18/11/16

Las achuras, “comida de esclavo” y el aporte Afro a la gastronomía argentina

Por Esteban Lleonart

Las achuras, que representan quizás aquello más característico del asado argentino, son una herencia de la esclavitud. En diálogo con el antropólogo Pablo Cirio, buscamos en la historia los aportes afroargentinos a la comida nacional.



Contaba Jorge Luis Borges que allá por la década del ’20, cuando comenzó a frecuentar a los compadritos de Buenos Aires, que un día al regresar a su casa luego de haber comido con ellos, su madre lo increpó: “¿No habrás comido esas porquerías que comen los esclavos?” Se refería a los chinchulines, mollejas y otras partes de la vaca que la sociedad “bien” no consumía y que, a pesar de que la esclavitud quedó abolida definitivamente con la constitución de 1853 (y que Buenos Aires debió aceptar en 1860), seguía estando en aquellos comienzos del siglo XX asociada a los negros argentinos.

En Buenos Aires el primer ingreso de esclavos fue en 1585, aunque el comercio de seres humanos traídos de África en el actual territorio nacional es anterior. Si tomamos 1860 como fecha final, estamos hablando de al menos 275 años de esclavitud en las provincias del Virreinato del Río de la Plata, sin contar que, como los indemnizados fueron los amos esclavistas pero no así los negros que habían sido víctimas, muchos debieron seguir trabajando en una condición de servidumbre que no difirió mucho de la dominación anterior. Esa servidumbre – antes y después de la abolición – tuvo mucho que ver con la cocina. A partir de la década de 1880 empieza la “moda” de las sirvientas francesas, o al menos europeas, pero antes de eso, era muy común que preparar la comida fuera providencia de los negros.

Los negros acá tuvieron que hacer todas las comidas para el amo, además de cocerle la ropa, plancharle, todo… hasta trabajo sexual, obviamente no consentido, del que viene mucho del mestizaje actual, muy poco reconocido”, explica Pablo Cirio, antropólogo y Director de la Cátedra Libre de Estudios Afroargentinos y Afrolatinoamericanos de la Universidad de La Plata. Cirio cuenta que, al tener que hacer tantas tareas al mismo tiempo, se popularizó una cocina de en base a guisos y cocciones lentas, ya que esto permitía a los esclavos desarrollar varias actividades al mismo tiempo. En tantos siglos de cocinar guisos y pucheros, puede suponerse que haya habido aportes a las cocciones y condimentaciones hechas por los negros en nuestro territorio, aunque claro, al ser un tema poco estudiado, no existan grandes evidencias de ello. Sí la hay, sin embargo, de que los eran muy hábiles con los dulces, y ya en la época de Rosas había libertos (o sea, hijos de esclavos que debían pagarle una renta a sus amos) que vendían mazamorra y pastelitos para generar ese ingreso.

Volviendo al asado, en épocas en que no había métodos de conservación de las carnes y con abundancia de vacas para comer, los blancos consumían la carne asada, pero no así las achuras, que se tiraban a la basura. “La tripa gorda, los chinchulines, las mollejas…  todo eso es un aporte de la cultura del desperdicio, de los negros que consumían lo que sus amos desperdiciaban, a la culinaria argentina, y que hoy es como el ABC de la argentinidad”, sostiene Cirio.

Esta puede relacionarse también al caso de Antonio Gonzaga.  Autor de “El Cocinero Práctico Argentino” en 1931, Gonzaga fue un negro correntino que se destacó en alta cocina y que trabajó para el Congreso Nacional y diversos hoteles de lujo.  En sus recetarios hay descriptas muchas técnicas para la preparación del asado, y se lo considera responsable por haber difundido en la alta sociedad porteña el consumo de las achuras, el chorizo o las criadillas, por las que fue célebre. También fue famoso su puchero, otra comida relacionada a las cocinas de esclavos durante la época colonial. E incluso Cirio imagina que quizás las salsas que Gonzaga creaba y bautizaba con nombres de fantasía bien podrían ser antiguas salsas africanas, nombradas al gusto de los blancos.

Hubo una clase alta negra, de gente muy preparada intelectualmente, como Gonzaga, que todavía existe, y que generalmente ascendió socialmente ya en la época de Rosas a costa de desentenderse de su africanía, abrazando los valores eurocentrados, entre ellos la comida, obviamente.  Eso lo obligaba a vestirse de determinada manera, a no ir a los candombes, a no reproducir nada que no sea de desagrado del blanco, como las lenguas africanas o la religión… muchos empezaron a estudiar abogacía, medicina, y artes plásticas europeas, viajar a Europa para perfeccionarse… y en este caso, bueno, las cocinas”, asevera Cirio. De hecho Gonzaga se describía en los libros como “criollo”, que quiere decir “hijo del país”, pero no como negro.

Sin embargo, y más allá de estos aportes, no puede hablarse propiamente de una cocina afroargentina (ya que, entre esclavitud y pobreza, su cocina se basó más en rescatar desperdicios y comer lo que se pudiera), y ni siquiera ser muy específicos sobre el aporte de esa comunidad a la gastronomía nacional. Junto con la invisibilización de la comunidad afrodescendiente de la argentina (a partir de 1887 se dejó de contar a la población negra en los censos, y se empezó a utilizar el término ambiguo “trigueño”) vino también una falta de estudio sobre sus aportes, en general reducidos a estereotipos coloniales, sin considerar su presencia continua y actual, muchas veces identificada con la pobreza, a la que quedaron relegados quienes mantuvieron su identidad afro, en general puertas adentro, para evitar la discriminación.

Incluso en muchos casos el “blanqueamiento” cultural ha llevado a que muchos afrodescendientes no se perciban como tales. Eso complica, según Cirio, saber cuál es la cantidad actual descendientes de negros que hay en el país. Algunas estimaciones han dicho que son unas 2 millones de personas, o el 4% de la población. Según el censo de 2010 habría 149.493 afrodescendientes en el país, el 0,37% de la población, pero de acuerdo a Cirio, está mal medido: “Porque en primer lugar depende de quién se auto percibe como afrodescendiente, lo que requiere un trabajo de autopercepción previo. Son culturas lastimadas históricamente, como en una época podía ser reconocerse gay”.

6/11/16

Leocadio del Carmen Torres, eterno Mansero

Publicado en el Nuevo Diario
Memorias de un caminante. Escribe Juan Carlos Carabajal


Tuve el privilegio de ser su amigo y compartir hermosos momentos tanto en su casa de la calle Cochabamba de la Capital Federal como en peñas y festivales de cualquier lugar de la geografía argentina. Siempre con una sonrisa a flor de labios, siempre con el recuerdo gracioso como con la anécdota picaresca que guardaba en su memoria prodigiosa. Caballero, respetuoso y franco. “Un hombre de antes” según la calificación “saavedriana”.

Una larga carrera

Nacido el 14 de febrero de 1929 en Cara Pujio (Depto. Banda) “a los 4 años mis padres que eran finqueros me llevaron a San Andrés. Allí mi padre, Mauricio Lugones puso un boliche donde se jugaba a la taba, había carreras cuadreras y grandes tenidas de truco. A los 18 años me fui a trabajar a Vilmer y luego a Buenos Aires, sueño dorado de todos los provincianos”.

La primera incursión con la música fue integrando el conjunto de los Hermanos Ríos. Llegados a Santiago debutaron en la vieja emisora LV11 y luego en un baile en Las Cejas. De vuelta a B. Aires formó dúo con Valentín Campos y se vinieron a Termas de Río Hondo. Allí conoció al “Negro” Onofre Paz dando comienzo a otra etapa.

Con otros dos músicos actuaban en la emisora LV11 donde el director artístico don Alberto “Huesito” Pérez les sugirió que le pusieran un nombre al conjunto para poder cobrar más. Ahí nacieron “Los Manseros Santiagueños”.

La historia adquiere otro matiz cuando aparece en escena Carlos Carabajal quien les propone viajar a Córdoba. Les hicieron una peña de despedida y allí fueron los tres a enfrentar su propio destino. Instalados de nuevo en Buenos Aires siguieron buscando oportunidades.

El gran espaldarazo lo recibieron de parte de Santiago Ayala “El Chúcaro” que los llevó a Cosquín. En el gran escenario cantaron “Chacarera del chilalo” y “Huaico Hondo”.
La vida de Leocadio es tan caudalosa que supera con creces el espacio disponible en esta evocación. Digamos que su conexión con Onofre Paz perduró hasta que nuestro personaje sufrió un ACV y quedó inhabilitado para actuar aunque con mucho esfuerzo integró Los Manseros Santiagueños de Leocadio del Carmen Torres.

Su vida es digna de ejemplo. Se casó con la choyana María Eugenia Gómez (la tía Mary) y tuvieron a Hugo que ha seguido la vocación de su padre conformando su propia carrera como solista.

Este cantor tan particular, este hombre sencillo y afable, amigo de los amigos, el forjador junto a Onofre Paz de un estilo que es imitado por muchos cantores populares,

El intérprete que se formó en las mesas del Rincón de los Artistas, el desaparecido reducto regenteado por don Pedro Evaristo Díaz, el autor y compositor que ha legado piezas imborrables como “De La Banda a Santiago”, “La penadora”, “La otumpeña” “Cueca de Río Hondo”, “No vas a creerme” por nombrar solo unas pocas composiciones que perdurarán en la memoria del pueblo.

“Charles Bronson de Atamisqui” como lo bautizara con gracia el inolvidable Hugo Díaz.

Se fue pero lo recordaremos cada vez que escuchemos a Los Manseros y lo oigamos a él recitar la “Apología de la chacarera” o cualquier poema de su admirado Dalmiro Coronel Lugones.

De un día para otro se fue nuestro amigo. Ya lo estamos extrañando.

2/11/16

TUCUMAN: Demostró que el arrope de chañar es muy bueno para la tos

El mistol tiene propiedades semejantes. La investigación sigue una recomendación de la OMS: validar saberes de la medicina popular.


Y resultó que las abuelas tenían razón. Adrián Reynoso demostró, en el trabajo con el que obtuvo su doctorado en Farmacia, que el mistol y el chañar poseen propiedades antitusivas, expectorantes, antiinflamatorias y analgésicas. Su tesis ha sido publicada en dos importantes revistas científicas: “Journal of Ethnopharmacology” y “Journal of Nutrition & Food Sciences”. Y está feliz, buscando ahora identificar las moléculas específicas que son responsables de la acción terapéutica.

Hemos podido demostrar sus cualidades y, lo que también es importante, su inocuidad, es decir, que no tiene efectos colaterales dañinos”, resalta mientras busca en la heladera el frasco de arrope de chañar. En el laboratorio de la cátedra de Farmacoquímica de la Facultad de Bioquímica de la UNT tiene su sede el equipo del que forma parte Reynoso. Hace más de una década lo fundó Alicia Sánchez Riera (ya jubilada) para estudiar las plantas que los pueblos originarios utilizaban para tratar sus enfermedades. La tesis de Reynoso fue dirigida por Nancy Vera, quien destaca que la validación de las propiedades medicinales de las plantas y la constatación de su inocuidad han sido recomendadas por la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Muchas ventajas

Además de validar el uso medicinal de estos frutos, este trabajo puede tener fuerte impacto social: preservar saberes ancestrales, y ayudar a preservar la biodiversidad, a generar fuentes de trabajo y a producir medicamentos -siempre que se sigan los procesos correctos- a un costo mucho menor que el de los laboratorios”, resalta Vera.

La costumbre norteña de usar arrope de chañar para combatir problemas respiratorios puede además potenciar las economías regionales. El chañar es un árbol que se distribuye en una zona muy amplia”, cuenta Reynoso, y enumera: desde Tucumán, Santiago del Estero, Chaco y Formosa hasta Cuyo, La Pampa y Río Negro. También se da en Chile, en el chaco boliviano y en el oeste de Uruguay. El trabajo de Reynoso analizó tanto frutos (de los que extrajo extractos), de la localidad santiagueña de Icaño, como arropes que producen los lugareños, y en ambos casos comprobó las propiedades. “Queremos estandarizar la producción del arrope; no debe contener azúcar y habrá que variar las condiciones de temperatura, porque pierden un poco su capacidad antiinflamatoria a causa del calor”, destaca.

Pruebas preclínicas

Las investigaciones, tanto de chañar como de mistol, superaron los ensayos preclínicos, y ambos demostraron su eficacia terapéutica y su inocuidad; la única diferencia es que el efecto analgésico es más fuerte en el caso del chañar. Reynoso cuenta que este actúa de modo semejante a la morfina. “En diferentes dosis, claro, pero los receptores y los antagonistas son los mismos”, aclara. Fuente: lagaceta.com.ar