El Clima en Santiago del Estero

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10/10/22

BERNARDO CANAL FEIJÓO



Nació en Santiago el 23 de julio de 1897. Obtuvo el título de Abogado y Doctor en jurisprudencia en la Universidad de Buenos Aires en 1922. Allí se vinculó al grupo "Martín Fierro", renovador del verso y la composición.

Vuelto a Santiago trajo esos fermentos a su tierra y convocó a escritores, músicos e intelectuales del medio a nuclearse en una entidad cultural. Así nació "La Brasa" a fines de 1925, contemporánea con su Penúltimo Poema del Fútbol, el primero de sus libros de versos. 

Entre 1932 y 1934 se volcó al ensayo histórico, social y psicológico, para desentrañar el arte y la existencia del santiagueño que culminó con su mayor obra: “Ensayo sobre la expresión popular artística en Santiago del Estero”, primer premio de la Comisión Nacional de Cultura en 1938. Más tarde obtuvo el premio municipal de Buenos Aires en 1944 con “Pasión y Muerte de Silverio Leguizamón” y su obra póstuma sin representar “Asesinato en el Palacio”. Su indagación del país se concreta en "Teoría de la Ciudad Argentina", "Alberdi: Constitución y Revolución" y muchas obras de singular jerarquía. 

Antes de trasladarse a Buenos Aires fundó PINOA en un intento de planificación regional. En la Capital Federal fue Director del Departamento de Relaciones Culturales de la Universidad Porteña, Decano interventor en la Facultad de Humanidades de La Plata, Gran Premio de Honor de la SADE (Sociedad Argentina de Escritores) y miembro de la Academia Argentina de Letras cuya Presidencia ejercía al momento de su muerte. 

Canal Feijoo contribuyó a esclarecer la psicología y el destino de los argentinos profundizando en nuestra historia social y constitucional. Por su colaboración y traducción de la obra de los hermanos Wagner sobre la civilización chaco-santiagueña, el gobierno de Francia le otorgó la Legión de Honor en 1934 que contribuyó a realzar, por su intermedio, la cultura de Santiago del Estero. El 10 de octubre de 1982 falleció este hombre ejemplar. Como homenaje a su obra se instituyó el Día de la Cultura Provincial.

12/8/21

“Mi cama es un jardín” de Bernardo Canal Feijoó



Era una región más árida que muchas otras de la Provincia. De una aridez desoladora. De una árida desolación. Había un perro flaco que no ladraba, unas ovejitas cabizbajas que no balaban, sin duda porque nada podía recoger allí su voz. Junto al ranchito terroso, apenas distinto por su pequeña masa tumular, en la perspectiva de árida inmensidad en que conjugaban aquella media tarde tierra y cielo, alzábase un algarrobito de talle exiguo y follaje esquemático, que daba la impresión de que hubiera detenido voluntariamente su desarrollo y la expansión de su fronda en aquel punto, porque ¿para qué? …
Yo mismo, confieso, me sentí distendido y anulado. Y sólo mi automatismo de ser traslaticio y ambulatorio pudo llevarme a dar una vuelta al ranchito. Y fue contoneando una esquina que tropecé de manos a boca con aquello. Digo tropecé, pero en realidad lo que aconteció fue que aquello se me vino encima, me cortó el paso agresivamente. Era una colcha santiagueña desplegada al sol entre dos estacas. Estaba armada de rojos, amarillos y verdes, en haces, y cuchillas, y zigzagueantes y masas que resplandecían, y coruscaban y crepitaban, en esgrimas, disparos, proyecciones y flameos, como dirigiéndose numerosamente al bulto. Aquello era algo así como el malón del color a plena luz. Diré, en una palabra, que allí mi inermia descubría el infinito número, el múltiple alarido, la ofensiva, la carga del color descolgado. Diré que allí, en aquella desolada aridez, el color concentraba la voz, la voluntad y la forma que faltaba a las cosas. Diré que allí la nulidad unánime del cielo y la tierra, conjugando en la misma inmensidad indistinta, en la misma indiferencia, confesaba una herida sangrante, una vena alcanzada de abajo. Diré…

Busqué en mi desazón a alguien en quien fiarla, y descubrí junto a uno de los horcones del ranchito a una mujer de negro, un manto negro encuadrándole el rostro caoba. Las manos cruzadas sobre el vientre. Parecía de pronto volver el silencio estéril, la derrota muda del paisaje, con ella. Pero nada podía detener ahora mi confusa ansiedad, y me desahogué señalándole la colcha con la mano y estas palabras:
- ¡ Qué lindo!
Un resplandor potente rebasó sus ojos y la cara caoba se rajó en una sonrisa que dejó en descubierto un carozo blanco, y se animó el desmañado cruce de sus manos sobre el vientre. Entonces de su boca escaparon estas palabras:
- … Y si viera mi cama. Mi cama es un jardín…
Pues que lo había dicho, no necesitaba ya ver su cama. En la espesa penumbra del rancho ocluso estaría reverberando de alguna sobrecama palpitante, de colores tan vivos que parecen entrar en movimiento, animarse a la existencia biológica.

He pensado después muchas veces en aquella frase espontánea. Si nos es menester una teoría sobre el sentido plástico y la concepción estética ingenua que se enuncia en esas colchas, ahí está toda entera en esa frase. Acaso ella alcanza a darnos una clave del enigma vital del arte. Pensad en que la tejedora campesina fabrica las colchas para introducir en el orden de la vida espiritual del hombre eso que aquella mujercita llamaba casi esotéricamente “jardín”. Por contraste con la parda y árida comarca donde la escuché, brotó como con fuerza de exorcismo, de conjuro mágico, de fiat. ¿Qué sabía ella de jardines si no era su angustia, si opresión del paisaje mezquino y anulante, su esencial necesidad de color y de forma? Puesto que Dios le negaba paisaje, el alma se lo hacía tan fastuoso que compensaba con exceso la falta.

Hay que considerar, pues, que esas colchas constituyen expresiones artísticas auténticas. Pueden alguna vez no interesar al gusto a la moda, al gusto burgués siempre tan indeciso y mudable. Pero la medida de su valor estético no puede ser el gusto contingente de quien sólo encuentra las colchas como producto de mercado, sino el gusto o sentimiento de quien las hace para su vida, desde su vida.

Fauna nunca vista, fantástica flora, triángulos, signos escalonados, reptiles misteriosos, soles y lunas y estrellas de cielos ignorados. Verdaderamente, la mano que conjura entre los cuatro palos del telar “el jardín” del alma, sabe de la magia de la creación divina.-

“Ensayo sobre la expresión popular artística en Santiago del Estero” – Compañía Impresora Argentina – Buenos Aires – 1.937 –

19/12/20

San Esteban: Ritos de la vegetación

Foto: Retratando Silipica (facebook)

A base de la abundante documentación que nos ofrecen las investigaciones etnológicas modernas, podemos aventurar algunos pasos en los secretos del alma olvidada de esta extraña fiesta.

 Ante todo, es evidente su carácter agrícola, o mejor dicho, el sentido de la fiesta correspondiente a un primitivo culto del espíritu de la vegetación, que subyace en el fondo de su movido aparato actual.

Bastaría por de pronto tener en cuenta su precisa incidencia cronológica: a fines de diciembre, al entrar el verano. Es época de recolección de los más importantes frutos silvestres de la región y de la cosecha de algunas especies cultivadas.

 Y ahí tenemos los "Arcos", la facticia avenida de árboles jóvenes de tallos desbastados, y apareados por las copas. ¿Cómo dudar de que nos encontramos en presencia de una representación del "bosque sagrado”, o del "árbol sagrado" o de los "arboles-mayos", que descubrimos en todos los cultos agrícolas del mundo?

Y del "arco" que forma cada pareja de árboles unidos por las copas, penden las "ichas", mágico fruto que rubrica simbólicamente la índole del emparejamiento y fertilidad de la conjunción. Pero tales "ichas" han sido fabricadas de más comestible y tienen a menudo, acaso siempre, forma de "rosca", o sea de corona; o de muñecos humanos o animales. El lugar donde aparecen colgadas, las formas que se les confieren y el destino final a que están sujetas, dicen claramente de su carácter de "panes consagrados", en los que esta corporizado el espíritu del árbol o de la vegetación.

 Los "arcos " seria, pues, el símbolo o -representación- de las sagradas nupcias del dios y de la diosa, o el rey y la reina del bosque o de la naturaleza, y las "ichas" el fruto bendito de la mágica heterogamia.

La procesión de alféreces y promesantes por la alegórica avenida, que inicia la ceremonia, subraya sin duda el sentido de propiciación de la fertilidad que encierra esta primera parte.

 Tras algunas ceremonia que consistían sin duda en danzas o carreras en torno al árbol, o en desfiles por debajo del arco, acaso acompañados de canciones u oraciones, uno de los indios o varios señalados para el efecto, o todos, se encaramaban al "árbol" o el "arco" para descolgar los frutos o panecillos pendientes en la parte más alta, los cuales eran luego compartidos por todos en una comida general.

Bernardo Canal Feijoo


19/3/09

EN EL DORADO MEDIODÍA DANZA

En el dorado mediodía danza. La he visto en luz cuajada de repente tentando hoja por hoja los follajes hasta lograr la copa concertada en la tarea azul de su antemúsica. Danza igual que las risas en los ojos hasta rozar la veta de la sangre, -el viento de sus pies rasga la hierba con el paso fugaz que olvida el rastro sin peso al hilo de la tierra atenta creciendo al beso de la luz dorada,- danza igual que las brisas hacia el fondo -oh la perenne viva, la gozosa, y huye como llevada de la mano.
-BERNARDO CANAL FEIJÓO.-