El Clima en Santiago del Estero

27/4/17

EL SIGNIFICADO DE LA AUTONOMÍA SANTIAGUEÑA

Por: María Mercedes Tenti

Producida la revolución de mayo y realizado el pasaje del pacto de sujeción al pacto social para fundamentar el derecho a la emancipación, surgió otro conflicto en torno a la discusión sobre la existencia de una o de varias soberanías. Desde Buenos Aires, la afirmación de una única soberanía como depositaria del pacto social, llevó a la consolidación de una tendencia centralista o unitaria que se contraponía a la sustentada desde el interior del ex Virreinato, que argumentaba la existencia de tantas soberanías como pueblos interiores existían.

Teniendo en cuenta las categorías usadas en la época, la expresión ‘los pueblos’ hacía referencia a las ciudades convocadas por la Primera Junta a participar a través de sus cabildos. ‘Los pueblos’ designaban a las comunidades, a las futuras provincias y también a las ciudades, con sentido político, no territorial. En general implicaba la pertenencia a un grupo humano con lazos comunes, a una colectividad.

Desde el inicio de la revolución coexistieron conflictivamente las soberanías de las ciudades con la de los gobiernos centrales que trataban de delimitar una soberanía única. De allí es que resulta confuso discernir cuáles eran las pretensiones de los pueblos al autogobierno y cuáles procesos que podríamos denominar autonómicos.

En las luchas autonómicas en la provincia de Santiago del Estero podemos distinguir dos momentos. El primero, correspondiente al movimiento encabezado por Juan Francisco Borges, a partir de 1814, y el segundo el liderado por Juan Felipe Ibarra en 1820. Ambos en consonancia con dos etapas diferentes en los que distintos sectores de las élites dirigentes pujaban por conservar espacios de poder y afianzarse en ellos.

En el primero, fueron las antiguas familias afincadas en la capital provinciana, funcionarios del nuevo cabildo surgido a partir de la revolución de mayo integrado por comerciantes y propietarios de tierras cercanas a la capital, con acceso al riego del río Dulce, cuya posesión les venía del pasado colonial. Fueron precisamente estas élites las que se vieron más afectadas, en la primera década revolucionaria, por las consecuencias de la revolución. Como lo señala Tulio Halperin Donghi en Revolución y guerra, su decadencia se precipitó como consecuencia de la ruina del comercio altoperuano, la escasez de mano de obra, por cuanto los hombres útiles eran reclutados por los ejércitos revolucionarios, y la falta de recursos para su reconstrucción.

Contrariamente, el sector ganadero, con propiedades cercanas a la frontera con el indio en las márgenes del río Salado, fue el que menos sufrió los avatares de la revolución. Si bien contribuía con su ganado a los ejércitos patriotas, la coyuntura económica le resultaba favorable como consecuencia de la apertura del puerto de Buenos Aires al comercio libre y la ruina de la ganadería del litoral que trajo como aparejada la demanda de cueros santiagueños.

Frente a esta situación imperante, el cambio del equilibrio político local era inminente ya que la hegemonía de la capital y de los sectores propietarios de las tierras irrigadas del Dulce y funcionarios del cabildo se veía seriamente amenazada.

Esto se agudizó cuando unificado el gobierno nacional en 1814 en la figura de un Director Supremo, el primero en ocupar este cargo, Gervasio Antonio de Posadas, el 8 de octubre suscribió un decreto por el que dividía la antigua Gobernación Intendencia de Salta en dos gobernaciones: Salta, con capital en Salta, e integrada por las provincias de Salta y Jujuy, y Tucumán con capital en San Miguel, conformada por Tucumán, Santiago del Estero y Catamarca. La consecuencia inmediata fue el comienzo de la lucha de Santiago del Estero -nuevamente considerada subalterna- por independizarse de la cabecera tucumana.

Desde enero de 1815 era teniente de gobernador de la provincia, Pedro Domingo Isnardi, simpatizante de la causa del denominado precursor de la autonomía santiagueña, Juan Francisco Borges. En abril, el gobernador de Tucumán, Bernabé Aráoz depuso a Isnardi de su cargo y designó jefe militar al comandante Antonio María Taboada, que apoyaba su gestión. Tanto el cabildo como las milicias locales no aprobaban esta designación y convocaron a un cabildo abierto que envió un petitorio al Director Supremo, expresándole que estaban dispuestos a sostener a su teniente gobernador ya que, decían “... no tuvimos un día más amargo que aquel aciago en que se estableció Tucumán en cabeza de provincia y se nos sometió a este Gobierno bajo el cuál no hemos experimentado otra cosa que vejaciones, insultos y despotismos”. El nuevo jefe del ejecutivo, Álvarez Thomas, contestó al ayuntamiento solicitándole que tuviese resignación para esperar que, una vez que se reuniera el Congreso General -que iba a congregarse en Tucumán al año siguiente-, resolviese en forma definitiva la forma de gobierno que conviniera a todos los pueblos.

La sublevación de Borges

Al no recibir apoyo del gobierno nacional, Isnardi renunció a su cargo, hecho que fue aprovechado por los partidarios de Aráoz, que convocaron al Cabildo para elegir un teniente de gobernador provisorio. La elección recayó en Tomás Juan de Taboada, partidario de Aráoz. La reacción no se hizo esperar. El 4 de setiembre de 1815 Juan Francisco Borges, a la cabeza de unos setenta hombres, marchó rumbo a la casa de Taboada al que exigió la renuncia. Luego se dirigió hacia la plaza principal y mediante el tañido de las campanas del Cabildo convocó al vecindario, quien a viva voz lo proclamó gobernador provisorio. Aráoz mandó de inmediato tropas que se enfrentaron con las fuerzas rebeldes en la plaza principal. Borges fue herido y enviado prisionero a Tucumán, aunque al poco tiempo logró huir rumbo a Salta. Al año siguiente regresó a su ciudad natal.

Manuel Belgrano, jefe del ejército del Norte, propuso al Congreso, reunido en Tucumán en 1816, el nombramiento del sargento Gabino Ibáñez como teniente de gobernador y comandante de armas de Santiago del Estero. Ibáñez asumió el cargo ante la contrariedad de Borges y sus seguidores. El 10 de diciembre de 1816, Juan Francisco Borges inició su segundo movimiento emancipador. Apresó a Ibáñez, lo envió prisionero a Loreto, asumió nuevamente el cargo de gobernador provisorio y marchó al interior de la provincia a reclutar gente.

Enterado Belgrano de los sucesos, mandó una expedición al mando del comandante Gregorio Aráoz de Lamadrid, para reprimir a Borges y a sus seguidores. Éste había acampado en Pitambalá donde fue localizado y derrotadas sus fuerzas. La orden del Congreso era fusilar a los cabecillas de cualquier rebelión armada y Belgrano como jefe del ejército la hizo cumplir. Juan Francisco Borges fue fusilado el 1 de enero de 1817 en el paraje de Santo Domingo. Sus compañeros, Lorenzo Lugones, Pedro Pablo Montenegro y Lorenzo Goncebat, fueron castigados con menos rigor.

Más que la lucha por un federalismo comunal como consideraba Ricardo Levene, la sublevación de Borges se trató de la disputa de la burguesía santiagueña por ejercer su soberanía, iniciando el camino de separación de las provincias que componían el antiguo régimen de intendencias. Fue, en consecuencia, un proceso de retroversión de la soberanía ya que los pueblos concebían la relación con la autoridad central en términos de acuerdos pactados entre ciudades. El imaginario pactista, según el modelo formulado por Artigas, era más bien confederal que federativo.

Las luchas por la autonomía

Los primeros meses de 1820 fueron decisivos para el futuro de las Provincias Unidas del Río de la Plata. La Constitución de 1819, centralista y monárquica, rechazada por los caudillos del litoral, Francisco Ramírez de Entre Ríos y Estanislao López de Santa Fe, fue el detonante que determinó la marcha de las tropas federales hacia Buenos Aires, con el propósito de derrocar al gobierno directorial de Rondeau. Los ejércitos se enfrentaron el 1 de febrero de 1820 en la batalla de Cepeda y terminó con el triunfo de las montoneras de López y Ramírez. Como consecuencia el directorio y el Congreso fueron suprimidos. No había ya autoridades nacionales. Sin embargo, ese cúmulo de odios y enfrentamientos que estallaron en el año 20 y que llevó a un proceso de descomposición y desorganización nacional, marcó el inicio de la organización de las provincias que, en definitiva, revitalizó el proceso revolucionario por la participación de todas y cada una de las partes integrantes de la nacionalidad.

A fines de 1819, en Tucumán se había producido una sublevación que puso nuevamente al frente de la gobernación a Bernabé Aráoz. Mientras las provincias del litoral trataban de organizarse firmando pactos entre ellas, en el norte, Aráoz quería conformar un núcleo territorial autónomo integrado por las provincias de Tucumán, Catamarca y Santiago del Estero, aunque reconociendo la inclusión en un todo, que era la propia nación. Por ello el gobernador tucumano instó a las provincias de Catamarca y Santiago para que enviasen sus diputados, a fin de constituir la denominada República del Tucumán. Para asegurarse una elección favorable envió tropas con el pretexto de escoltar al general Manuel Belgrano, con la salud sumamente quebrantada, en su viaje rumbo a Buenos Aires. Realizada la elección con la presencia coercitiva de las tropas tucumanas, los partidarios de la autonomía llamaron en auxilio al comandante de la frontera de Abipones, el general Juan Felipe Ibarra.

Ibarra pertenecía a una familia hegemónica en la zona fronteriza de Matará, aunque también tenía poder en la ciudad ya que algunos de sus miembros habían ocupado magistraturas en el cabildo. Era un caudillo que sustentaba su influencia en bases campesinas convertidas en montoneras criollas. Su poder se lo había ganado en su actuación en el Ejército del Norte, en las incursiones contra los indios que asolaban las fronteras y en el punto estratégico de la sede de su comandancia, situada en la unión de las rutas interprovinciales.

Si bien Ibarra no pertenecía a las familias capitulares de antigua raigambre virreinal y revolucionaria, estaba emparentado con ellas y su hegemonía política se sustentaba en las fuerzas armadas permanentes, custodias de la línea de fronteras, distintas a los grupos milicianos que se reclutaban en la ciudad en momentos de crisis. En consecuencia, su poder resultaba más independiente y menos compartido por las zonas que dominaba, con mayor equilibrio social y escasez de franjas en disputa.

Su poderío provenía de la militarización y asalarización de las tropas defensoras de la frontera indígena, que concentraban la mayor cantidad de la fuerza militar de la provincia. El impulso de la frontera como base del poder político procedía del predominio militar de ésta y de la crisis de poder de las burguesías urbanas.

Frente a la intromisión tucumana Ibarra marchó de inmediato rumbo a la capital santiagueña, con el apoyo de tropas santafesinas de Estanislao López. Enterado de su avance, el Cabildo encargó la protección de la ciudad al capitán Echauri e instó a todos los habitantes, mediante un bando, a alistarse para la defensa. En la madrugada del día 31 llegó al ayuntamiento una nota de Ibarra que decía: “No puedo ser ya más insensible a los clamores con que me llama ese pueblo en su auxilio por la facciosa opinión que sufre indebidamente de V. S. para cimentar de mucho su esclavitud. Me hallo ya a las inmediaciones de ese pueblo benemérito y si V.S. en el preciso término de dos horas desde el recibo de esta intimación, que desde luego lo hago, no le permite reunir libremente en un Cabildo abierto a manifestar su voluntad, cargo con toda mi fuerza al momento...”

El combate se dio en las inmediaciones de la iglesia Santo Domingo y concluyó con el rotundo triunfo de Ibarra. Inmediatamente un cabildo abierto lo eligió por unanimidad teniente de gobernador interino y proclamó un nuevo cabildo adicto a la causa de la autonomía. El 17 de abril, y sustentándose en teorías de derecho público similares a las sostenidas en la Revolución de Mayo, Ibarra y el Cabildo fundamentaron la reasunción de la soberanía ante la disolución del Congreso Nacional.

El nuevo gobernador juró su cargo el 25 y finalmente, el 27 de abril de 1820, los electores, reunidos en el cabildo, proclamaron solemnemente la autonomía de la provincia, para lo cual se labró el Acta correspondiente. En ella se especificaba que no se reconocía otra autoridad más que la del Congreso de todos los estados provinciales y se auspiciaba la reunión de una Junta Constitucional, que debía redactar una constitución provisoria según el sistema federal.

El movimiento autonómico invocaba los derechos del pueblo de auto gobierno, aunque manteniendo relación de dependencia con un poder central fruto de la organización nacional a partir de la reunión futura de un congreso general constituyente. La emergencia de las soberanías locales fue la respuesta de los pueblos del interior a las pretensiones centralistas de Buenos Aires. La cuestión de la soberanía pasó a ocupar el lugar protagónico al reasumirla los pueblos del interior, entre ellos, Santiago del Estero.

Las provincias, en consecuencia, no surgieron como parte constitutivas de un Estado central sino como Estados independientes, autónomos, con un nuevo régimen representativo. La antigua estructura virreinal fue disgregándose y surgieron soberanías autónomas que constituyeron nuevas provincias con nuevas jurisdicciones. A pesar de ello, se buscó reorganizar un orden social a través de la firma de pactos interprovinciales.

Los gobiernos provinciales conformados a partir de 1820, fueron al decir de Juan Bautista Alberdi, gobiernos de “carácter nacional por el rango, calidad y extensión de sus poderes”; consecuencia de la resistencia a la usurpación de atribuciones soberanas de la nación por parte de Buenos Aires. La cuestión de la soberanía provincial aparece, así, relacionada íntimamente con la de la ciudadanía. La emancipación de los poderes de base regional o provincial, a partir de 1820, pudo concretarse gracias a la disolución del poder central. Sin embargo fueron estos gobiernos locales los que hicieron posible la constitución del poder central en 1853 con la sanción de la Constitución Nacional.

Bibliografía
- Alen Lascano Luis (1992): Historia de Santiago del Estero; Plus Ultra; Buenos Aires.
- Chiaramonte, José Carlos (1997): Ciudades, provincias, Estados: Orígenes de la Nación Argentina; Ariel, Buenos Aires.
- Goldman, Noemí (directora) (1998): Revolución, república, confederación; Sudamericana, Buenos Aires.
- Halperin Donghi, Tulio (2005): Revolución y guerra; Siglo Veintiuno. Buenos Aires.
- Tenti de Laitán, María Mercedes (1997): Santiago del Estero, desde los primitivos habitantes hasta el período ibarrista; Santiago del Estero.
Fuente: historiacriticammt.blogspot.com.ar

27 de Abril, Autonomía Provincial


“En plena organización nacional, cuando el país buscaba su independencia, las luchas intestinas nacionales surgieron en el interior de lo que luego fuera nuestro país. Ante el centralismo del puerto se organizaron revoluciones algunas fallidas, como las intentonas del Coronel Juan Fancisco Borges en 1815 y 1816 y otras exitosas en nuestro territorio. Ahora una breve cronología sobre nuestra autonomía.”

Mientras las provincias del litoral trataban de organizarse firmando pactos entre ellas, Araoz queria conformar un núcleo territorial autónomo integrado por Santiago del estero, Catamarca y Tucumán


1815


El gobernador de Tucumán, Bernabé Aráoz designó en la provincia a Juan de Taboada. Esto no complació al pueblo santiagueño que ya estaba desconforme con haber sido integrada a Tucumán el año anterior. El 4 de septiembre estalló en la ciudad el primer Movimiento Autonomista encabezado por el Coronel Juan Francisco Borges, quien depuso al gobernador Taboada y fue elegido gobernador por los vecinos.
Pero el gobernador tucumano envió hombres armados que tomaron prisionero a Borges, lo hirieron y lo trasladaron a Tucumán, pero consiguió evadirse de la prisión y se dirigió a Salta.


1816


En la Asamblea del 9 de Julio participaron y firmaron el Acta de la Independencia Argentina los congresales Pedro León Gallo y Pedro Francisco de Uriarte.
El 3 de agosto el pueblo santiagueño reconoce la independencia de la patria.


1816


Para conseguir separar nuestra provincia de Tucumán y declarar su autonomía preparó un movimiento armado el 10 de Diciembre de 1816. Belgrano envió a las tropas de Lamadrid para sofocarlo y las tropas de Borges fueron sorprendidas en Pitambalá, departamento San Martín. Borges fue derrotado, apresado y fusilado sin proceso ni juicio.


1817


El 1 de enero fue fusilado Juan Francisco Borges en la localidad de Santo Domingo, próxima a la ciudad Capital. El algarrobo debajo del cual fue fusilado, aún se conserva. Sus restos descansan en la Iglesia Catedral de la provincia.
El 4 de julio se produjo un terremoto que causó importantes daños en la ciudad.


1820


El 31 de marzo tropas al mando del Comandante del Fortín de Abipones (departamento Quebrachos), Juan Felipe Ibarra tomó la ciudad y derrotaron a fuerzas tucumanas. Se reunió un Cabildo Abierto ese mismo día y eligió Gobernador a Ibarra.
Posteriormente un nuevo Cabildo convocó a Asamblea de representantes de todos los curatos de la provincia (antiguos departamentos) y reunidos el 27 de abril de 1820 proclamaron la Autonomía Provincial. Santiago del Estero rompió los lazos de dependencia con Tucumán y se declaró provincia autónoma, dueña de su destino.


1821


Aráoz amenazó con recuperar la provincia rebelde por la fuerza, pero tras el fracaso de una revolución orquestada en Tucumán, sólo a principios de 1821 invadió Santiago. Ibarra llamó en su auxilio al gobernador de Salta, general Güemes. Éste invadió Tucumán ayudado por Ibarra; y, aunque fueron derrotados, su acción convenció a Aráoz de reconocer la autonomía de Santiago del Estero con un tratado en Vinará, en junio de 1821.

A 197 años de la Autonomía santiagueña

Se celebra la trascendencia de aquel hecho que determinó la autodeterminación de nuestra provincia de toda sujeción y la entrega sin límites de los precursores y gestores que la hicieron posible.

Hace exactamente 197 años (el 27 de abril de 1820), se inscribía en las páginas de la historia santiagueña un hecho trascendental, que implicaba nada más y nada menos que la libertad y la autodeterminación de la provincia. Un acta y un manifiesto hacían realidad la voluntad y la obra de los precursores y gestores de la autodeterminación como pueblo y como entidad jurídico-política, que se sumaría al concierto de la Confederación de las Provincias del Río de la Plata y a la posterior firma del Pacto Federal de 1831.

Poco más de tres años habían pasado desde el último levantamiento del coronel Juan Francisco Borges con sus milicias, el 10 de diciembre de 1816 (el primero fue el 4 de setiembre de 1815), para liberar a Santiago del Estero de su dependencia de Tucumán, gobernada entonces por Bernabé Aráoz. La revolución triunfó, deponiendo al teniente de gobernador Gabino Ibáñez y Borges asumió la primera magistratura de la provincia autónoma. Sin embargo, las noticias tuvieron un efecto adverso para los rebeldes y el comportamiento de Borges —más allá de la polémica histórica al respecto— fue condenado por el propio general Manuel Belgrano (comandante en jefe del Ejército del Norte), quien ordenó su fusilamiento, considerando que no existían justificativos valederos para su actitud levantisca en momentos graves para el país, comprometido en una guerra magna y teniendo en cuenta las disposiciones del Congreso de Tucumán, condenando levantamientos armados contra el orden establecido por la Junta de Gobierno Patrio. Así fue como el precursor de la Autonomía santiagueña, pocos días después de su golpe de mano, fue hecho prisionero en Pitambalá (en el sur santiagueño) por las tropas de Aráoz y ejecutado en la localidad de Santo Domingo, en la mañana del 1° de enero de 1817.

Federalismo en ciernes
Pero en aquellos días, la idea del federalismo había ganado adeptos en las provincias, como una aspiración para librarse de la dependencia portuaria. Al levantamiento de Borges lo habían precedido los movimientos encabezados por Moldes, en Salta y Bulnes, en Córdoba.

Efectivamente, en aquellos álgidos años comenzaba a formarse la Organización Nacional. Los caudillos provinciales repudiaban la política dictatorial y la hegemonía centralista. Así se levantaron Córdoba, San Juan, Tucumán, Mendoza y San Luis, ratificando la condición nacional en ciernes, como ya lo habían hecho Corrientes, Santa Fe, Entre Ríos y Salta, o poco después Santiago del Estero y Catamarca.

En marzo de 1820, Santiago del Estero vivía acontecimientos decisivos. El Cabildo se aprestaba a elegir nuevos representantes y, desde Tucumán, proclamada como República por Aráoz, éste envió al capitán Echauri para presionar a los cabildantes santiagueños para que votaran por hombres que le fueran proclives. Ante esta maniobra, se decidió acudir al comandante del Fortín de Abipones, Juan Felipe Ibarra, para que con sus gauchos enfrentaran a las tropas de Echauri. Así fue como el 31 de marzo —en plena Semana Santa— se produjo el combate que le daría el triunfo a las huestes de Ibarra. Días después, el 27 de abril de 1820, el Cabildo proclamaba la Autonomía provincial designando gobernador a Juan Felipe Ibarra, concretando de ese modo el fallido intento autonomista de su precursor Juan Francisco Borges. Santiago del Estero entraba a la historia libre de ataduras regionales o centralistas con Buenos Aires, enarbolando su identidad, sus derechos, su dignidad y su autonomía.

Los efectos de la Autonomía


Con la Declaración de la Autonomía (rompiendo la dependencia de Tucumán), Santiago del Estero hacía respetar las reglas que importaban el acatamiento de los principios que sustentaba el federalismo, como el sistema que años más tarde quedaría plasmado en la Constitución de la Nación.

Santiago del Estero mucho tiene que decir al respecto, porque a partir de la declaración de su autonomía se acentuó el sentido de un pacto federal que regulase las órbitas de poderes, promoviendo el crecimiento de la provincia, la justicia y la defensa de la región. Un año después de la Declaración de la Autonomía, el gobierno de Juan Felipe Ibarra firmó en Vinará un tratado de paz con Tucumán, que se constituyó en uno de los pactos preexistentes a la Constitución nacional. Este acuerdo del 5 de junio de 1821 es uno de los pactos fundadores desde el que suscribieron en Pilar las provincias de Buenos Aires, Entre Ríos y Santa Fe. Pero recién en el año 1831, al formarse el Pacto Federal, las provincias que fueron adhiriendo a él, poco a poco, vislumbraron la posibilidad de obtener una coparticipación más equitativa, aunque el centralismo siguió manteniendo una marcada hegemonía sobre el puerto, sus rentas y el crédito público derivados de las provincias.

La Autonomía fue la voz de los hombres sin amos y una consigna común para la consolidación del federalismo. Y si éste no logró afirmarse realmente en la dimensión que debía cobrar, se convirtió en un sistema capaz de promover la búsqueda de soluciones para los desequilibrios y, al mismo tiempo, en un derecho que consolidaba un proyecto de sociedad basado en la justicia y la libertad.

A 192 años de aquel acontecimiento en Santiago del Estero, nos replanteamos el significado de la autonomía y del federalismo, convalidando los principios que hicieron posible la Constitución nacional y la formación de un país democrático.

17/4/17

Marca registrada


Mario Rolando “Musha” Carabajal conversa. Revuelve lentamente el café y sin dejar de hablar mira por la vidriera del bar el bullicio mañanero de una esquina de Villa Urquiza. Repasa la historia de Los Carabajal y se emociona. Esos ojos de los que deriva su sobrenombre –‘musha’ es gato en el quichua santiagueño– le brillan cuando recuerda a los abuelos Francisco y María Luisa, a papa Enrique y mamá María, a los tíos Agustín y Carlos y también a los hermanos, primos, sobrinos, amigos e innumerables compañeros de ruta de años andados a lo largo y a lo ancho del país, sembrando chacareras y recogiendo el afecto de un público que de generación en generación no ha dejado de sentirlos parte de su patrimonio sentimental. Los Carabajal, el conjunto, cumple 50 años. Medio siglo de música y mística santiagueña que tendrán su celebración en el Luna Park de Buenos Aires, el sábado 20 de mayo. Un gran escenario para un día importante.

Cumplir 50 años es siempre algo inmenso. Más si se piensa en términos de “medio siglo”. Y mucho más aún si ese medio siglo transcurrió en el ámbito de la música argentina de tradición criolla, territorio enredado, en el que las pujas por los símbolos, los intereses de la industria y las modas, y fundamentalmente la verticalidad del gusto que desde la capital se impone continuamente sobre las provincias, son los que determinan lo que es bueno y lo otro. Los Carabajal atravesaron este tiempo con personalidad, con la convicción de sus raíces y la sensibilidad para escuchar al público. “Nosotros no somos el éxito de un solo tema. Detrás de Los Carabajal hay una historia” asegura Musha, convencido y orgulloso. “Supimos hacer apuestas bravas, nos arriesgamos y dimos a conocer temas que hoy son clásicos. Pudimos interpretar el gusto del público, pero también abrir nuevas puertas, crear nuevas expectativas en ese público. Y también conquistar nuevos púbicos”, agrega el cantor, uno de los pilares del conjunto en todos estos años.

En la larga usanza musical santiagueña, Los Carabajal bien podrían ser la bisagra entre tradición y modernidad. Formados sobre la huella de Los Manseros Santiagueños y Los Cantores de Salavina, –Carlos y Agustín, respectivamente dejaron esos conjuntos para crear en 1967 el propio, junto a sus hermanos menores Kali y Cuti–, la raigambre musical que forjaron los Chazarreta, los Jerez y los Díaz, entre tantos otros, se proyectó desarrollada en un apellido que por sus aportes a la música santiagueña llegará a convertirse casi en su quintaesencia. “Tuvimos la suerte de que Agustín y Carlos hayan sido nuestras guías, ellos nos señalaron el camino”, comenta Musha y agrega: “Cada concepto de Carlos y Agustín era una enseñanza. Y no hacía falta que repitieran las cosas, tenían autoridad. Personalmente recuerdo a Agustín como mi gran maestro. Él te respondía una pregunta con un ejemplo, tan claro era en su forma de transmitir. Mi respeto y mi admiración hacia Agustín es total. De chico íbamos con mi viejo a escucharlo cantar con Los Cantores de Salavina, un grupo maravilloso, y de ahí fui aprendiendo. En fin, con esa carga nos fuimos formando Los Carabajal. Más el sostén familiar, que ha sido determinante para que hoy podamos estar cumpliendo 50 años”.

“Con los Manseros Santiagueños mantuvimos siempre una relación importante. Desde los comienzos hubo un Carabajal entre Los Manseros”.

Kali y Musha, que junto a Walter –hijo de Kali– y Blas Sansierra completan la formación actual, son hermanos, hijos de Ricardo el segundo de los 12 hermanos. “Él no se dedicó profesionalmente a la música, pero es muy importante en la historia del conjunto –explica Musha–. Era empleado en el correo y cuando lo trasladaron a Buenos Aires fue durante mucho tiempo el sostén de la familia. No obstante eso nos alentó para emprender la aventura de empezar a ubicarnos en el mundo de la música, de cautivar a un público, de generar trabajo y la posibilidad de sostenernos. Nos tuvo paciencia, porque se sentía feliz de que pudiésemos trabajar de la música”.

Musha tenía 14 años cuando empezaban Los Carbajal y al poco tiempo ya era parte del conjunto. “Yo entré cuando estaban Agustín, Carlos, Cuti y Kali –recuerda–. Y en esa época a Kali le tocó el servicio militar, así que me llevaban a mí en su lugar, pero para que toque el bombo, para completar el cuarteto. Y ahí me iban preparando. Para mí era todo novedad. Agustín me enseñaba. Él me explicaba cómo hacer segunda y tercera voz. Recuerdo un consejo que me dio: ‘usted cuando vaya en el colectivo, solo, vaya repasando, cantando las canciones en segunda y tercera voz’. Y así hacía y me las memorizaba. Eso me sirvió para fijar y para aprender los primeros repertorios”.

El conjunto Los Carabajal se formó en 1967, cuando comenzaba la parábola descendente del auge que el folkore vivió en esa década. No obstante, el cuarteto se afirmó y logró el respeto de sus pares, como representantes genuinos de la música santiagueña. “Tuvimos desde el comienzo buenas relación y el respeto de artistas como Los Tucu-Tucu y Horacio Guarany, por ejemplo”, destaca Musha.

–¿Cómo fue la relación profesional con otros conjuntos santiagueños?

–Con los Manseros mantuvimos siempre una relación importante. Desde los comienzos de ellos hubo un Carabajal entre Los Manseros. En la primera época cuando eran Leocadio Torres y Onofre Paz, se sumó Carlos y Agustín les armonizaba algunos temas. Más tarde llegó Cuti, que estuvo casi 11 años con ellos. Una vez con Alito Toledo armamos un grupo que se llamaba Los Kimsa. Siempre hubo relación y tenemos un gran respeto y gran admiración por Los Manseros. También con Los Tobas, en particular con los hermanos Banegas (Coco y Horacio), a tal punto que Horacio fue de los primeros en confirmarnos que va a estar con nosotros en el Luna Park. De Los Sin Nombre, Ricardo Santillán estuvo también con Los Carabajal. Y músicos como Miguel Simón, Cristórofo y Fortunato Juárez o Don Sixto, a quien traté mucho, particularmente en sus últimos años.

–Con esa identidad Los Carabajal no necesitaron otro tipo de aditivos para crear un estilo…

–Cuando irrumpieron Los Cantores del Alba con la música mejicana, que hacían muy bien, varias veces nos tentaron para seguir ese camino. Pero nunca hizo falta. Somos referentes de una identidad y el sonido Carabajal inspiró a muchos grupos. Por eso el compromiso es grande.

–¿Qué etapas marcan la historia de Los Carbajal?

–Yo diría que hay un antes y un después en la historia del conjunto con el disco  Como pájaros en el aire. Antes de eso éramos un conjunto tradicional, con una fuerte impronta santiagueña. Nos vestíamos de gaucho y el público esperaba de nosotros zambas, gatos y chacareras tradicionales. A fines de la década del ’70 la formación del conjunto era Kali, Roberto Peteco y yo (Musha) y empezamos a probar algunas cosas. Teníamos el violín de Peteco, que era entonces una cosa poco común, y notamos que el público estaba cambiando. Había nuevas generaciones que esperaban otra cosa de la música folklórica y había que llegar hasta ahí, atraerlos. En 1985 grabamos Como pájaros en el aire. De entrada hubo un cambio de look: en la tapa del Long Play salíamos en ropa de calle, con zapatillas. El contenido del disco también presentaba novedades: había chacareras, sí, pero eran temas nuevos. ¡Los 12 temas de ese disco se hicieron conocidos! Y hasta el día de hoy se cantan en las guitarreadas y en los festivales. Recuerdo que para grabar León Gieco nos prestó la Ovation con cuerdas de acero y con esa guitarra logramos un sonido más actual. A partir de ahí comienza otra etapa. Es la época en la que Peteco toma relevancia también como autor y muchos grupos de la época adoptaron ese sonido, esa manera de cantar y ese repertorio. Más tarde, en la etapa en la que Mario Álvarez Quiroga fue parte del conjunto llegaron temas como Penas y alegrías del amor (1989) y Romance de aquel hijo (1990), que tuvieron mucha repercusión. Sin volvernos locos, creo que Los Carabajal siempre mantuvimos esa atención por estar actualizados y arriesgar con cosas nuevas.

A lo largo de estos 50 años, Los Carabajal recorrieron varias veces un país que sabe en todos sus rincones de la presencia nostálgica de los migrados  santiagueños y sus familias. En este sentido, a donde vaya el conjunto es el más esperado embajador de Santiago del Estero. “Con eso pasan cosas maravillosas –enfatiza Musha–. El santiagueño cuando está afuera es muy orgulloso de sus orígenes, de su música, de sus costumbres, de cosas que por ahí estando en Santiago no valoraba tanto. Nosotros vamos a Río Gallegos, donde hay un centro de residentes santiagueños, y vemos llorar al público mientras actuamos. Y eso pasa también en Río Grande y en muchos lugares alejados del país.  Hay gente para la que no es fácil volver a Santiago, entonces depositan en nosotros sus expectativas de volver a compartir su identidad, al menos por un rato. Uno le está llevando su paisaje y ese es un compromiso.

–¿Cómo va a ser la celebración en el Luna Park?

–El espectáculo tendrá tres hilos conductores, que son las partes fundamentales de nuestra manera de vivir: la identidad, la familia y los amigos. Todo eso confluirá en el patio. En las casas de Santiago, el patio es el ámbito donde confluyen y se fortalece estas cosas, con el horno, la guitarra, los cantores… En Santiago no hay una peña estable. No tiene sentido, porque las cosas se generan en las casas de la gente. Por eso tomó tanto sentido el patio de la casa de la abuela, donde siempre hay alguien, con una guitarra, un bombo. Se va al patio porque se sabe que siempre se encuentran a alguien, días de semana y sobre todo los fines de semana. Como dice la canción, ‘… un domingo santiagueño no es un domingo cualquiera.

–¿Habrá invitados?

–Muchos, por empezar los ex integrantes del grupo. Van a estar Oscar Testa, que vive en España y viene para esta ocasión, y Oscar Evangelista, Mario Álvarez Quiroga, Mono Leguizamón, Franco Barrionuevo, Carlos Cabral, Lucio Rojas. Y también amigos, los que siempre están cerca, como Horacio Banegas, Néstor Garnica, Orellana-Luca. Juan Saavedra hará las coreografías con su grupo Raza y muchas sorpresas más. Como para que en tres horas de espectáculo estemos a la altura de lo que celebramos.
Fuente: emepea.com

23/3/17

Diaguitas con apellido alemán reclaman territorios ancestrales

En un artículo titulado "Diaguitas sin pecado concebidos", el periodista Gabriel Levinas denuncia un curioso caso que sucede en Salta.


Los "Vallistos" son sus habitantes naturales, Son la suma de invasiones y conquistas. Incas y españoles intentaron borrar la identidad de sus pobladores que a veces peleaban, se resistían y otras simplemente se sometían. Pero el sometimiento no era la única opción, los Coyas por ejemplo, más al norte, jamás entregaron su identidad, la conservaron y guardaron ocultándola de la mirada vigilante de los españoles.

Esta mezcla étnica laboriosa y orgullosa de su pertenencia a la dura geografía que los abriga, ha sobrevivido a los invasores fundiéndose con ellos. Ha sabido también minimizar los daños colaterales del progreso sin desaprovechar lo que este tenía para ofrecer. El vallisto es la confluencia de habitantes provenientes de distintas regiones: la puna, los valles bajos, Santiago del Estero y por supuesto los españoles. Esos pobladores fueron los que desarrollaron lo que hoy se conoce como los valles calchaquíes. En las últimas décadas franceses, holandeses, belgas y otros visitantes han quedado atrapados por la magia del lugar y algunos se han establecido agregando conocimientos a la producción del valle y fueron bienvenidos.

Y el vino, el vino de Cafayate, Cachi, Tacuil, Colomé, Seclantás y tantos otros pequeños parajes ya da vuelta con nuestra bandera por todo el mundo y podemos encontrarlo en las mesas de sofisticados hogares europeos.

Pero ahora, y por primera vez, más allá del deterioro habitual que la política fue produciendo , el daño está adquiriendo dimensiones impensadas. Estamos presenciando la destrucción del tejido social del valle.

La principal fuente de riqueza es el agua que provee el río Calchaquí. El río recibe las aguas de cientos de pequeños riachos que bajan de las montañas nevadas de la cordillera y otras cadenas que lo enmarcan. Los antiguos pobladores habían aprendido el manejo del agua de manera altamente eficiente. Las acequias, canales a veces cavados en la tierra otras construidas con piedras en la montaña, proveían el vital líquido para los cultivos.

Hoy muchas de esas vías de agua son las mismas construidas antes de la llegada de los españoles.

Las pequeñas parcelas en que se fue dividiendo el territorio cercano a los ríos tienen propietarios que en la mayoría de los casos son familias de varias generaciones en el lugar.

Las tierras tienen escrituras o documentación que acredita la titularidad de manera incontrastable.

Pero ahora, han aparecido personajes nuevos en la política de la zona, que no soñó siquiera en su realismo mágico García Marquez, que salen a reclamar las tierras de los agricultores utilizando de manera perversa una ley nacional que fue concebida justamente para impedir que se avasallen los derechos de los pobladores que estaban siendo expulsados de sus tierras.

La ley 26160 es algo así como un gran paraguas de no innovar la situación existente hasta que el Estado tenga tiempo para analizar, relevamiento de por medio, la situación en cada caso donde los conflictos sean realmente los que atañen a los derechos de los pueblos aborígenes a los que se les restituirá en un paso siguiente y si así lo amerita, las tierras comunitarias que siempre tuvieron.

Agazapados tras esta ley, oportunistas políticos se identificaron como Diaguitas y salieron a recamar el derecho a las tierras y disputar su titularidad a personas que en todo caso pueden acreditar la misma identidad indemostrable y que en muchos casos son hasta parientes cercanos.

Los caciques diaguitas, que tienen menos de una década de ejercicio son desde el hijo de una alemana hasta un agente sanitario de apellido Mamani, nacido en Bolivia, desde el hijo de un ex senador cuyos padres no se reconocen a si mismos como originarios, pero que milagrosamente por sus venas corre una sangre aborigen, hasta otra cacique que reclama ahora las tierras que años atrás vendió formal y legalmente a un comprador por que había fundido el campo.

De todos modos no se trata de invalidar los reclamos que en algunos casos son justos, el problema es que por algún motivo, no se entiende que el no innovar es para ambas partes, el que esta adentro no debe ser sacado pero el que está afuera no puede entrar.Es la justicia o el estado el que debe dirimir estas cosas cuando llegue el momento.Pero esta ley es para pueblos originarios, no para resolver problemas que atañen a la justicia ordinaria.En la mayoría de los casos estos nuevos diaguitas ni siquiera ocupan u ocuparon nunca las tierras que reclaman.

La situación es tan absurda, que según el relevamiento de la zona, seguramente realizado por algún burócrata de Buenos Aires, la comunidad diaguita puede reclamar 60000 hectáreas en la zona que incluyen los pueblos de Cachi y Payogasta.

Desde la Poma hasta Cafayate se han vivido sucesos que están enfrentando vecinos y parientes como nunca antes.

Uno de los Caciques, Armando Salva cuyo padre fue 22 años senador provincial, y quien además no se reconoce como diaguita, es un originario por decisión espontanea que cuando quiso apropiarse de la pequeña finca del ingeniero Edgardo Nieva, mandó repentinamente diez "diaguitas" de última generación a que se le metieran en la casa, reclamándola para la comunidad, y se le instalaron en los dormitorios el ingeniero. Nieva, haciendo valer su derecho valientemente, se quedó dentro y tuvo que convivir más de cuatro años en la misma casa, compartiendo los baños y las habitaciones con los intrusos, que eran a su vez alimentados por el cacique para que se queden dentro todo ese tiempo hasta que por fin la justicia los intimó a cesar la invasión.

El "cacique" Salva fue denunciado por otros aborígenes ya que, según ellos, no representa en absoluto sus intereses y el pensamiento de los originarios.

Otro caso que llega al límite del absurdo es el de los Rivadaneira. Su padre, Andrés Segundo Rivadeneira, Oriundo de Corralito, cerca de San Carlos, comenzó un negocio en los años cincuenta que no era nada sencillo. A lomo de mula subía los cerros con unos pocos burros repletos de mercadería, que canjeaba con los pastores de Jasimaná , arriba de la localidad de Pucará, por cueros y quesos de cabra que vendía luego en San Carlos.

Fue juntando dinero hasta que en los años sesenta pudo comparar, con títulos validos a su anterior propietario, unas tierras productivas en Pucará, en las márgenes del río Guasamayo y plantó pimientos que luego secaba al sol para hacer pimentón.

Sus hijos no tuvieron la misma capacidad de emprendedores y cuatro de ellos debieron vender las tierras heredadas que no habían sabido administrar.

Dos años más tarde, la esposa de uno de ellos, Esther Rios de Rivadaneira, se convirtió repentinamente en diaguita y volvió a reclamar, esta vez como cacique de Angastaco, las tierras que su marido había vendido y también la de sus otros cuatro hermanos. Uno de los perjudicados por este despropósito es su propio sobrino, Eduardo Rivadaneira.

La verdadera identidad de los que hoy se consideran a sí mismos diaguitas es motivo de una vieja discusión académica que viene de muy lejos. Conversando con Mercedes Puló, una historiadora y tenaz defensora de la cultura de los valles Calchaquies. No fue difícil percibir su desencanto con esta situación creada por diaguitas cuya ascendencia es imposible de demostrar. Básicamente porque hasta la misma denominación es controvertida. Para avalar sus dichos me acercó un escrito del prestigioso antropólogo y maestro de arqueólogos, Alberto Rex González (1918-2012) según él "no era posible interpretar con las crónicas los restos arqueológicos, de los cuales un caso bien típico es el libro de Marquez Miranda de 1948 Los Diaguitas. Ahí se pone todo el material que provenía de La Rioja y Catamarca, todo se lo coloca y se lo llama "diaguita", es decir, el pueblo que encontró la conquista, los Cacanos : todo se interpretaba con las crónicas, no había trabajo sistemático en distintos sitios que nos diesen un orden de secuencia , es decir, cómo las culturas fueron transcurriendo en el tiempo . No había profundidad histórica ni relativa, ni absoluta. Todo era interpretado como perteneciente a los diaguitas". En síntesis, según Rex Gonzalez, juntaron vestigios y armaron un relato difícil de sustentar en la evidencia. Y en todo caso, quienes reclaman y quienes poseen títulos legales de las tierras en cuestión, pueden ostentar el mismo origen cultural y territorial.

Los habitantes del valle antes de la invasión de los incas, pocos años antes de la conquista de los españoles hablaban el kakan o cacano, una lengua extinta, ya que los incas obligaron a los pobladores a hablar el quechua.No queda el más mínimo vestigio de esa lengua. En todo caso los verdaderos diaguitas estaban más cerca de Catamarca y La Rioja y nunca en la zona de Salta.

Hace poco el instituto del aborigen de la provincia de Salta tuvo que negar a unos supuestos Mapuches que quisieron que se los reconozca como originarios en la zona de Tartagal, es decir a mas de 2600 kilómetros de la zona donde realmente vivían.

Si el gobierno provincial no se pone los pantalones en este asunto es probable que la situación tome carices más violentos de los que ya tiene. En la zona de La Poma hubo agresiones físicas que provocaron que un poblador esté un mes en estado de coma y hoy tiene sus capacidades motrices disminuidas en un ataque sufrido por quienes quieren quedarse con la propiedad que durante décadas fue de su familia

Mientras conversaba con Eduardo, nieto de Rivadeneira, bajo el sombroso alero de la casa, colmado con parras de turgentes uvas negras, que se enredan y decoran las columnas que lo soportan, no podía dejar de mirar hacia adelante donde se veía una pequeña meseta, sobre ella había un viejo y majestuoso pucará que dio el nombre a la zona. Mientras la voz del interlocutor contaba las historias casi épicas de su abuelo lenta y detalladamente, su relato se iba transformando en un lamento ni bien comenzó a explicar la angustia que provocaba en su familia la cruel y absurda conducta de su tía. Con mi vista fija en ese monumento arqueológico, pensaba que si el estado no cumple con su deber, no habrá pucará que salve a esta gente de los nuevos predadores con licencia. Fuente: www.mdzol.com

21/3/17

Recordando al Patriarca del Folclore



Nuestra cultura folklórica argentina comienza a gestarse con la llegada de los conquistadores españoles a nuestro territorio. Con el transcurso de los años, fue adquiriendo características propias que crean nuevas formas de vida; al involucrarse con una importantísima cultura nativa, a lo que se fueron incorporando las manifestaciones aportadas por los negros esclavos.

Aproximadamente hacia 1820 podíamos considerar la existencia de una cultura propia que iba reflejando una identidad nacional.

Hacia finales del siglo XIX se origina en la argentina lo que se dio a llamar “La gran inmigración”, donde nuestro país se ve invadido por un número considerable de extranjeros llegados de distintos países de Europa.

Estos nuevos habitantes se instalan en las zonas de puertos y de tierra fértiles (Litoral Argentino, Buenos Aires, Zona Pampeana), como así también, pero en menor medida, en el norte del país. Las nuevas costumbres y expresiones culturales de los inmigrantes produjeron un afán de modernización que motivo la repentina desaparición de la vieja cultura (En las que iban incluidas costumbres) y su alejamiento hacia los más inhóspitos rincones provincianos.

La campaña Santiagueña, no se vio afectada por la gran inmigración y supo conservar todas las manifestaciones autóctonas que quedaron en resguardo y practicadas en los lugares más recónditos de los territorios provincianos.

Todo este conjunto de expresiones culturales relegadas al olvido contenían valores fundamentales de nuestra nación argentina. La música, la danza y el canto nativo formaban parte de esas manifestaciones; solo esperaban que alguien, con una profunda noción de patriotismo, las rescatara del olvido y las volviera a la vida.

Así don Andrés Chazarreta seria la persona quien recopilaría, decodificaría y difundiría todas las expresiones culturales ocultas en los suburbios más recónditos del monte santiagueño.

Nació en la ciudad de Santiago del estero el 29 de Mayo de 1876, desde su juventud comenzó a ejecutar diversos instrumentos (Acordeón, guitarra, mandolín, piano y violín) y posteriormente aprendiendo teoría musical y solfeo, junto a su profesor Octavio Esteban.

Ampliado sus conocimientos musicales, le permitieron componer piezas musicales que nacían de su su propia inspiración y formando luego una camada considerable de alumnos.

Allá por el año 1905, enamorado de las costumbres de su tierra; mientras se encontraba por la campaña santiagueña ejerciendo su cargo de inspector de escuelas. Sintió la necesidad de transportar al pentagrama, la música de tantos cantos y bailes que con sorpresa escuchaba en cada punto ejecutar a aquellos nativos, con alma y sentimiento.

Escuchando y observando de cerca los cantares de su tierra y embebido de sus motivos y anhelos, procuro por otra parte; de que todo aquello que iba observando no quedara en el olvido por descuido e indiferencia. En 1906, resolvió iniciar una obra de recopilación realizando unos arreglos al Himno guerrero de los Santiagueños, la inmortal Zamba de Vargas. Obra que desde su infancia la aprendió de su abuela.

Se observaba en sus composiciones la sencillez e ingenuidad con que son expuestas en el pentagrama, tratando cuidadosamente de que su esencia no varíe, ni cambie su aspecto musical. Comprendiendo que modificándolos, sería ir en contra de la naturaleza y el arte en cual se presenta a nuestros sentidos.

Hacia 1911 nace la idea de presentar por primera vez, a pesar de los escasos recursos, un conjunto criollo a la que se denomino “Compañía de Arte Nativo del Norte Argentino”. Su debut, se origino el 15 y 16 de Junio de ese mismo año en la confitería “El pasatiempo del Águila” de la ciudad de Santiago del Estero; debido a que tuvo que afrontar los primeros conflictos que se le iban anteponiendo en su camino.

El poder Ejecutivo de la provincia niega al maestro Chazarreta el recientemente inaugurado teatro 25 de Mayo mediante un decreto. Luego de programar su presentación en ese teatro, el gobierno de la provincia considero que dicho coliseo estaba destinado solamente para compañías de primer orden. La noticia desalentadora no le permito bajar los brazos, fue así que el gentil ciudadano francés, el Sr. Pablo Mazure, le ofreció un espacio en su confitería, para así poder concretar tan ansiado anhelo.

El debut ocasiono un lleno total esa noche, e impactados por dicho espectáculo y admirados por el coraje de salir en frente de tal compañía, los aplausos al maestro Chazarreta fueron calurosos.

Su éxito lo motivo llevar tal conjunto criollo a la Capital Federal, pero ese sueño para ese entonces fue inalcanzable dado a la falta de recursos económicos y sin el auspicio y respaldo de ningún gobierno o institución. Esto lo llevo a presentar su compañía en el teatro Belgrano de la ciudad de Tucumán, lo que para ese entonces ocasiono una concurrencia nutrida en plateas, pero al querer presentar su segunda función, se presentaron por parte del intendente, a dar por finalizado su espectáculo considerando que no era apropiado que las “botas sucias” de sus gauchos, pisaran el escenario de un teatro donde asistían los mas aristócratas de la sociedad de aquel momento.

Con esta expresión y con el corazón dolido mientras arribaba al ferrocarril, para regresar a su ciudad, fue despedido por un grupo de jóvenes con soberbios silbidos. Al día siguiente, se publica un artículo en un diario de la ciudad vecina; con respecto a la compañía dirigida por el señor Chazarreta y, considerando nuevamente, lo poco apropiado que era presentar un espectáculo de esa índole en un teatro, considerándolo bien apropiado para ser presentado en un Circo.

Dicha situación no motivó a Don Andrés a abandonar algo que había emprendido con un gran afán, esto lo llevo a continuar con pequeñas presentaciones con su compañía en diferentes teatros y confiterías de la ciudad de Santiago del Estero. Consiguiendo en medio cada fracaso una palabra de aliento, así para el año 1916, con motivo del Centenario de la Independencia Argentina publico su primer Álbum musical. Edición que fue realizada por suscriptores que respondieron para premiar su esfuerzo.

Reconocido por el Gobernador de la Provincia de Tucumán, el Señor Ernesto E. Padilla, solicita a Don Andrés Chazarreta una presentación en un salón de dicha ciudad con un verdadero éxito.

En 1914 en una visita a la ciudad de Santiago del Estero, el escritor Leopoldo Lugones, realizó una audición privada a Don Andrés Chazarreta y con el propósito de escribir un artículo para una revista de parís, un informe al que denominó “Música Popular Argentina”. En 1917 siente la motivación, nuevamente, de conquistar Buenos aires; llegando a pesar de que ningún empresario quiso hacerse cargo de su compañía, temiendo un fracaso de la misma.

Llego a Santiago y en 1918 organizó su primer conjunto infantil presentándolo ante el público santiagueño y luego en la ciudad de Tucumán. En 1920 continuó con sus giras por el norte argentino y finalizando en la ciudad de Tucumán, continuando en añatuya en el teatro Olimpo, cuyo empresario el Sr. Juan Mauri concretaría el sueño de conquistar la metropolita.

Ese mismo año, en tiempo ya concurrido y menos pensado, llego a publicar su segundo Álbum Musical con 25 piezas criollas. A comienzos del año 1921, entusiasmado comenzó a preparar su conjunto. Mientras realizaba los ensayos en el mes de enero y febrero con su compañía, el empresario Juan Mauri se encontraba en buenos aires en la búsqueda de un espacio para concretar el espectáculo que Don Andrés Chazarreta venia organizando.

Listo ya con su grupo de músicos y bailarines para presentarse ante el público porteño, hecho que se produjo el 18 de Marzo de 1921 en el teatro Politeama Argentino. Con un éxito inigualable y con un público sorprendido por las expresiones tan representativas y novedosas, resaltando como cantante criolla a la señorita Patrocinio Díaz. El éxito perduro por un mes y diez días.

Anteriormente a este triunfo, el 17 de Marzo de 1921 Chazarreta había realizado un espectáculo privado. El espectáculo estaba destinado a la prensa, escritores y al ambiente cultural en general, entre ellos el reconocido escritor Ricardo Rojas, quien al día siguiente, publicó un artículo en el diario “La Nación” denominado “El Coro de las Selvas y las Montañas”.

El público porteño había visto de la mano de Don Andrés Chazarreta renacer aquellas expresiones culturales que habían sido relegadas al olvido por diversos motivos, y que contenían valores fundamentales de nuestra nación Argentina. Ese fue el día esperado en que alguien, con una profunda noción de patriotismo, rescato del olvido y volvió a la vida a todo ese conjunto de expresiones bien Argentinas.

Luego de un rotundo éxito, la prensa se ocupo del valor cultural de ese espectáculo y la labor que venía llevando a cabo Chazarreta. A fines de 1921, regresaba de Buenos Aires luego de dar treinta presentaciones en el teatro Apolo. Luego de un espacio de dos años, continuó con sus giras. Desde 1923 hasta 1936, con otros elementos que iba incorporando a lo largo de su difusión, resaltando como cantantes Elenita Motola, Juanita Gilardi, entre otras.

Surgió la necesidad de plasmar todas esas expresiones musicales interpretadas por la orquesta dirigida por el maestro Andrés Chazarreta, y así fue que comenzaron las grabaciones en diferentes sellos discográficos, como ser Discos Nacional (Discos Odeón), TK, Music Halls, entre otros. Luego en 1929 es contratado por la reconocida empresa discográfica “RCA Víctor”, convirtiéndose más adelante en Artista exclusivo de la RCA.

Se estima que en la RCA Víctor grabo alrededor de 400 obras entre ellas de su autoría y recopilaciones. Lo hizo con su Orquesta típica de arte nativo, solos de guitarra, conjunto de guitarras y arpa, dúos etc.

La orquesta de Don Andrés Chazarreta, estuvo conformada de innumerables maneras, pero siempre respetando los instrumentos típicos para la ejecución de música folklórica y su esencia silvestre. Llego a tocar con una orquesta de veinte músicos, entre ellos resaltaron músicos excelentes y algunos con destreza, como la fue la del reconocido arpista ciego Domingo Aguirre.

En lo que respecta en la parte del canto participaron voces femeninas y masculinas, entre esas hay que resaltar a la cancionista Patrocinio Díaz, Juanita Gilardi, Elenita Motola entre otras. En la parte masculina intervinieron las voces de Santos R. Catan (Bailarín y cantante criollo) con el acompañamiento de Don Andrés Chazarreta, también el dúo Ruiz-Acuña y el dúo A. Gonzales-M. Noriega.

En la parte de danzas que conformaba el grupo de baile de la compañía, resaltaron figuras importantísimas a lo largo de la trayectoria de la compañía de arte nativo, como ser Narcisa Ledesma (bailarina competente de aproximadamente 80 primaveras), Antonio Salvatierra “Antu Puncu”, Narciso Gómez entre otros.

El grupo de baile tuvo aproximadamente entre veinte integrantes, entre ellos gente de zonas aledañas a la ciudad y conocedores de las innumerables danzas que eran practicadas en la campaña Santiagueña.

En el año 1936, luego de conquistar al país con sus presentaciones, decidió reorganizar su conjunto infantil, viendo que en niños de edad escolar, tomaban con simpatía las danzas autóctonas. En 1937 el presidente de la Republica Argentina Gral. José P. Justo en una reunión con ministro resuelve otorgar un subsidio a Don Andrés con el objetivo de llegar a Buenos Aires y ofrecer en un Teatro cincuenta presentaciones, destinados a alumnos de escuelas normales y colegios Nacionales.

Integraban numerosos niños el conjunto infantil, entre ellos Marcelo y Víctor Abalaos, realizando una pequeña gira con este grupo de bailarines a córdoba y Tucumán. Para 1938 continuo con la recopilación de motivos criollos y componiendo hasta 1948, catorce vals con los respectivos nombres de las provincias Argentinas.

En 1941, junto a su hija Ana Mercedes Chazarreta, compositora, concertista de guitarra y discípula del maestro Julio A. Sagreras, deciden crear la primera institución dedicada a la enseñanza de las danzas nativas, con el nombre de “Instituto de Folklore Andrés A. Chazarreta” Con una considerable cantidad de alumnos, quedo inaugurado la escuela de danzas en la capital federal. Con un breve discurso oficiado por el Maestro Chazarreta.

Se crea en 1942 la orquesta de arte nativo con elementos de la orquestal Buenos Aires y músicos criollos, debutando el 3 de Mayo de ese mismo año, en el teatro Ateneo contando con la presencia del Presidente de ese entonces Dr. Castillo, altas autoridades y público en general.

Ese mismo año, arriba a nuestro país el grupo Walt, empresa norteamericana dirigida por Walt Disney, en una gira por latino América en busca de nuevas expresiones populares. En su llegada a Buenos Aires, se solicita a Don Andrés Chazarreta realizar una presentación privada en la terraza de un hotel con su compañía de músicos y bailarines para la empresa norteamericana.

Las representaciones y ejecuciones de danzas tradicionales, le sirvieron de modelo para la creación del personaje “el gaucho Goofy” del la película “saludos amigos”, y más adelante para la película “Tres caballeros - El gauchito volante”.

Llego a publicar ocho Álbumes de música nativa para piano, tres para guitarra, un Álbum de coreografías descriptivas de las danzas nativas y, aproximadamente, entre cincuenta piezas sueltas para piano y guitarra. Entre sus publicaciones cabe destacar composiciones musicales de gran interés como “El Kakuy” (tango milonga) y” Santiaguito” (Tango criollo).

Entre sus recopilaciones y composiciones se debe destacar: Siete del abril, La criollita Santiagueña, El 180, Anita (Mazurca dedicada a su señora esposa Anita palumbo), el malambo, A orillas del Dulce, Cuando nada te debía, El Pala pala, la firmeza, el palito, Cuando yo me muera, entre muchísimas más.

En 1959 es homenajeado, conjuntamente con otros artistas, al cumplir las bodas del oro como artista exclusivo de RCA Víctor. En su lugar asistió su hijo Agustín Chazarreta para recibir la medalla Víctor de oro, debido a que el estado de salud de Don Andrés Chazarreta comenzó a quebrantarse.

A comienzos de 1960, a Don Andrés Chazarreta, le toca afrontar el fallecimiento de su Señora esposa Anita Palumbo, y sumado el deterioro de su estado de salud; el Patriarca del Folklore Argentino dijo adiós definitivamente minutos antes de la medianoche del 24 del abril de 1960.

La Merced recogió su silencio eterno, como fiel feligrés de nuestra señora del la Merced, fue velado en dicho templo y luego despedido con el acompañamiento de campanas. La presencia de la banda de música de infantería 18, una camada de músicos y entre civiles, que lamentaban la pérdida de un grande del folklore Nacional, ejecutaron en su acompañamiento la zamba de Vargas, la siete de Abril y el Vals Santiago del estero.

Para Chazarreta sus sueños se habían concretado, solo quedaba que el pueblo con un verdadero afán de patriotismo como lo fue el, siguiera en la lucha incansable de defender, preservar y difundir nuestra identidad cultural. Todo aquello que nos identifico e identifica como verdaderos Argentinos.

Solo queda decir, que no es posible proyectar un futuro artístico, social y cultural sino se rescata lo valioso que nos lego el pasado. Fruto de grandes patriotas, luchadores por amor al arte y las expresiones populares derivadas del sentimiento profundo de aquellos que fueron gestando una nación, e inspirados por los motivos silvestres que ofrecen estas tierras. Fuente: www.aleroquichua.org.ar

14/3/17

Una vieja crónica nos permite conocer algo más al enorme “Coquito” Caceres



Por Roberto Vozza.
Extraída de una vieja crónica de Sebastián Lopez. Fotos Omar Estanciero

El conocer más cercanamente aspectos de la vida de aquel célebre “juglar” de las calles santiagueñas, “Coquito” Cáceres, resultó siempre un misterio pero que no dejó por ello de engrandecer aun más a quien se reconoce como un mito popular.

En estos días, repasando el enorme archivo personal de crónicas del folklore santiagueño que atesora un cultor de estas cosas como lo es Omar “Sapo” Estanciero, aparecieron algunas notas dedicadas a él. Son publicaciones de larga data pero que no mucho aportan para conocer en profundidad a quien fue un cantor popular con un sinnúmero de anécdotas graciosas que quedaron para la historia.

Sin embargo, en la entrevista que le hizo Sebastián López, destacado periodista de “El Liberal” de entonces, y que se publica el 27 de junio de 1971, se rescata algo de la intimidad del inolvidable trovador.

El encuentro fue en aquella humilde morada que Cáceres habitó en la calle Caseros casi Alsina. “Un galpón de incompleto techo de chapa por donde se podía ver el cielo, donde Coquito, sentado en un destartalado catre, rasguea suavemente su vieja guitarra acompasando una chacarera que rebota en las paredes donde de un clavo cuelga una deshilachada camisa a cuadros”. Y describe el periodista:”una nota de color en el ambiente frio del piso de tierra recién barrido”.

La pregunta inicial fue cuando nació.” Seis años antes del comienzo del siglo XX (1894), en octubre, cuando las flores revientan; por eso soy alegre. Mirando a otros aprendí a rasguear la guitarra para meterme por esos arrabales de ranchos de quincha y perros desatados y codearme con bohemios y doctores”, contesta.

Cuenta que por 1935 integró la orquesta “Blanco y Negro” que componían, entre otros amigos de su juventud Pedro Ríos y Juan Loto; mas después se dedicó a la música y el canto solo para actuar en fiestas. Así anduvo por todos los rincones de la provincia como Villa Brana, Las Tinajas, Campo Gallo, Los Telares, Averías, Salavina, Silípica, animando reuniones familiares y en boliches alumbrados a querosén.

Un día se fue a Tucumán con el mismo objetivo donde permaneció cinco años. Después lo tentó Buenos Aires tras un trabajo más rentable. Allí ofició de maestro pastelero pero sin dejar nunca la guitarra que lo acompañaba a todos lados.

Y volvió a Santiago para rehilar su bohemia y habitar aquel modesto refugio de la calle Caseros, que en un tiempo compartió con su hermano Juanito - conocido por sus improvisados sketchs unipersonales - para cantar por las calles de la ciudad y alternar el desaparecido “Rincón de los Artistas”.

Y mientras el diálogo sigue, el periodista entrevistador observa y describe…” en un brasero próximo, cuatro leños encendidos calientan la triste comida del mediodía. Hierve el agua en la cacerola entibiando un pedazo de hueso y dos papas negras mal peladas que rendirán más tarde tributo al hambre de este viejo cantor de soledades”…

Y no faltó la anécdota, graciosa pero “no inventada” como el mismo dice, como ese cuento que afirma que era hijo de Gardel… “Pero si, es cierto. Un día cuando iba a una farra en Chumillo me alcanzó un tipo manejando un carro y me invitó a subir… “Yo le contesté… estás loco! no quiero morir en un accidente como Gardel, mi papá!...

Sobre el final de la entrevista reveló haber compuesto algunos temas, no poco graciosos por su contenido ingenuo. Pero uno, titulado “La Monzonera” sintetiza la vida de un bohemio trasnochador cuando expresa…”con mi guitarra voy siempre cantando por los caminos, sin saber cómo ni cuándo encontraré mi destino”.
"Para mí no hay rumbo fijo, voy a donde corre el viento; y aunque sufra lo que sufra, siempre me verán contento

Coquito Cáceres le puso música a una chacarera trunca titulada “Huella del destino”, y cuya letra es obra de quien fue su protector, don Pedro Evaristo Díaz. Está registrada en SADAIC pero solamente como autoría de don Pedro porque Coquito no aceptó figurar.

Entre las memorias de Diaz existe una partitura musical de esa chacarera donde se impronta su nombre y el de José María Cáceres que no es otro que “Coquito”. Ahí se revela su autentico nombre.
Justamente, el dueño del “Rincón de los Artistas” decidió un día en un gesto de enorme sensibilidad humana alojarlo en su casa de Moreno y Alsina.

“Se manifestó ser un hombre afable, correcto y muy educado, y para mí fue una suerte de abuelo postizo”, supo recordar en estos tiempos Chuni Cardozo, nieto de Díaz.

Seguramente ello aconteció coincidiendo con la entrevista de Sebastián López, quien describe al mítico cantor, con casi 78 años de edad, como ya viejo y enfermo.

Por lo demás, siguen las incógnitas como saber donde nació, en Buenos Aires o Santiago; o de donde vino y si tuvo familia… Tampoco se supo de su final terrenal, cuándo ocurrió y quien se hizo cargo de sus restos mortales. Probablemente, y a modo de ocurrencia, estos habrían sido sepultados en el osario común del cementerio de La Piedad… Nadie se enteró ni se publicó…Acaso siguiendo el derrotero del solitario y romántico cantor del pueblo que quedó convertido en leyenda…
Publicada en Facebook por Patio Santiagueño

13/3/17

Benjamin, Kafka y Shunko en el aula


Por Héctor Alfredo Andreani

Pues la realidad es extraordinariamente superior a cualquier relato (…) a cualquier divinidad. No se necesita más que el genio de saber interpretarla.

Antonin Artaud



Tremendo Artaud ¿no? pero el asunto de la genialidad podríamos dejar a un lado por ahora, y pasar a pensar eso que él postula como realidad. En realidad, es más chiquito el tema, se trata de estrategias de una lectura otra en el aula. Sí, el tema era algo que pasa en el aula, no Artaud. No me refiero a la didáctica de la literatura (fundamental, pero muy cacareada y poco practicada), sino más bien a la perspectiva, y no tanto a la pedagogía. Aprender a mirar lo que quiero laburar en clase con los changos y las chicas respecto de la literatura, antes que buscar estrategias de lectura en los manuales.

Repito: es fundamental esto también porque hoy en día la muchachada del secundario tiene muchos problemas de comprensión textual, ya sabemos. Pero igual me quiero enfocar en otra cosa. En las posibilidades reales de la crítica literaria para hacer alguito convincente en el aula. Escribo esta nota porque Santiago del Estero se caracteriza por tener cientos y cientos de docentes formados en crítica literaria, pero ninguno la ejerce. Es verdad que vivimos en una zona marginal de Argentina, con una población considerada sobrante al gran capital, con un sistema educativo degradado que refleja perfectamente ese estado de sobrepoblación sobreviviente, y con la consecuente ausencia de mercado editorial local, que solo se sostiene precariamente con aportes magros del estado nacional. Amén por el tesón de las ediciones de bolsillo, gracias. Pero igual, viendo así este páramo social que sobrevive con un 87 % de presupuesto que llega de nación y de la renta agraria (soja), la crítica literaria se convierte en un objeto de lujo, o un artefacto más inútil.

No importa, igual voy a proponer algo. El asunto central es la política de la interpretación. Hay manifestaciones de la crítica cultural que atentan potencialmente contra la idea de coherencia textual, concepto impuesto religiosamente a los chicos en las clases de lengua, en la idea de que todo texto es una suerte de máquina generadora de significados. Y sólo esa máquina-texto lo permite, porque sus engranajes (recursos cohesivos) actúan “armónicamente” para que nosotros entendamos. Por ende, nos formaron con la idea de que los discursos son “engranajes” visibles que forman un texto, es decir, una bonita y tranquilizadora idea clasificadora sobre el envase del lenguaje humano (en el fondo nos sentimos tranquilos clasificando cosas).

Pero nunca falta alguien que se propone meter la cuchara al revés. Por ello, pasemos al autor que nos interesa. En la crítica cultural, un texto puede no ser un texto sino un discurso que implica categorías más amplias, contextos y materiales coyunturales que pueden avalar la fragmentariedad como estrategia eficaz de interpretación. Esta idea puede ejemplificarse con el ya conocido -crítico alemán- Walter Benjamin (en la década del 30), quien al interpretar la obra de Franz Kafka, utilizaba materiales diversos procedentes de contextos alejados (como ya sabrán, era coleccionista de muñecos, figuritas, libros, películas, etc.), pero en los cuales Benjamin encuentra un principio de certeza para revelar aspectos del capitalismo.

La leyenda cuenta que Gerhard Sholem le pidió una opinión a su amigo Benjamin, acerca de una biografía sobre Kafka, publicada recientemente en su momento. El autor de la biografía era Max Brod (amigo íntimo y autodeclarado exégeta de Kafka). Siempre perseguido por los nazis, Benjamin contestó a su amigo Sholem en una carta, que a nuestro juicio, debe ser estudiada como modelo de crítica en cualquier profesorado en literatura. Resumo: Benjamin refuta impiadosamente la interpretación de Brod, quien en su ejercicio de exégesis postulaba que Kafka se acercaba a la santidad (una actitud pietista), y que escribía de modo “aparente”. A partir de esto, Benjamin da vuelta todo el asunto, y propone que la literatura de Kafka se mueve entre dos ejes: el peso de la tradición (su mito), y el vértigo del hombre moderno. Para refutar a Brod, Benjamin cita un texto excepcionalmente distante, fuera del contexto “literario”, casi forzosamente, pero con resultados iluminadores: Benjamin utiliza un fragmento de Sir Arthur Eddington (1882-1944), físico y astrónomo británico, colega y amigo de Einstein. El científico Eddington (o Benjamin interpretando a Kafka) citado por el crítico alemán, dice así:

Estoy en el umbral de la puerta, a punto de entrar en mi cuarto. Lo cual es una empresa complicada. En primer lugar tengo que luchar contra la atmósfera que pesa con una fuerza de un kilogramo sobre cada centímetro cuadrado de mi cuerpo. Además debo procurar aterrizar en una tabla que gira alrededor del sol con una velocidad de 30 kilómetros por segundo; sólo un retraso de una fracción de segundo y la tabla se habrá alejado millas. Y semejante obra de arte ha de ser llevada a cabo mientras estoy colgado, en un planeta en forma de bola, con la cabeza hacia fuera, hacia el espacio, a la par que por todos los poros de mi cuerpo sopla un viento etéreo a Dios sabe cuánta velocidad. Tampoco la tabla tiene una sustancia firme. Pisar sobre ella es como pisar un enjambre de moscas. ¿No acabaré por caerme? No, porque si me atrevo y piso, una de las moscas me alcanzará y me dará un empujón hacia arriba; caigo otra vez y otra vez y me empuja hacia arriba y así sucesivamente. Puedo por tanto esperar que el resultado total sea mi permanencia siempre aproximadamente a la misma altura. Pero si por desgracia y a pesar de todo cayese a suelo o fuese empujado con tanta fuerza que volase hasta el techo, semejante accidente no sería lesión alguna de las leyes naturales, sino una coincidencia extraordinariamente improbable de casualidades…Cierto que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un físico traspase el umbral de una puerta. Si se tratase de la boca de un granero o de la torre de una iglesia, tal vez fuera más prudente acomodarse a ser nada más que un hombre corriente, entrando simplemente por estas puertas, en lugar de esperar a que se hayan resuelto todas las dificultades que van unidas a una entrada libre de objeciones

Qué lindo cuentito de terror ¿no? No podía dejar de mostrar este maravilloso texto para que se comprenda el método interpretativo de Benjamin. Cierto es que esta imagen de Eddigton le sirve a Benjamin para interpretar (o usar, o leer políticamente) la obra de Kafka. Cualquiera que haya leído a Kafka, habrá notado que este fragmento de Eddington es perfectamente kafkiano. Algo como una coherencia aparece nítida (pero como una estrategia más) en el comentario siguiente de Benjamin, quien prosigue: “No conozco ningún pasaje en literatura que muestre en tal grado el gesto kafkiano. Se podría sin esfuerzo acompañar casi cada paso de esta aporía física con frases de la prosa de Kafka, y no habla poco a favor de ello que nos encontrásemos con las (frases) más incomprensibles”.
Mi intención es mostrar que la coherencia textual sí es válida como una estrategia de lectura, no como una teoría de la lectura que explica lo que el “texto propiamente” dice. Por ejemplo, pareciera haber cierta similitud metodológica, pongamos por caso, entre Umberto Eco y el crítico alemán, en esta frase: “cualquier interpretación dada de cierto fragmento de un texto, dice Eco, puede aceptarse si se ve confirmada –y rechazarse si se ve refutada- por otro fragmento de ese mismo texto”. El problema es que dicha estrategia sufre como consecuencia un reduccionismo del significado del texto (en la teoría de Eco) y una apertura evidente e iluminadora (en el caso benjaminiano). ¿Por qué? Eco postula que no puede interpretarse cualquier cosa sobre un texto (entiéndase “texto” como una guía exclusiva para algunos), y que siempre deben controlarse “los irrefrenables impulsos del lector”. Es irrefutablemente verdad que Benjamin realiza una hipótesis de lectura sobe Kafka, pero dicha coherencia textual no tendría sentido sin la aporía física de Eddington.

Aunque me caiga bien, Eco no me sirve. El fragmentarismo de Eddington y Kafka devela sobre el mundo mucho más por alusión que por afirmación. Ahí está el chiste. Lo interesante del uso benjaminiano de Kafka es que aparece en evidencia la idea de un discurso conectado con el campo de fuerzas sociales. No como “sistema coherente”, o “intención textual”, porque conectar dos puntos tan distantes como Kafka y Eddington (sumado a Benjamin como tercer vértice de un triángulo dramático) es develar críticamente una visión de la época, no sólo una intención autoral o textual. Además, Benjamin usó el discurso kafkiano desde su propio trasfondo cultural y lingüístico. Queremos decir: es posible que el fragmento de Eddington sea nada más que la confirmación de los temores de Benjamin mismo, como lector perseguido de la preguerra, como hombre moderno, como judío marxista amenazado. Y encima, refutando la posibilidad de acceder, y menos respetar, el ilusorio trasfondo del “texto mismo”.

Hace muchos años (hoy ella y sus deslices ya no me interesan) Beatriz Sarlo observaba que Benjamin “construye un conocimiento a partir de citas excepcionales y no sólo de series de acontecimientos parecidos”. Esta filosofía de lo fragmentario como crítica cultural pone en riesgo la idea de una coherencia, de una coherencia textual interna. Más gracioso, todavía, cuando se pretende una coherencia “literaria”. El acierto en Benjamin, entonces, fue no sólo interpretar a Kafka, sino una mentalidad cultural de la época. He aquí la evidencia de una buena patada a cualquier profesor-policía en lengua, que piense al texto como una máquina autónoma, encerrada en sí misma. Sí, de esos que pululan en el perro peludo que es el degradado sistema educativo.

Imagínense, con un mínimo esfuerzo, si trasladáramos el método benjaminiano al ámbito educativo: ya no más analizar 10 sustantivos en un cuento, ya no más analizar sujetos y predicados en un relato de terror (matándolo al cuento, claro). Sencillamente, no más textos encerrados en la impotencia de sus propios análisis dirigidos desde y hacia adentro de ellos mismos. Sencillamente, textos conectados con la historia, la sociedad y las ideologías, a través de indicios detectivescos, huellas invisibles e intenciones ocultas, con opiniones del abajo y no sólo del arriba (acuérdense de que Benjamin no estaba muy acomodado socialmente, o sea que su escritura seguía siendo más del abajo que del arriba, ese arriba que representaba el Olimpo infranqueable de Adorno y Horkheimer).

Relacionar un relato policial con las anécdotas cotidianas de los alumnos, de ahí conectar con algo que vieron en la tele, ir escribiendo, discutiendo esas consideraciones en grupo, entre otras. Cualquier cosa puede suceder, cualquier discurso puede ingresar para dialogar con el texto base. Las matemáticas, la historia o el accidente de la vieja de la vuelta de la esquina. Sencillamente, Benjamin propone una lectura de la sospecha que dispara la curiosidad hacia otras lecturas absolutamente impensadas.

Qué difícil que es, qué desafiante que se presenta el asunto, qué bárbaro sería que los changos y las chicas –en la clase de “lengua”- se prendieran en esta didáctica de la crítica benjaminiana, pero adaptado al también degradado ambiente anti-intelectual de la educación local.

No van a creer ustedes, pero cierro el texto con otra cosa. Ahora ya saben cómo podríamos leer y trabajar a Shunko de otro modo (uno de tantos, claro). No desde el folklorismo o la estética de la pobreza, sino como la lectura detectivesca de indicios que te abren la puerta, es decir, la llave para ver la coherencia cultural de una época. Una época reciente, y tal vez cercana. • Fuente: Revista Cabeza