del pescado, y otras, con un gajo de "ulúa". Algunos agregan que esta aparición tiene cola de pescado y se asemeja a la clásica leyenda de la sirena de los mares. En las claras noches de luna aparecería para dejar el rastro que han de seguir las aguas del río en sus desbordes. Esta leyenda es semejante a la de la teogonía, quíchua o diaguita, de la "yacu maman" que creía en una diosa menor madre del agua, que guardaba en tinajas la lluvia del cielo.

Me han contado que en el año 1865 fué fusilado en Sumamao Andrés Alvarado por la sublevación de La Viuda, lugar donde había llegado los contingentes santiagueños y tucumanos que iban a la guerra del Paraguay. Ejecutó dicha sentencia el Comandante D. Antonio María Santillán. Me han señala- do el lugar de la ejecución y me ha parecido ver al reo tendido en la tierra, sobre un gran charco de sangre, y a la población, aterrada, compungida, en torno, mientras la campana de la ca- pilla doblaba a muerte, lentamente. Me han contado también algunos pormenores del Santo. San Esteban Chico es un Santo alegre, que no gusta entrar a la iglesia de Sumamao, porque tiene casa propia, y que tampoco admite rezos, ni plegarias. Viste de rojo y se place en presidir las fiestas orgiásticas y populares.

Según la tradición religiosa, San Esteban Chico es el niño que al nacer Jesús fué con la buena nueva a los pastores, sien- do tomado en el trayecto por una tormenta de piedras, algunas de las cuales recogió en sus manos. Por esta razón le asignan el patronazgo de las lluvias y dicen de él que nunca salió en andas sin cambios de tiempo, lloviznas o aguaceros. Me han dicho también que en épocas de los diezmos y primicias se acostumbraba regalar al Santo los mejores frutos, huevos y cereales. Algo de estas viejas costumbres recuerdan las ofrendas que todavía le hacen, ofrendas de roscas y rosquillas de que participan los concurrentes o romeros. El 26 de Diciembre son las fiestas de Sumamao. Consisten en la "carrera de indios" y el "viva de los alfereces".

A mediodía, los "corredores", vestidos de rojo y acompañados por unos jinetes que tocan largas cornetas de caña con un cuerno en el extremo, salen de una población vecina, llamada Los Gallegos, distante del lugar 2 leguas, distancia que recorren a la carrera. Antes de partir, hincados de rodillas han de besar una cruz que hacen en el suelo, ceremonia que llaman la "adoración de la tierra". Al llegar, se postran ante la imagen de San Esteban, sudorosos y cansados para tomar gracia. De inmediato, son sajados en las venas de las piernas. Las carreras se ofrecen como el cumplimiento de una promesa y la sangre vertida como una ofrenda. Luego, se realiza la ceremonia de los "vivas", que consiste en recorrer a caballo por abajo de unos arcos florales que los "alfereces" han levantado en honor del Santo, llenándolos de roscas y golosinas. Los "vivadores" se disputan estas ofrendas entre gritos y alaridos.

En 1885, el curato de Sumamao tenía tres capillas. En la misma época pertenecía al Dto. Silípica, y era uno de los seis distritos en que se dividía.

Hoy Sumamao, es un pequeño poblacho terroso, perdido entre breñales, sumido en el silencio, a tras mano de toda necesidad, de toda urgencia, envuelto en el recuerdo de la leyenda, arrebujado de soledad y tedio, empobrecido, miserable, abandonado, que despierta sólo un día por año, cuando San Esteban hace su aparición en andas de la fe, con su figura diminuta y su parva protección, pero lleno de esperanza y de alegría, con el vestidito rojo y la lluvia que inunda los campos.

1)-Según el Padrón de indios de 1786 se encontraba a 4 leguas y ½ al S. E. de Manogasta. Poseía 10 indios tributarios, 5 ausentes, 7 próximos y 17 niños.

Fuente: Libro: Viejos Pueblos, Orestes Di Lullo


25/11/22

La Salamanca

 


La leyenda de la salamanca es general en toda la Provincia. No hay apenas lugar, donde la gente no crea ver o sospeche la existencia de una salamanca.

En el paraje de Tilingo, distante dos leguas de Atoj Pozo (Majadas), Dto. San Martín, escondida en el sitio más enmarañado del antiguo río Huaycondo se encuentra una salamanca, la cual, en ciertas noches, deja oír su música diabólica (CCXVI).

Los habitantes de Tacanitas Dto. Pellegrini afirman que existe una salamanca al Este del Puesto llamado Hoyo Pozo, distante de Tacanitas 566 leguas. Dicen que a altas horas de la noche se oye una música perfecta de violín y bombo, asegurándose, además, que un hijo del dueño de ese puesto, por su vida montaraz y costumbres, tiene compromiso con el diablo (CCXIX).

En el Dto. Guasayán hubo salamanca en los parajes: La Chilca, El Rodeo, Pampa Pozo y Guampacha (CCXVII). También existe una salamanca en Maquijata, Dto. Choya; en Manogasta, cerca de Tuama, en un "pozanco" que se llama Pozo Komer; en la Cañada Larga, a 3 kilómetros de Villa ojo de Agua; en la Cañada de la Costa, Dto. Río Hondo, bajo la barranca, donde hay  un árbol y una vertiente; y en Sotelos, camino de La Zanja y sobre el río Salado, frente de Azogasta y cerca de Guaype.

Según la leyenda la salamanca es un lugar diabólico, donde el "supay" enseña sus artes, donde las brujas efectúan sus reuniones tres veces por semana y donde acuden los que se inician en la práctica del maleficio o los que van a aprender toda suerte de maña, destreza o habilidad.

A la salamanca concurre, según la imaginación popular el famoso cantor o guitarrero o bailarín del pago; la moza que enamora; la vieja bruja que prepara los "gualichos"; la curandera; el bravo domador o cazador; el que "piala" con destreza; el corredor de las carreras; y todo aquél que de un modo u otro se ha destacado en la pelea, en el amor o en su trabajo. Por lo general, la Salamanca es un lugar oculto entre los. breñales, de difícil acceso, cuya entrada conduce a una curva amplia y lóbrega. Allí se baila, se hace música, celebran aquelarres y orgías. Las viejas y viejos se transforman en jóvenes, los enfermos curan, la fealdad se cubre de hermosura.

Pero para entrar es preciso armarse de un gran valor. Completamente desnudo, el neófito, hombre o mujer, debe introducirse a la Salamanca con un iniciado. A la entrada de la caverna existe un Cristo "cabeza abajo" al que hay que pegar y escupir. Ya en el recinto subterráneo, se ven animales muy repugnantes y asquerosos: arañas peludas, sapos y escuerzos de gran tamaño, ampalaguas, víboras y umucutis, ante los cuales debe el iniciado permanecer impasible "aunque las víboras se le envuelvan en el cuerpo". Si ha podido vencer la repugnancia o el miedo que tales animales producen, es sometido a nuevas pruebas, y al final, si resulta vencedor, el neófito "puede pedir lo que quiera". En caso contrario, se vuelve loco al salir.

Como entretenimiento, durante la reunión, se hace música con bombo, violín, guitarra y arpa; se queman cohetes de estruendo; y se celebran bacanales que duran toda la noche.

Es creencia general que la música de la Salamanca sólo deja de sonar cuando alguien se arrima a la cueva y que los animales que pasan por cerca de ella se "espantan" y huyen des pavoridos (CLXI), (LXXVI), (VI), (LXXXIV).

Fuente: El Folklore de Santiago del Estero, Orestes Di Lullo

La Madre del Río

 


Esta leyenda que corre por las poblaciones costeras del Río Dulce, es parecida a la de la teogonía, quichua o diaguita de yacu maman, que creía en una diosa menor, madre del agua, que guardaba en tinajas la lluvia del cielo.

El mito santiagueño de la madre del río o mayu maman, como también se llama en quichua, está representado por una hermosa mujer rubia que aparece sentada sobre la "primera ola" de la creciente, la cual, en los momentos de calma peina sus cabellos con una "ñajcha" de pescado o, a veces, con un gajo de "ulúa".

Afirman algunos haberla visto en su verdadera forma: mitad mujer y mitad pez, saliendo del agua en las noches de luna, para dejar su rastro en una "sola güella" sobre la arena, rastro que han de seguir las aguas del río en sus desbordes siempre cambiantes..

En Manogasta, Dto. Silipica, la madre del río anuncia la llegada de las crecidas y la formación de bañados.

Muy semejante a esta leyenda, aunque difiere en su aspecto general, existe en el bracho y las costas del río Salado la mailin paya o vieja del bañado, una ficción con que antiguamente se asustaba a los niños. Fuente: El Folklore de Santiago del Estero, Orestes Di Lullo 

23/10/21

La Empanada

 

Créditos: Locos x Santiago

Y ahora toca el turno a la famosa empanada. Habrá que repetir lo dicho por Sarmiento sobre ella?

La empanada santiagueña, como, en general, la empanada provinciana, pierde su característica específica si no destila hasta el codo un jugo escurridizo y delicioso, que hay que sorberlo con mañosa habilidad.

Pero Sarmiento tendría hoy poca razón si, como lo hizo, pudiera o quisiera referirse a la empanada electoral, que por lo bien condimentado, era antes, instrumento de coerción e imposición, ya que muy pocos osaban resistir la tentación de comérsela.

Hoy, esta arma, ha venido a quedar en desuso, no porque la empanada no sea capaz de perturbar la conciencia del electorado, sino porque las que se usan con dichos fines tienen de todo menos de empanadas. Son bolsas de masa cruda, llenas de papas y cebollas, y elaboradas en tan gran cantidad y tan premiosamente, que, aun queriendo, acaso fuera imposible comunicarle aquel su sabroso gusto, de tanta fama para nuestras empanaderas.

Luego, han cambiado los tiempos. Antaño era un placer trabajarlas por decoro, por propia estimación. Se ponía empeño en la obra, y algo del espíritu de uno se encerraba con la pasta entre las dos hojuelas de masa.

Hoy se especula con la ganancia ilícita sobre todo en las elecciones, en que una nueva moral las asimila a la condición de meros negocios, y de los cuales, como los políticos, sacan las empanaderas, a costa de su probidad y decoro, un provecho mejor.

Es por esta razón que no fascinan ya las bateas y cestas de empanadas, sino que, por el contrario, constituyen para los partidos instrumentos perjudiciales, ya que el elector que las prueba, si vive, suele votar generalmente en contra, lo cual demuestra, de paso, que el paisano no ha perdido aún su gusto pese a cuanto se ha dicho en este sentido.

Pero si las empanadas electorales, como todas las cosas de la política, han sufrido tan rudo y bastardo envilecimiento, las empanadas caseras, preparadas con el antiguo sentido de la responsabilidad tradicional, continúan haciendo las delicias del paladar criollo.

Mas hay que saberlas elaborar. Una empanada santiagueña requiere cuidados en la preparación de la masa y de la pasta.

La masa de harina de trigo debe ser mojada con salmuera, grasa y leche. Asimismo, la pasta, de carne de vaca ligeramente sancochada, debe ir acompañada con prodigalidad de huevos duros, pasas de uvas, cebollas, sal, pimienta, ají del monte, comino, que se fríen aparte en abundante grasa de vaca. Rellenada la masa con esta pasta, y listas las empanadas, se las lleva al horno, o se fríen en grasa, en cuyo caso y bajo otra forma, reciben el nombre de pasteles.

Orestes Di Lullo

Retratando Silipica, Santiago del Estero

12/7/15

Orestes di Lullo, un representante digno de la cultura santiagueña

Signo de su personalidad fue descubrir, interpretar, dilucidar el alma del pueblo santiagueño.

Presentar aunque sólo sean aspectos de la obra del Dr. Orestes di Lullo, uno de los más notables representantes de la cultura santiagueña, es tarea de gran responsabilidad.

De familia de origen italiano, nació en 1898 en la ciudad de Santiago del Estero.
Sus estudios tuvieron cima al graduarse de doctor en Medicina en la Universidad Nacional de Buenos Aires.

Al regresar a su ciudad natal se dedicó a su profesión y también, dictó cátedras. Fue, no olvidemos, como Canal Feijóo y otros distinguidos santiagueños, un integrante de “La Brasa”, verdadero cenáculo intelectual del ámbito mediterráneo.

Muchos fueron los premios y distinciones recibidas, entre otras ser miembro de cuatro academias nacionales, del Instituto de Folclore Americano de los Estados Unidos; de las sociedades folclóricas de México y Uruguay y también del Instituto Venezolano de Folclore.

Numerosos son sus trabajos. Precisamente, el ordenamiento y análisis de sus obras nos permite señalar que su quehacer ha girado en torno a cuestiones profundas, relacionadas muy particularmente con su provincia.

Signo distintivo de su personalidad fue descubrir, interpretar, dilucidar el alma del pueblo en lo que respecta a su historia, el folclore, la religión, la medicina y lo económico- social. Todo fue hecho con pasión y con profundidad cultural.

La medicina y la alimentación popular, objetos de estudios

Pero veámoslo en su interminable itinerario de investigaciones y estudios propios, que aparecieron impresos luego: En 1935, “La alimentación popular en Santiago del Estero”; 1936, “Ensayo sobre folklore de Santiago del Estero”; en 1940, “El Cancionero Popular de Santiago del Estero”.

De este trabajo diremos que lo llevó a cabo por pedido especial de su amigo Juan Alfonso Carrizo, el que completó la serie de los Cancioneros del Noroeste, iniciada por el ya nombrado investigador catamarqueño.

Del “Cancionero...” dice el Dr. Augusto Raúl Cortázar “que el mismo carece de estudios preliminares que suelen dar noticias del método y técnica seguida, que ilustra al lector respecto al ambiente y características naturales y humanas de la región”.

Pero, el autor reunió después, en otro volumen muy nutrido, datos e interpretación sobre el fenómeno folclórico santiagueño, que vino a ser con holgura una introducción.

Cortázar está aludiendo a “El Folklore de Santiago del Estero” aparecido en 1943, ya citado inicialmente, y cuyo subtítulo es explicativo respecto de su alcance: “Materiales para su estudio y ensayos de interpretación”.
Cabe señalar que nos interesan más los primeros que los segundos, por la identificación del recolector con su medio, por su mayor objetividad y por la cantidad.

Pero su incesante andar lo llevó a traducir, en otros libros, todo el caudal de sus observaciones y reflexiones: en 1944, “El Folklore de Santiago del Estero”; “Medicina y Alimentación Popular”, en 1946, “La Agonía de los Pueblos”; en 1954, “Viejos Pueblos”. santiagueño. Por largos veinte años, se desempeñó al frente del Instituto de Lingüística, Arqueología y Folklore de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNT.

También se interesó por otras cuestiones referidas a lo social

Otros estudios importantes fueron: “La Vivienda Popular de Santiago del Estero” (1969) en colaboración con Luis G.B. Garay, interesante descripción de las técnicas criollas de construcción y connotaciones culturales de la misma, y “Elementos para un estudio del habla popular en Santiago del Estero” (1962).

Numerosas son pues las notas, artículos y otros estudios publicados en revistas especializadas, así como los aparecidos en el Boletín del Museo de la Provincia, Boletín de la Academia Argentina de Letras, Archivo Venezolano del Folklore, Humanistas (publicación de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNT), todas calificadas contribuciones a las Ciencias del Folklore.

La preparación de su tesis doctoral en medicina que trató sobre “El paaj”, “una nueva dermatitis venenata”, sin duda alguna, lo introdujo en el campo del “saber popular”, vale decir en nuestro folclore regional, que continuó haciéndolo al investigar el tema de su primer libro “La Medicina Popular de Santiago del Estero” y como nos consta a través de toda su producción y vida, no dejó de enriquecerse y enriquecernos sobre el saber del pueblo.

Obras completas sobre lo tradicional

 Es incuestionable, lo afirmamos, que la obra más completa de estudio del folclore santiagueño es la realizada por O. Di Lullo. Esto por su calidad, cantidad y variedad de los aspectos del hecho folclórico investigado. En el prólogo de uno de sus libros: “El Folklore de Santiago del Estero”, obra aparecida en 1943, nos dice: “Santiago, donde viven aún flores de un espíritu popular maravilloso, el folklore”. Convencido además, de la riqueza de las manifestaciones auténticas de la cultura tradicional, marcó los rumbos que había que seguir en nuevas investigaciones y abundó en la importancia de proseguir las mismas.

Solía reiterarnos que “el folclore de un pueblo es su acervo más precioso, lo que guarda celosamente en su intimidad y donde se debía penetrar para descubrir algo más de lo que vemos en su fisonomía y aspectos exteriores”.
Sabias observaciones a las que agregaba su convencimiento de que “el folclore recoge las características que tipifican una cultura y un ambiente, por lo que es necesario su estudio”.


*Los fragmentos publicados pertenecen al libro: “El folklore de Santiago del Estero a través de sus estudiosos”. Fuente: Nuevo diario