El Clima en Santiago del Estero

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2/12/22

Del Álbum De La Abuela: “Un paseo por el corazón de la ciudad”

Por Silvia Piccoli de Barrón

Cuenta mi abuela - cuando la nostalgia se impone sobre todos sus sentidos y el ayer vuelve con la contundencia de los momentos felices- que nada era más importante para una jovencita casadera de los primeros años del siglo que se fue, que el paseo vespertino por la plaza principal.  Las mejores galas se disponían desde temprano: los colores claros en las muselinas de los vestidos de las niñas y en los sombreros, los lazos para la cintura, los chales, los guantes y las sombrillas que, a la caída del Sol, servían como pretexto para acentuar la elegancia y disimular las timideces, sobre todo a la vista de ese pretendiente que se acercaba a saludar a los grupos de amigas que nunca, pero nunca, se hubieran atrevido a pisar los senderos del paseo sin la compañía de una madre o de una tía experimentada en las negociaciones previas a cualquier compromiso matrimonial.

              Cuenta también mi abuela que para 1910 la plaza Libertad era el lugar más hermoso de la ciudad.  En esos años de sus remembranzas, nadie faltaba cuando en el quiosco de la retreta se presentaba la banda de música para alegrar con sones y ritmos variados el comienzo de las noches de verano.  Se imponía entonces la vuelta previa, como para tomar conocimiento de la concurrencia, de sus atavíos y compañías; y después, encontrar una ubicación que permitiera escuchar y no perder detalle de los movimientos de los presentes.  Terminada la música, el saludo a los más próximos y el regreso a casa.  Si era sábado, un refresco y a dormir, que al cabo de una semana el rito se repetiría como parte del ritmo amable y tranquilo de la ciudad antigua.

              Cuando Santiago del Estero fue finalmente establecida junto al río Dulce, todavía no se habían sancionado las disposiciones reales que fijaban que toda ciudad hispana en América debía trazarse siguiendo el esquema de la cuadrícula octogonal, con la plaza en el corazón del nuevo poblamiento. Pero Santiago no nació con la forma que tuvo en sus primeros años por una cuestión de falta de reglamentaciones, sino porque el instinto de supervivencia y el sentido común orientaron a los fundadores a instalarla cerca de un curso de agua que permitiera regar con relativa facilidad y llevar el agua a través de acequias y canales hasta las zonas más alejadas del río.  Claro, los españoles que fundaron Santiago no imaginaron jamás que el manso Mishki Mayu adquiriría un rostro de muerte y destrucción cada tanto y que asolaría al paso de sus aguas embravecidas lo que dificultosa y penosamente lograban levantar los hombres. Tuvieron que pasar setenta y cinco años y sucesivas inundaciones destructivas para que se empezara a pensar en mudar la planta urbana un poco hacia el sur y el oeste, alejándola de la ribera del Dulce para proteger a la capital de la Gobernación del Tucumán del despoblamiento definitivo.
Plaza Libertad
              A fines del siglo XVI, la plaza central estaba ubicada en terrenos próximos al convento y escuela de la Orden franciscano, de acuerdo con una escritura pública firmada por Bartolomé de Mansilla en 1583.  Esta ubicación se modificó a mediados del siglo XVII cuando, trasladada la ciudad, la plaza fue delimitada en la zona actual, en un descampado de tierra apisonada donde se reunían los vecinos en toda oportunidad de importancia para la comunidad, para tomar conocimiento de las novedades de interés para la vida pública o asistir a los desfiles de rigor en ocasiones solemnes como las fiestas patronales o el juramento de fidelidad a un nuevo soberano en la lejana España.

              Las cosas se mantuvieron prácticamente sin cambios hasta principios del siglo XIX.  En 1808 se levantó el edificio del Cabildo (donde hoy se encuentra la Jefatura de Policía) sobre el lado norte de la plaza; allí había también algunas casas de comercio. En tanto, el edificio actual de la Catedral se construiría sobre la vereda oeste durante el mandato de Manuel Taboada, para inaugurarse en 1877.

              Durante el gobierno de Absalón Rojas se inició la transformación que convertiría a la plaza central en uno de los espacios públicos más jerarquizados de la ciudad, como parte del proceso de modernización que acometieron los gobiernos provinciales a partir de entonces.  En 1887 se sancionó por ley el trazado de las principales plazas y paseos públicos y se iniciaron las tareas de urbanización que comprendieron la nivelación de las calles principales y su pavimentación con adoquines.  Dos años más tarde se colocaron los primeros artefactos eléctricos del alumbrado público, cuya instalación no pasó inadvertida no sólo por la luz tenue que se difundía por las cuatro esquinas, sino también por la colocación de cuatro imponentes arcos metálicos destinados a alimentar la todavía reducida red de iluminación callejera.

              Hasta 1912 hubo en el centro de la plaza principal una columna que mandó construir el gobernador Manuel Taboada en 1865, en homenaje a la libertad. El monumento estaba coronado por la estatua de una victoria alada o "niké", por lo que recibió el nombre un tanto exagerado de Pirámide de la Libertad, denominación que se extendió a todo el paseo.  En 1912 la columna fue demolida y en su lugar se levantó el monumento al general Manuel Belgrano, con la estatua ecuestre que se encargó a un taller europeo y que fue fundida en los talleres porteños del maestro Julio Garzia.

              Quizás por ese orgullo hispano heredado de la Colonia, vivir "frente a la plaza" era un indicio de la importancia de la familia.  Pero si la ubicación del domicilio confería jerarquía y respeto, también significaba un límite a la privacidad.

              El inmueble quedaba irremediablemente expuesto a la curiosidad de la comunidad entera, que no quería perderse detalle de las modificaciones que sufrían la casa y la vida de sus habitantes. En el primer lustro del siglo XX se construyeron al frente de la plaza Libertad, sobre la calle Independencia, las casas de Juvenal C. Pinto y de Lino Beltrán.  Esto no habría significado en sí mismo nada novedoso sí no fuera porque en ellas se aplicó por primera vez el revoque con cemento Portland y se cubrieron con mosaicos los pisos de las habitaciones y las galerías. Eran grandes adelantos constructivos, y sus ventajas higiénicas y estéticas pronto se difundieron por los rincones de la ciudad, haciendo suspirar a las señoras que todavía tenían zaguanes y cuartos embaldosados a la francesa. Unos diez años más tarde, el intendente Napoleón Taboada hizo colocar las primeras veredas de mosaicos con cordón de granito, que por supuesto fueron las que rodeaban la plaza central.

              Para entonces, la plaza iba adquiriendo, el perfil propio de todo paseo principal de una ciudad moderna. Los árboles que antes crecieran sin orden ni concierto fueron sustituidos en la primera década del siglo XX por una prolija hilera de paraísos, bajo los cuales se colocaron bancos de hierro fundido y madera.  Hacía poco se había instalado una fuente de fundición adornada con querubines y ritones de los que fluían chorritos de agua, y poco después se emplazó el quiosco de la retreta en un lugar central que provocó diversas quejas, ya que hubo quienes consideraron que esa ubicación impedía tanto la circulación de los paseantes como la apreciación adecuada de las presentaciones musicales.

              Al menos hasta 1953, alrededor de la plaza Libertad se concentraban las oficinas de la administración provincial. En ese año, la sede del Ejecutivo se trasladó a la flamante Casa de Gobierno ubicada frente a la plaza San Martín y construida por el arquitecto Aníbal Oberlander. Junto al hermoso edificio de líneas coloniales donde hoy funciona la Jefatura de Policía se encontraban los Tribunales y la Legislatura provincial, en el lugar que ocupa actualmente el Palacio Municipal. Hacia el otro lado se construyó a principios del siglo XX el local de la Sociedad Española de Socorros Mutuos, en el terreno que perteneciera a la Imprenta y Botica Española de Celestino Alén.  En 1949 el edificio fue destinado por el gobierno provincial al funcionamiento de las oficinas de la Dirección de Turismo. En su particular arquitectura se destacan las figuras de los atlantes que sostienen el balcón del primer piso.

              Tantas transformaciones físicas no impidieron que la plaza Libertad fuera, especialmente a partir de los primeros años del siglo XX, el centro de múltiples actividades sociales.  En aquel entonces tenían especial preferencia en el gusto de los santiagueños los conciertos y serenatas que ofrecían periódicamente las bandas de música, que registraban intensa actividad. Hubo conjuntos musicales integrados por niños, entre los que se destacó la banda infantil de la Escuela de Artes y Oficios de la Sociedad de Beneficencia dirigida por el maestro Enrique Rispoli.  Pero también solían presentarse las bandas del Regimiento 11 de Infantería de Línea, primero, y del 18 después, aunque la más recordada y que ha perdurado inclusive en los vericuetos de la tradición oral fue la banda que dirigió el maestro José Ruta a partir de 1906.

Cine Petit Palais
              Con los años, las calles adyacentes a la plaza también sufrieron modificaciones: vieron aparecer locales de entretenimientos como el Café Tokio, en la esquina de Libertad e Independencia, en 1930; o el Cine Petit Palais y la Confitería del Águila, hoy desaparecidos. La concurrencia a estos lugares agregaba mayor animación al paisaje del paseo principal porque, a la salida del cine o al terminar el obligado café con los amigos, nunca faltaba la "vuelta del perro" por los caminos que surcaban la plaza.

Desde entonces, muchas cosas han cambiado suele decir mi abuela.

Pero como un vestigio de alguna remota información genética, los santiagueños seguimos prefiriendo a nuestra antigua y siempre joven plaza Libertad, con sus canteros poblados de flores de estación, sus árboles y sus pájaros, su fuente que evoca los meandros del Dulce y su aire benévolo de paseo provinciano que invita al descanso y otorga a quien va de paso rumbo a sus obligaciones cotidianas, un instante de alegría para los ojos y el corazón.
Fuente: Fundación cultural

26/9/16

Cosas que he visto en Barrancas (Salavina)

• Un algarrobo de tres siglos abatido por alguna de aquellas avenidas del río que se llevaban hasta las esperanzas, sujeto a la tierra por el puro empecinamiento de vivir, dando sombra y frutos y cobijo a los trinos interminables de una primavera breve.

• Un camino que recorrieron incontables pasos desde hace miles de años, jalonado por los guardianes espinudos que se disfrazan de cardones y se refugian entre los kishkalorales.

• Un Sol impiadoso que moría en algún lugar detrás de los esqueletos de los vinalares agostados por la mezquindad del cielo, derramándose en rojos fluidos sobre el horizonte en el silencio absoluto del monte eterno.

• Unas flores pequeñas, amarillas, bajas, nutridas, en multitud. Y otras flores incandescentes, solitarias, efímeras, prendidas como gotas fugaces de sangre a los dedos feroces de los quimiles antiguos.

• Cientos de ojos candorosos y de manos honestas rozando el manto blanco de una Virgen maternal y compasiva que impávida los miraba pasar a sus pies en procesión respetuosa y veneranda con sus niños y sus viejos -con sus penas viejas y sus esperas siempre niñas- entre rezos y cantos que el viento amontonaría quién sabe dónde, lejos…

• Algunas banderas enastadas llevadas a caballo por jinetes de edad indefinida, ataviados con sus galas de hombres cabales y sus camisas blancas, convertidos en soldados de una fe que de tan pura y simple ni siquiera puede compararse con el agua –el agua esa que se invoca porque no se tiene y es otra de esas cosas que hace tanto tiempo se desea, se aguarda.

• Una mujer aguerrida, indetenible, obstinada, con un nombre de luz y de alegría, ganando las batallas cotidianas y las otras del tiempo y la indiferencia, ofreciéndome su casa con la hospitalidad que sólo brindan los que tienen tan poco que no saben del apego a las cosas de este mundo, y que en eso dan lo que les late en el pecho, pese a todo.

• Un par de huayramuyoj bailando sobre los salitrales y asustando a las cabras, señalando que todavía el misterio manda en una dimensión de la vida de los pueblos, en ese plano alucinado de lo que permanece y resiste.

• Un músico añoso y espontáneo, de esos que solamente produce la matriz de mi tierra, arrancando al instrumento melodías ensoñadas, canciones anónimas que mentan los mismos dolores y las alegrías idénticas desde todos los tiempos hasta quién sabe cuándo.

• Una maestra joven pintando de verde los ventanales de su escuela, sola, de pie sobre una silla una siesta soleada de domingo, venciendo con su hábito incansable la carcoma silenciosa e invisible de la indolencia.

• Y otro árbol más a la vera de un camino, quemado al pie, seco, muerto pero aún enhiesto, albergando entre los restos de lo que fue la fronda algunos nidos de hornero como señal de que no hay ni habrá voluntad humana más poderosa que la fuerza regeneradora de lo que está vivo.

• Y un cielo como no hay otro sobre la superficie de este mundo, con tantas estrellas cercanas, tangibles, perfumadas por el olor del monte dormido en una noche helada y mágica, transfigurada por la música que sube desde los socavones presentidos hasta el centro mismo del corazón.

• Una Luna cortada como una cimitarra de bronce sobre ese mismo cielo renegrido, única luz sobre los caminos sin grillos ni señales.

• Y dibujada en los labios y en las sonrisas, bien visible, una lengua dulce y sibilante nunca escrita, añeja, misteriosa, burlona, sugerente, que refiere siempre al cosmos y nunca al individuo, que aleja al entrometido y acerca sólo a aquellos que buscan al calor de los fogones las historias de los abuelos indios.

Esas y otras cosas he visto en Barrancas.
Como siempre que voy, voy tan siendo nada para volver tan llena del universo entero.

Silvia Piccoli – 26 de septiembre de 2016

12/9/14

Crónicas urbanas santiagueñas: Desconectados



De cada diez personas que te cruzas en una cuadra, nueve están más pendientes de las diversas interacciones posibles con su celular que del sitio donde posan las plantas de sus pies, con los riesgos que ello entraña: desde el mínimo de pisar caca de perro u otro bicho, o llevarse por delante una bolsa de basura, hasta el más complicado de torcerse el tobillo en alguno de los incontables cráteres de nuestras vereditas y hasta caer en un pozo de esos que abren con fines desconocidos las empresas privadas proveedoras de servicios públicos.

Así, sorbido por la pantallita siniestra, no falta el que te atropella porque ni se le ocurre que alguien pueda venir en sentido contrario tratando de adivinar qué clase de movimiento pueda hacer; o el que, conociéndote de algún tiempo y de algún lugar, te mira con aire enajenado cuando cometes la torpeza de interrumpir su monólogo virtual con un saludo real (y ni pensar en la posibilidad de un abrazo, un beso o algo más humano).

Si a eso le sumamos el rumor -que algún asidero debe tener- del descontento generalizado por el servicio de telefonía celular que prestan todas las empresas, resulta definitivamente incomprensible que un sujeto se sujete -valga la redundancia- de manera tan estrecha a un aparatito que al parecer, lo conecta con el resto del mundo mientras lo desconecta de la realidad.

De no creer, che.

Por Silvia Picoli