Si, como dicen algunos -con una cuota de fantasía-, “en el Cielo hay una peña musical”, podemos asegurar que el 24 de septiembre pasado fue un día de fiesta. Las marquesinas celestiales encendieron sus luces para anunciar la llegada de un cantor de larga fama que se aprestaba a animar el rincón eterno.
Por Juan Carlos Carabajal.
Para comprender
mejor los alcances e intenciones de esta nota sugiero, estimado lector,
escuchar de fondo las versiones más logradas de este cantor. Propongo,
entonces, para comenzar: Mujer y amiga, zamba de Robustiano Aráoz.
El Gordo
estuvo en contacto desde muy niño con la música folklórica, a través de una
galería variopinta de músicos que recalaban en la casa de su abuelo en San
Isidro, provincia de Buenos Aires. En aquellas sesiones, se produjo su
deslumbramiento que canalizó a través de un bombo y sus mágicas sonoridades,
las que lo acompañarían a lo largo de su ajetreada existencia.
Un día, el
bombisto de Alberto Ocampo y sus Changuitos Violineros faltó a una tocada por
enfermedad de su mujer y el Gordo ocupó providencialmente su lugar. Su estilo
de tocar no era muy del agrado de los puristas del folklore, pues al sonido de
base le agregaba rulos y firuletes. Pero de ahí a perder el ritmo… ¡Ni
“machao”!
De a poco,
el barbado cantor fue ganándose el respeto y la admiración del ambiente, sobre
todo los más encantados por el fraseo que imprimía a las canciones, a la manera
de Roberto Goyeneche o Hugo Díaz, según aseguraban los entendidos.
Paciente
lector, mientras transcurre mi texto, creo que podría usted oír: Mi flor de
chacarera, de Julián Díaz y Rodolfo Ovejero.
¿Cómo se
llega a ser el mejor cantor de folklore del país? ¡Ojo! Así lo eligió la gente
y no un selecto jurado de respetables jueces. Lo dice el cuyano, encantado por
las memorables versiones de cuecas y tonadas; el riojano, que lo tenía como festejante
de los carnavales más tradicionales y como genial intérprete de la chaya; los
santiagueños, que deliran cada vez que escuchan una chacarera salida del alma;
y así cada habitante de las diversas regiones de este inmenso (en lo geográfico
y en lo musical) país.
Hay una
constante del Gordo para destacar: la sabia elección de su repertorio, sin
concesiones ni facilismos. Otra: la presencia de músicos de primer nivel en sus
grabaciones. Tome nota, lector: el Negro Domínguez, Colacho Brizuela, Néstor
Basurto y Hernán Latanzio. A ellos agréguese a don Carlos García, un pianista
de marca mayor. Merecen también un espacio los bandoneonistas Dino Saluzzi,
Rubén Juárez y Carlos Toledo, del conjunto de los Hermanos Toledo.
El riojano
Hugo Casas, su productor, supo entender toda esta excelencia y le produjo ocho
discos antológicos para el sello Emi Odeón, un verdadero regalo para los oídos.
Un material lleno de joyas invalorables, aún para los más exigentes.
Amigo
lector: ¿no tiene usted las canciones que estoy sugiriéndole? Siempre queda el
recurso de YouTube… ¿Qué no? La amorosa, zamba de Díaz y Valles.
El Gordo
textual
Era de decir
las cosas sin pelos en la lengua. Ésto encontré en nuestro archivo sonoro donde
hay varios documentos con sus ríspidas opiniones (¡Agarrate, Catalina!):
“Tengo un
amigo que me ayudó mucho. Es el peruano Hugo Guerrero Marthineitz, quien
siempre decía: hay gente que está condenada a cadena perpetua. Yo me he
condenado a libertad perpetua y para ello hay que pagar altos costos”.
“Yo, que me
he decidido a tener libertad perpetua, encuentro que se me hace difícil vivir y
trabajar, porque se me cierran muchas puertas. Se enojan cuando critico a los
incapaces y mediocres. Yo le digo a algún diputado que su libro de cabecera aún
sigue siendo “El patito feo”, por ejemplo. A alguno le digo que es un
descerebrado o un ladrón directamente, porque ha usado su gremio para robar.
Eso les molesta y se enojan conmigo. O sea que yo digo lo que la gente no tiene
la valentía de decir. Y lo digo porque me duele mi país, porque es grande la
Argentina, con todas las riquezas como para que la gente viva bien, para que
tenga trabajo. Esto es un vergel. Por eso hay que hablar, ¿quien va a
solucionar los problemas si no lo hacemos nosotros?”
Más
sugerencias para el lector: Me basta con eso, chacarera de Kali y Juan Carlos
Carabajal.
Una anécdota
Son tantas
las anécdotas que prefiero consignar una muy poco conocida. Estábamos en Buenos
Aires para grabar el disco benéfico “Los santiagueños sean unidos” (RCA, año
1990) con la participación del Gordo, don Sixto Palavecino, los Manseros, Los
Carabajal, entre otros cabezas de serie. Antes de entrar a la sala de grabación
Aníbal Toledo, encargado de la producción y coordinación, nos llevó a una sala
de ensayo para dar el toque final a los arreglos. La sala en cuestión estaba
por avenida Caseros, en Parque de los Patricios, cerca de la cancha de Huracán.
Como podrán imaginarse, y al estar en el corazón del barrio quemero, las
apelaciones eran puramente referidas al Globito.
Se hizo una
pausa para el almuerzo y entramos a una pizzería que se llamaba precisamente
“El Globito” y estaba adornada con fotos, banderines y toda la parafernalia
partidaria. Viene el mozo a tomar los pedidos de la hambrienta jauría y Alfredo
le pregunta:
-“¿No tienen
algo de San Lorenzo?”
El Gordo y
su hogar
A diferencia
de la mayoría de los santiagueños que, desde tiempos inmemoriales, y
convencidos de “que Dios está en todas partes pero atiende en Buenos Aires”,
han buscado los brillos de la gran ciudad para canalizar sus ansias de
progreso, el Gordo tomó el camino inverso recalando en tierra santiagueña.
Aquí formó
su hogar, que con el tiempo se transformó en un sólido baluarte. Allí reunía y
convocaba gente de todo pelaje pero con las debidas restricciones que imponía
con un criterio irreductible.
Una vez
visitamos esa fortaleza con un amigo del alma, el japonés Michío Sega, quien
tenía un especial interés en conocerlo. Nos recibió con su habitual
cordialidad, apoltronado en su sillón de patriarca. Habló de su casa, de sus
amigos, de su familia y de su amor por Santiago.
“…y mi casa
y Santiago, no hay lugar más lindo para vivir. Yo vivo en el barrio 8 de Abril
y a un amigo le da vergüenza decir que vive aquí porque el lugar es de hacha y
tiza. Cuando le preguntan dónde vive, responde: “vivo en el barrio 8 barra 4”.
No fue la
única vez que Michío compartió una charla con su admirado personaje. En la cena
de despedida lo acogió y mimó como a un hijo, agradeciendo a través de él a
todo Japón por abrazar con amor la música argentina.
Estrictamente
personal
Nos
queríamos mucho con el Gordo. No nos encontrábamos tan a menudo como hubiera
deseado en lo personal. Igual, tuvimos una amistad que va a trascender a los
tiempos. Estoy muy agradecido por su gesto de grabar seis de mis canciones, en
versiones cuya musicalidad encuentro insuperables. Fue (y es) una distinción
muy importante para mi carrera de autor y compositor. Nos honró – a mí y a mi
familia- con su amistad cuando aún vivíamos en Quimilí, en la década del 70´.
Como para ir
terminando mi deshilachada prosa dedicada a un gran personaje, hago referencia
a un par de frases que lo identifican como singular intérprete. Ellas son:
“¡Vamos muchachos!”, con la que arengaba a sus músicos y “Sí, señor”, como
cierre de sus inspiradas interpretaciones en discos y escenarios.
Para ir
cerrando con sus canciones, escuchemos este tema: Déjame estar, zamba de Oscar
Valles. Alguna se me quedó en el tintero, le doy permiso, amigo lector, para
que complete la lista.
Volvamos a
la idea del principio, la de la “Peña del Cielo”. Luego que San Pedro le
franqueó las Puertas Doradas, el recién llegado buscó con los ojos a sus
queridos amigos del alma que lo precedieron en el reino de los cielos. Lo
estaban esperando los dos Felipes, Corpos y Rojas, Pablo Raúl Trullenque, don
Sixto, Fortunato Juárez, Oscar Valles y Chito Zeballos, entre otros de los
amigos, hermanos más bien diría, que aguardaban su querida presencia.
“Hasta la
vista, hijo querido.”
Santiago del
Estero, primavera de 2018.
Fuente: subidadelinea.com