El Clima en Santiago del Estero

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3/8/24

La noche del Alma Mula en la calle Solís

 El Zoco de la Buri Buri


En un barcito que funcionaba junto a la joyería La Suiza, a comienzos de la década del setenta, Roberto Álvarez me dijo que el infortunio es múltiple y que la desgracia cunde sobre la tierra, multiforme.

La frase no era de él, parafraseaba a Edgar Allan Poe, la frase corresponde al comienzo de "Berenice", un cuento magistral. Dos décadas me han servido para comprobar la validez de las palabras del gran escritor de Baltimore.

Roberto vivía en la casa de los dos leones, la misma estaba ubicada en calle Libertad casi Belgrano, que la famosa modernidad se ocupó en destruir como a tantas otras; Roberto era dueño de una erudición fuera de lo normal de los mortales, solo que ella llegaba hasta la revolución de 1917, de ahí en adelante Roberto llenaba sus vacíos con paseos intelectuales que compartía con amigos en las calles de Santiago y en algunos barcitos, como el que acabo de mencionar.

Recuerdo con mucho cariño y respeto sus disertaciones metafisicas, sus largos silencios entrecortados, sus cigarrillos Particulares 30.

Sucedió que una noche de Pascuas, la ciudad estaba alborotada por lo que se decía era un Alma Mula que aparecía por las noches en las inmediaciones de las calles Solís y Aguirre hacía varios días, una noche atrás, una mujer había subido al ómnibus de Tala Pozo y en el preciso momento en que el conductor se disponía a darle el vuelto del boleto, ella desapareció, cundían comentarios de este tipo por todos lados. Cabras y ovejas de la zona habían aparecido descuartizadas y quemadas por dentro. los racionalistas atribuían el fenómeno a las andanzas de los perros hambrientos del lugar.

Un grupo de amigos, con el filósofo Roberto Álvarez a la cabeza, decidimos preparar para esa noche una investigación in situ. Organizamos un equipo interdisciplinario para la observancia del fenómeno; el mismo estuvo compuesto por un filósofo: Roberto Álvarez, un tecnócrata: Rafael Luna, y dos adelantados estudiantes de sociologia: el Negro Gramajo y yo. Nos trasladamos en un viejo Ford A; ya en el lugar se hallaban reunidas cientos de personas de distintos oficios, había profesionales, obreros, empleados públicos, etc. Se barajaban distintas soluciones para contrarrestar los efectos y accionar del engendro; hubo un intento de explicar a un grupo allí reunido la teoría del incesto, pero resultó en vano. Algunos decían: "Se necesita un cuchillo de plata para clavarle en el corazón, es el único antidoto", otro prefería una estaca de madera. Todo esto sin advertir que no nos encontrábamos en la campiña de Transilvania y que lo que se perseguía no era precisamente al hombre vampiro llamado Drácula, sino a una mezcla de perro y ser humano enfrente de Tala Pozo.

El filósofo inició la investigación golpeando sus manos en la puerta de un rancho que se encontraba a media luz; una adolescente salió a recibirlo: "Buenas noches señorita, ¿podría informarme si alguien de por aquí estudia demoniomania? asombrada y sin entender nada, la niña trató de explicar: "La Verdad es que un hombre que ha venido de Buenos Aires ha leído un libro que no tenía que leer, y al Alma Mula lo ha visto mi tío René, mitad perro y mitad hombre, cuando le ha tirao con la escopeta, el animal corriendo se ha separado en dos partes, después a lo lejos se han juntao las dos partes y ha seguido corriendo entero". Roberto, el filósofo, no terminaba de abrir sus ojos del asombro y respondió inmediatamente: ¡imposible, separación de sustancia!, el resto del equipo ya estaba arrodillado de risa, y fue la risa la causa del fracaso de la importante investigación.

Yo decía en el camino de regreso: "eso de andar amándose entre parientes es mala cosa, solo se ama lo que se desconoce, sobre todo aquí, en esta ciudad de amar y de temer".

En mis tardes de pensamiento suelo recordar siempre a Roberto, sobre todo aquella noche que huyó de Santiago por la puerta de atrás de la Legislatura después de su genial disertación sobre "Tibulo, su amigo Mesala, el porqué de la negativa de Tibulo de acompañar a su amigo al África y la importancia de la alegoría clásica hasta Baudelaire".

Lo corrió la gente con palos, ante la mirada impávida y sorprendida del doctor Coco Verdaguer.

Jorge Rosenberg

12/7/24

Aires de familia


Hay olor a infancia en el aire, junio, algo parecido a la piedad se enrosca entre las colchas. Para impedir que se enchuie el alma exclamo abrupta- mente y en silencio: deja esos pliegues así, no me molesta ese desorden en las sábanas.

Hace rato que he llegado a casa con lluvia finita, todo, absolutamente todo es finito y todo es infinito, la pava que está asentada como una torcaza gris y tiesa sobre la hornalla de la Orbis también es finita ę infinita, el cuadro de Ángel Garay en la pared del comedor también, pero lo lindo es que sigue lloviendo finito, caricias que derrama el cielo para empezar nuevamente a vivir.

Voy a la cocina, destapo (descorcho decía mi padre) una botella de vino tinto y me quedo con la mitad del tirabuzón en la mano, la otra mitad queda clavada en el corcho, así nomás, ningún tirabuzón dura para siempre pero todos los tirabuzones son míos, así nomás. 

Pongo música, Alberto Leguizamón en stéreo, no es lo mismo una costeleta en silencio que una costeleta con música. Miro el jardín a través de los vidrios del amplio ventanal y desde una rama inexistente de una morera real paso a divisar una hermosa mujer, recostada, con una estrella federal en su garganta, salto muy audazmente de la rama sobre su cabellera rubia y le deposito una caricia.

Menos mal que por lo menos no se ve ni una sola cucaracha en la cocina, tenían razón cuando me supieron decir que en el invierno se van las cucarachas. Puedo comer en paz.

Afuera cae la noche que sueña un optimismo común.

Jorge Rosenberg, "La Verdadera". Junio del año 4, Santiago del Estero. Gentileza Omar Estanciero

11/7/24

Segunda Dosis, un zoco inédito de Jorge Rosenberg


Vengo de vacunarme con la segunda dosis de la vacuna séneca filosófica en el club Dorrego, el mismo que la poeta Graciela López inmortalizó jocosamente como Dorrego psicodélico. Casi media mañana. La vacunación está en manos de mujeres amorosas, santiagueñas amorosas en una cancha de básquet, gente mayor sentada sobre el campo de juego, como si fuera una intervención teatral urbana de Adatise, caricaturas embarbijadas sin eco. ¿En qué aro me va tocar? Le pregunto a la mujer que se acerco a recibirme. ¿Usted sabe que en esta cancha he jugado mi último partido de básquet y mi equipo gano por un simple?, con un doble metido por mí con una cortada de Pai, amigo y compañero del Nuevo Diario.

 Se trató de un campeonato interno del diario, yo jugué por la sección de Cultura y le ganamos a los de Rotativa, así, por un simple y salimos campeones, año 95 o 96 me parece que ocurrió ese campeonato, siglo pasado. (No quiero pensar lo que la enfermera habrá pensado de mi) Quien hubiera dicho que en un club de básquet, a la vez famosa e histórica pista de baile de mi ciudad natal, se habría instalado un vacunatorio de esta horrible pandemia ¿ No? La enfermera no me dejo seguir hablando y me ha clavado la aguja como diciendo para que me calle. Después me firman el carnet único de vacunación contra el Sars Cov2 (covid 19) que en la parte de atrás tiene unas recomendaciones para poder vivir, me devuelve también el documento nos agradecemos y adiós.  Final y tristemente, ahora, Dorrego es evidentemente psicodélico.

Fuente: mundar.com.ar

Leyenda del Parque de Grandes Espectáculos

Por Jorge Rosenberg




Municipal y socialmente deleznable, la destrucción del Parque de Grandes Espectáculos resultó un atentado contra la salud física y mental de la población de Santiago del Estero.

Si uno se pone a pensar en términos organicistas, la plaza Libertad es el ombligo de la ciudad, y el maravillosos Parque de Espectáculos ha sido durante muchos años su corazón palpitante. Ahora que los destructores de la salud pública yacen en el olvido, voy a intentar revivir aquello, impulsado por el aroma de sanitarias y jazmines que traen de regreso en el plumaje por los pájaros del parque.

Situado en el mismísimo centro del parque Aguirre, obra irreemplazable de Guillermo Renzi, cercado por una tapia blanquecina, el Parque de Grandes Espectáculos oficiaba de Edén en la escatología de los bailarines santiagueños de la noche. Ya ubicados, queridos comprovincianos, no tenemos más remedio que ir a bailar, divisar una mujer entre aquellas sillas de lata, junto a sus padres y hermanos, llegar más cerca después de haber caminado como cincuenta metros para cruzar la pista y con un indefinible ademán invitarla a danzar, si no estaba sudada, claro, como le habían contestado a uno una vez. ¿Qué lujo, no?, o como aquella vez que me han contado que le había dicho un señor a una señorita “¿Bailamos?”, recostada muy displicente en el respaldo de la silla, estirando la pierna le había contestado. “Estoy comprometida bailar con ese otro”, señalándolo con la pata.

Yo miraba aquello con ojos de niño, no conocía el horror, no concebía el sonido de la palabra desesperanza. En aquel lugar no cabía la desesperanza, miraba con ojos de jabón Pinche que me daba la luna en una ciudad rampante, de gran escozor en su nuca, una ciudad con sangre de pájaro y que hacía escribir a algunos poetas con esa sangre en el blanco y negro de una hoja blanca de papel.

El Parque de Grandes Espectáculos tenía cien metros de largo y como cuarenta de ancho, tenía en sus laterales de afuera veinticuatro bancos como banco de mosaico combinado con mayólica de colores. Así como la ciudad de Amsterdam es un jardín de tulipanes, así como la inimaginable Saba era el país de las especies, aquellos costados de afuera del Parque de Espectáculos eran como me imagino debe haber sido un Edén. En esos costados escondíamos el amor para protegerlos de los malos tratos y de una sociedad limpia y pura que nos mandaba la policía, besos a hurtadilla, al esplendor de una mujer y un hombre en la cima de la vida. Los dos bancos de madera estaban en la entrada, mamita mía, aquella pieza vacía y sin techo de la parte de atrás de la confitería El Kakuy, justo al frente de la entrada, mamita mía, la policía no nos dejaba en paz, la policía siempre fue insistente en eso, por entonces uno no sabía si besaba los labios de una mujer o la jeta de un caballo, qué tiempos. La macana era que tampoco nos dejaban vender bombitas por arriba de la tapia en carnaval. No nos dejaban besar, no nos dejaban vender, realmente existe una generación de santiagueños que ha conocido varios horrores, no solamente uno.

Fragmento extraído del libro “Zoco I”, de Jorge Rosenberg

2/12/22

Un cuento perfecto

 Jorge Rosenberg - El Zoco de la Buri Buri


"Lo que es, es, lo que no es, no es". Esta sentencia la escuché siendo yo muy niño de boca de una santiagueña del campo que había venido a trabajar a la ciudad, y desde entonces ha quedado grabada en mi mente como el ejemplo más fiel de la validez de la lógica aristotélica. Aunque parezca descolgado, esto tiene intima relación con lo sucedido en ocasión de que andaba yo caminando por las calles de tierra del barrio Tarapaya, abordando, con otras compañeras municipales, una investigación social acerca de la memoria colectiva de dicho barrio, para decirlo más simplemente, una investigación de la historia del barrio. Tarapaya, desde sus primeros habitantes; un trabajo que yo andaba haciendo con la Negra Achával antes de que me echaran de la Municipalidad por haber considerado mis superiores jerárquicos del rubro cultura (aunque parezca mentira, la cultura es considerada muchas veces como un rubro más) que yo padecía de alucinaciones fuertemente impolíticas, de que mezclaba los síntomas objetivos con los síntomas subjetivos. Y así, una mañana de verano, andando por esas calles de tierra junto con la Negra, qué no que alcanzo a distinguir debajo de la sombra de una planta de paraíso, sentado muy panchamente en el patio de su casa, al señor Carlos Saavedra, muy a sus anchas, estirado en su lugar en el mundo. "Es un informante clave", le digo a la Negra.

Inmediatamente pedimos permiso y nos hacen pasar. La mañana era clara y soplaba un vientito lindo y aromático. Al ratito aparece Adela, su compañera, y empezó a enlazarnos con palabras en perfecto silencio, cebando mate con amor, iba y venía mientras nos entregaba el mate con cadencias de zamba. "Mirá chango", me dice Carlos Saavedra, ¿adónde vas a sentir esta tranquilidad?, si hasta se puede escuchar el silencio ¿qué no?... 

Uno que ha vivido y ha andado por tantos lugares del mundo, no hay lugar como este, acota el gran bailarín, y se empezó a acordar del tiempo cuando vivía en Miami, en épocas de sus giras artísticas, y nos cuenta que estaba viviendo en una torre de departamentos, en el piso cuarenta, y que de golpe le había agarrado claustro- fobia y que ahí nomás había hecho las valijas y se había vuelto rajando a Santiago. Y resulta que dice que en una de esas giras artísticas había visitado el lugar donde en la antigüedad estaba una de las siete maravillas del mundo, 

Los Jardines Colgantes de Babilonia, por la región de donde era Asiria, para esas partes. Mientras tanto, Adela proseguía brindándose otra ronda de mates danzantes. La mañana se iba agrandando entre colores, aromas y palabras. De pronto se nos acerca un perro regular y medio bayo y Carlos le ordena: "Dao, salí de ahí". "¿Y por qué le dice Dao?", le pregunto. Y porque me lo han dao, me responde Carlos. "Oye, me dice el susodicho, vos que has escrito varias anécdotas de Dido Silvetti en ese Zoco de la Buri que escribes, yo te voy a contar una que seguro que no la conoces. Esto ha sucedido en el ring de Estudiantes Unidos, en la pelea de fondo se enfrentaba Dido Silvetti con un porteño fisiculturista, inmenso el tipo, y rubio para colmo, para colmo rubio, con un cuerpo descomunal. Y en el momento que este sube al ring, saluda al público y se saca la bata que lo cubría, entonces todo el estadio estalla en una ruidosa exclamación. Mientras tanto al famoso Dido lo estaba masajeando don Dámaso en la camilla del camarín, refregándolo con aceite verde. ¿Y por qué grita tanto el público?, le pregunta Dido a don Dámaso. Éste duda un cachito y le responde: "es porque han anunciado tu nombre por los parlantes", Dido, quedate tranquilo que este gringo es pan comido, papita pa'l loro para vos, dice que le había dicho don Dámaso para tranquilizarlo. Ya alistado, nuestro crédito santiagueño va caminando hacia el ring a ubicarse en el correspondiente rincón; ya en su rincón, gira la cabeza para conocer a su rival y con un gesto de asombro y horror exclama ¿y ése?... Empieza nomás el primer round, el porteño grandote en una arrimada le dice en voz baja: "Si me aguantás hasta el tercero te doy ciento cincuenta", al ratito y casi sin querer le sale un zapallazo a Dido y le da en la jeta del rival, por supuesto inmediatamente vino la respuesta y con dos o tres piñas lo manda a la lona a Dido que termina antarca (18) junto a su rincón, entreabre un ojo y le dice a su manager: "Tirá la toalla, tirá la toalla rápido". "No i tráido", le contesta el susodicho. "Entonces pedile al otro, pedile al manager del porteño, que te la preste". Acto seguido, desde el rincón del porteño vuela una toalla prestada y gana Dido Silvetti por abandono.

Lo que es para mí un cuento perfecto es lo que he intentado, con ayuda de la memoria, transcribir en palabras lo relatado por Carlos Saavedra bajo la sombra del patio de su casa, entre los dulces mates de Adela. Pero nada como el haber tenido el placer de escuchar este cuento perfecto de boca propia del maravilloso, bailarín santiagueño, entre los ruidos del silencio en Tarapaya, ahí donde vive su casa.

18 Del quechua. Antarka. adv. Boca arriba, acostado de espaldas, decúbito supino. Antarka wañusa kara 'había muerto boca arriba'. En Albarracín, Lelia Inés. Op. cit., p. 62.

La emoción incomparable de picar en el Petit

 La memoria es un murciélago que golpea contra un vidrio, lo golpea y lo hace pedazos.

Cine Petit Palais, fachada original. Captura de facebook


La memoria es un murciélago del cine Petit. "Picar" de dos o de tres, hacer en la vereda del Ollantay la vaquita para sobornar al portero, entonces, era todo lo que me pasaba. Changos... vam picar, el gordito nos recibe la guita y no nos dábamos cuenta de que así estábamos jugando con uno de los principales soportes en que se apoya el fracaso del sistema económico liberal capitalista: el Homo sapiens. Para picar era poco importante saber qué película daban, lo importante era el hecho mismo de picar, de burlar, de darse el gusto, por joder nomás (además de no tener suficiente mosca en el bolsillo). Cómo no voy a recordar en esta noche a ese señor que se llamaba Tucho Méndez, que en el Petit era quien muchas veces nos recibía la platita (como una boletería paralela en la vereda), que luego iba a parar a las manos del portero a cambio de una comisión y un hacer la vista gorda para dos o tres de nosotros. El famoso portero que cortaba los boletos, que miraba para otro lado, el famoso Mariano que supo decir: "Bueno, muchachos, esta no- che va a estar medio jodida la cosa, estoy vigilado por el administrador y la boletera, así que entren reculando así creen que están saliendo...".

Pero Tucho Méndez era el que obraba de intermediario entre la aventura y el fin de la aventura, entre la luz y la oscuridad. Me cuenta mi hermano Carlos Manuel Fernández Loza, que una matiné le entregó algo de guita a Tucho, pero poco, entonces Tucho le había dicho... "Vamos varón, sete un poco más negligente", esta anécdota aún me hace reír y mucho. Digamos que el cine Petit Palais vino del cielo y cavó sus cimientos frente a la plaza Libertad, cuando la plaza Libertad era un laberinto de ripio y sortilegio, y había una fuente que era una sombra a cuyo alrededor se sentaban las muchachas en flor. El techo del cine parecía una enorme tableta de chocolate Marroc, qué rico era el techo, qué placer sentarse en el piso de arriba y abrir una de las ventanitas de lata para ver las luces de las calles, lejos del mundo, lejos de la casa, lejos de la orfandad. El telón con los carteles de propaganda, en silencio, hablando despacito antes de que se apaguen las luces.... ¿Dónde dice 24 de Septiembre? ¿Dónde dice ropa de calidad?, en voz muy baja, jugando despacito por razones de urbanidad. ¿Dónde dice Calzados Ideal? ¿Dónde dice Casa América? ¿Dónde dice Casa Venier? Ya levantado el telón, en la oscuridad nos quedábamos sin rostro y comenzaba la otra emoción, la de los besos, los primeros cigarrillos, el inolvidable olor a talco Palmolive en su piel, la maravilla sin igual de aquellos encuentros, el gran comienzo del amor.

Algunos amigos de aquel tiempo mantuvieron hasta ya grandecitos la costumbre de "picar", creo que ya convertida en vicio; el negro Wayenberg, por ejemplo, compró su primera entrada pagando su justo precio en boletería cuando ya tenía cerca de treinta años. Por entonces en el diario La Hora, en la parte de los cines, había aparecido: "Cine Petit Palais, mayores seis pesos, menores cuatro, Mariano dos".

"Picar" no deberá confundirse con "filtrar", picando se algo, tal vez lo mínimo, filtrarse era como convertirse en fantasma, invisible para el portero y el boletero, invisible para Dios, y así entrar al cine en la total clandestinidad. Digo que la película que daban importaba poco, solo el sin saber del porqué de la aventura, el caballo blanco parado en dos patas de las Noticias Argentinas, el maní japonés eran sí elementos sustanciales de aquella felicidad.

Hubo un tiempo en que pensaba que, en un intervalo del Petit, fumando un cigarrillo, un día me encontraría la muerte; cuando hace unos años lo cerraron por refacciones dejé en suspenso lo fantástico de mi perniciosa imaginación.

Desde que hace poco lo clausuraron para siempre, me he convertido entre mis contemporáneos en un sospechoso de eternidad.

Fuente: Jorge Rosenberg - El Zoco de la Buri Buri

18/1/21

El Rincón de los Artistas

 


Cuando la calle Tucumán se llamaba calle Tucumán, “El Rincón de los Artistas”, llamado también “Bar casino”, comandado por don Pedro Evaristo Díaz, albergaba noche tras noche a músicos y poetas, a gente de campo, a fue hasta su cruel desaparición, el último reducto de artistas campesinos que tuvo la ciudad.

No obstante, íbamos a sentarnos en aquellas melancólicas sillas de lata, los que amamos toda nuestra música santiagueña.

Una noche de verano de lluvia pavorosa, el fantasma de Coco Cáceres se paró empapado en la puerta de entrada y dijo a todos los presentes con voz alta y ronquilla: “compasión no quiero, quiero indiferencia”, un estuche atigrado y sucio guardaba en sus adentros una guitarra desgastada por el tiempo y su dolor.

Entro, se mandó varios vasos de vino blanco y comenzó a cantar. Entro por la Pellegrini, Salí por La Tropical, mi comprao una camiseta en la casa de Abraham Miguel. (chacarera).

El desfile de músicos solía ser incesante: Víctor Hugo, al que decían tarzan, ese bombo que nacía debajo de la tierra. El chango Ledesma y su sonrisa. Napoleón Soria, su piano, su ritmo, su bicicleta y el triciclo del hijo. El Cielo Lucero, Chupete y su contrabajo fabuloso. El Mandinga del bandoneón y tantos otros.

Enrique Simón, de mesa en mesa cantaba tangos acompañado por guitarras anónimas y fabulosas, fabulosos bandoneones.

El baño de aquel inolvidable lugar estaba al fondo a la derecha y después a la izquierda, y a la pared de aquel baño colindaba con uno de los calabozos de la provincia, desde allí el detenido se deleitaba por las noches con la música que penetraba por entre los barrotes enclavados arriba del mingitorio.

Supongamos que usted lector o lectora, hubiese sido hipotéticamente aquel preso, y desde aquel baño, por entre las rejas una mano anónima y precisamente santiagueña, le alcanzaba dos porciones de pizza y un vaso de vino, lo hubiera recibido seguramente con gusto y hasta hubiera rechazado explosivos de trotil para su liberación, con tal de seguir escuchando aquella música en cautiverio, recompensa que deriva del castigo, como arrepentimiento verdadero.

Desde que desapareció El Rincón de los Artistas, desde que en nombre del modernismo, ocurrió aquella aberración que destruyo un rincón irreconstruible de nuestra cultura, los presos alojados en aquel calabozo, fueron en delante, presos comunes.

Fuente: Jorge Rosenberg - El Zoco de la Buri Buri

24/5/12

Arriba la Academia

A la memoria de mi hermano Héctor César Rosenberg.



Estoy seguro, perfectamente seguro que ha sido en un año de los cincuenta, no sé si en invierno o verano, pero sí en plena tarde, plena inmensidad de tarde santiagueña, cuando mis dos inconsultos hermanos decidieron, como si hubiera sido un tribunal de ellos mismos, ni más ni menos que mi propio destino.


Por dictado de ellos yo comenzaría mi vida desde niño (y según ellos sería para mi vida entera), como hincha de Independiente. Al considerar que, siendo ellos dos, hinchas de Boca Juniors, la presencia de un tercer boquense en el mundo interior de la casa paterna, imagino, habrá podido causar algún inconveniente de cierta importancia en la cohesión familiar.

Y…sí, así, por decreto de mayores hermanos, me hice hincha de Independiente del fútbol de Buenos Aires, y metí toda mi niñez adentro de los contornos de una camiseta roja, la de los “diablos rojos de Avellaneda”.

Pensándolo bien, ellos tuvieron una buena elección apara mí, lo malo es que lo decidieron por sí solos, no me preguntaron en ningún momento absolutamente nada esos canallas. No me preguntaron de que cuadro yo quería ser.

Me acuerdo de que por entonces estaban plantando unos árboles de brachito en algunas veredas de Santiago, y que una de esas veredas era la mía, la vereda de mi casa paterna. Aquella plantada de los brachitos era lo más importante que yo había visto en mis escasos años que yo tenía, también el carro de La Bola de Oro que pasaba saltando sobre los adoquines de la calle empedrada, y también las procesiones de las noches de la Santo Domingo. Todo eso y solamente eso, creo yo, era lo más importante que me había pasado hasta que me convertí (o me convirtieron) en hincha de Independiente.

En aquel cuadro del recuerdo la delantera era con Michelle, Seconatto, Bonelli, Grillo y Cruz. También recuerdo que jugaba Varacka por supuesto.

Y he sido al comienzo un simpatizante digamos, claro que por decreto de mayores hermanos, dictado durante las luces mortecinas de un atardecer. No era lo que se dice un hincha apasionado por una razón muy clara, no conocía los colores de la pasión.

Un poco más después, sí, ya tenía bien fijada mi identidad nacional, ya era decididamente lo que se dice un verdadero hincha de Independiente.

Por el equipo aquel de Boca Juniors que tanto repetían de memoria mis hermanos (hasta tenían un disco de 45 revoluciones por minuto de chamamé que cantaba el arquero Mussimessi), me encontré repitiendo por analogía y de memoria, como formaba el cuadro de Independiente, de los “diablos rojos de Avellaneda”, claro que unos cuantos añitos después: Toriani o Santoro en el arco; Navarro (que era santiagueño) y Rolán. En la mitad de la cancha: Ferreiro, Acevedo y Maldonado. La delantera: Bernao (aquel endemoniado puntero derecho), Mura, Suárez (o Mansilla), Mario Rodríguez y Savoy.

Un plantel que hizo época y estragos en el fútbol nacional e internacional (me acuerdo de los partidos contra el Inter de Italia por el campeonato mundial).

A todo esto yo era un verdadero queso jugando al fútbol cuando con la barra íbamos los domingos a la siesta a jugar a la Avenida del Trabajo, en el Parque Aguirre, ahí justo al frente de donde quedaba la casa del gordo Sierra. Nunca me querían poner ni como suplente de aguatero. Qué tristeza aquella, seguramente habrá afectado luego mi propia personalidad.

De aquella barra sólo el Chispa Carot era un gran jugador, un malabarista imparable con la bola, los demás ninguno valía ni aca.

Y sucedió que un buen día que no me entero que mi padre era de Racing Club de Avellaneda, de la gloriosa Academia, entonces, en la clandestinidad me hice hincha furioso de Racing sin que supieran nada mis hermanos de semejante desobediencia.

Les tenía guardado un secreto que ellos jamás llegaron ni siquiera a sospechar. Yo sabía cuando hacer esa revelación, yo lo sabía, cuando ilusionaría ser realmente de independiente sin ser de Independiente, y decidir por sí mismo, los colores de la camiseta de mi vida.

Y así fue que una vez, cuando vislumbré en los ojos verdes de mi padre, desde la espesa selva de la existencia, una mirada tan fuerte y a la vez tan amorosa, y desde ese preciso momento enarbolé los colores de La Academia, colores bien conocidos por todos los buenos argentinos. Repliqué certeramente a mis hermanos por haber decidido por mí en edad tan temprana de la vida.

Sin embargo, nunca he llegado a aprender de memoria como formaba el equipo de Racing Club; sí me acuerdo que quedaba Negri en al arco, que jugaba Dellacha, Masschio, Anido, Sosa, Corbata y Belén.

No importa, yo sigo siendo hincha incondicional de Racing Club, y esta convicción está sobre todo reforzada por aquel golazo como de cuarenta metros que hizo el Chango Cárdenas contra el Celtic de Escocia en el 67 y se llevó el campeonato del mundo. Y pensar que el Chango Cárdenas también era santiagueño y jugaba de Unión, cuando Unión se llamaba Unión y no otras cosa y que también jugaba Cammus.

De esta historia, mi hermano, el del medio, el que tocaba el piano, dejó de tocar el piano, el otro, el mayor, se marchó una noche a reír en el volcán de mi memoria, imitando la voz de Fioravanti, gritando un gol de Boyé.

Mi padre una noche salió para el lado del pueblo de Malbrán en el auxilio del Automóvil Club porque había tenido un desperfecto en el camino y nunca más regresó. Pero por todo esto uno sabe a ciencia cierta que fuimos alguna vez una familia, endulzada por los alfajores de maicena de nuestra madre, y para que todavía hoy me alegre profundamente, cuando en la insuperable tristeza de las tardes de domingo gana alguno de los dos equipos de Avellaneda.

Jorge Rosenberg

29/7/09

Las noches de Islas y los servicios de un mozo singular


(Para mis amigos los Lechuga Navascues)

Para los que fuimos "jóvenes estudiantes", el camino que nacía en el conocimiento, en los libros de la noche, pasando después por una tira dorada con papas fritas en la esquina de Islas, terminaba siempre en una dicha.

Siguiendo la premisa de que el sabor de la comida depende, no tanto de los ingredientes ni de los condimentos ni de la preparación, sino

de la personalidad del que entrega el alimento, la tira de asado de Islas fue única en el tiempo aquel en que la servía Tucho Méndez.

Ubicado frente a la esquina de Gimnasia B.B.C., en la calle Garibaldi y Congreso, Islas reunía en noches interminables a compañeros y amigos. Cuando cerró sus puertas murieron con él los servicios de un mozo muy singular: Tucho Méndez, mozo y comensal que iba atendiendo las mesas dejando en cada una un vaso para él, así tomaba con todos los presentes. Si una pareja se colocaba en un rincón, Tucho traía tres vasos, entonces ya no eran dos, una tercera persona ocuparía el lugar del fantasma, de la tercera persona del deseo o simplemente de Tucho, el cartonazo de la cabeza color naranja, teñido con un preparado que le sacaba a la hermana. Era la hospitalidad santiagueña elevada hasta los grados límites.

Recuerdo su aspecto tan particular; zapatos mocasines tan gastados que parecían "chatitas", pelo color medio naranja peinado con Brancato o Ricibrill, pantalones "tiro corto" como Cantinflas pero de otro color.

"No me jodas", decía, "sino de un cabezazo te voy a voltear toda la mugre", como si la cara de uno fuera un guardabarros, como si el cuerpo de uno fuera una chapa herrumbrada que junta el barro del tiempo y de las veredas. Tucho hablaba con tonada porteña de arrabal, jugaba a ser porteño. Popularizó términos como "salame", "cartón", "cartonazo", "tigre", "profeta". Autor del tango "La Pucha Pucha" que dice así: "Las doce de la cheno, qué harán los chochamus, estarán en el feca, jugando al yarbí, o estarán colados, en un casamiento, qué solo me siento, la pucha pucha pucha".
(¿Cuánto ganas aquí Tucho?, 3.500 fuera de los descuidos...)

Algunos tirados a ilustrados solían decirle Tucho Menéndez y Pidal. Su espíritu siempre estaba alegre, su humor se cuenta como uno de los más hermosos de este siglo.

Cuando por primera y única vez en la vida Tony Curtis recaló por unas horas en Santiago del Estero para ir a filmar Taras Bulba en la provincia de Salta, allá por los 60, estaba desayunando en la Confitería Ideal, Tucho lo ve y se le acerca, le dice "qué hacés cartón", con una familiaridad que hizo temblar la taza del norte americano.

"Dejame que te haga una breve sinosis", solía decir haciéndose el difícil.
Qué cosa, aterrizar en la noche alta en Islas para rematar era como una consigna, una toma de maravillosa inconsciencia que nos juntaba con amigos.

Boliche de los Navascues, lugar fuerte que perdura en nuestra memoria. Tiras como alpargatas del ocho. Libros, mucha ternura, la risa de Tucho Méndez, el vino que sellaba de infinito los besos que habían quedado suspendidos en los labios casi hasta el amanecer.

Una carcajada, un vaso vacío, otra carcajada en un vaso vacío, y otra más, y otra más.
Eso es todo, una carcajada en un vaso vacío. La ausencia.

El Zoco de la Buri Buri
Jorge Rosenberg

19/3/09

Cuento: Urpila



No hay mejor manera de confirmar la vida, a la vez de excluir por algunos instantes las declaradas ausencias, que la de mirar a los pájaros. El diálogo de dos urpilas coquetas sobre la tierra seca es para mí una maravilla de la existencia, una belleza enaltecida, escenificación en gris de la ternura.

Los pájaros cambian de tono su plumaje y el trino de su candor según las provincias o regiones del norte argentino.

La urpilita santiagueña estuvo aquí desde el comienzo, inevitablemente color gris claro, de plumaje lisito y muy lisito.

Palomita dulce, paseandera entre los árboles caídos, emite un sonido que es su canto, también gris, que es como la metáfora de la soledad cuando el sol decide no dormir.

En la memoria de mis ojos siempre presente, están dos urpilas coquetas sobre la tierra seca, una ha pegado un saltito para sortear un charco azul, la otrita en cambio, se ha quedado mirándome, para darle una siesta de caricias al olvido del amor. Y la siesta entonces dura para siempre y para más después.

Jorge Rosenberg.-