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23/3/17

Diaguitas con apellido alemán reclaman territorios ancestrales

En un artículo titulado "Diaguitas sin pecado concebidos", el periodista Gabriel Levinas denuncia un curioso caso que sucede en Salta.


Los "Vallistos" son sus habitantes naturales, Son la suma de invasiones y conquistas. Incas y españoles intentaron borrar la identidad de sus pobladores que a veces peleaban, se resistían y otras simplemente se sometían. Pero el sometimiento no era la única opción, los Coyas por ejemplo, más al norte, jamás entregaron su identidad, la conservaron y guardaron ocultándola de la mirada vigilante de los españoles.

Esta mezcla étnica laboriosa y orgullosa de su pertenencia a la dura geografía que los abriga, ha sobrevivido a los invasores fundiéndose con ellos. Ha sabido también minimizar los daños colaterales del progreso sin desaprovechar lo que este tenía para ofrecer. El vallisto es la confluencia de habitantes provenientes de distintas regiones: la puna, los valles bajos, Santiago del Estero y por supuesto los españoles. Esos pobladores fueron los que desarrollaron lo que hoy se conoce como los valles calchaquíes. En las últimas décadas franceses, holandeses, belgas y otros visitantes han quedado atrapados por la magia del lugar y algunos se han establecido agregando conocimientos a la producción del valle y fueron bienvenidos.

Y el vino, el vino de Cafayate, Cachi, Tacuil, Colomé, Seclantás y tantos otros pequeños parajes ya da vuelta con nuestra bandera por todo el mundo y podemos encontrarlo en las mesas de sofisticados hogares europeos.

Pero ahora, y por primera vez, más allá del deterioro habitual que la política fue produciendo , el daño está adquiriendo dimensiones impensadas. Estamos presenciando la destrucción del tejido social del valle.

La principal fuente de riqueza es el agua que provee el río Calchaquí. El río recibe las aguas de cientos de pequeños riachos que bajan de las montañas nevadas de la cordillera y otras cadenas que lo enmarcan. Los antiguos pobladores habían aprendido el manejo del agua de manera altamente eficiente. Las acequias, canales a veces cavados en la tierra otras construidas con piedras en la montaña, proveían el vital líquido para los cultivos.

Hoy muchas de esas vías de agua son las mismas construidas antes de la llegada de los españoles.

Las pequeñas parcelas en que se fue dividiendo el territorio cercano a los ríos tienen propietarios que en la mayoría de los casos son familias de varias generaciones en el lugar.

Las tierras tienen escrituras o documentación que acredita la titularidad de manera incontrastable.

Pero ahora, han aparecido personajes nuevos en la política de la zona, que no soñó siquiera en su realismo mágico García Marquez, que salen a reclamar las tierras de los agricultores utilizando de manera perversa una ley nacional que fue concebida justamente para impedir que se avasallen los derechos de los pobladores que estaban siendo expulsados de sus tierras.

La ley 26160 es algo así como un gran paraguas de no innovar la situación existente hasta que el Estado tenga tiempo para analizar, relevamiento de por medio, la situación en cada caso donde los conflictos sean realmente los que atañen a los derechos de los pueblos aborígenes a los que se les restituirá en un paso siguiente y si así lo amerita, las tierras comunitarias que siempre tuvieron.

Agazapados tras esta ley, oportunistas políticos se identificaron como Diaguitas y salieron a recamar el derecho a las tierras y disputar su titularidad a personas que en todo caso pueden acreditar la misma identidad indemostrable y que en muchos casos son hasta parientes cercanos.

Los caciques diaguitas, que tienen menos de una década de ejercicio son desde el hijo de una alemana hasta un agente sanitario de apellido Mamani, nacido en Bolivia, desde el hijo de un ex senador cuyos padres no se reconocen a si mismos como originarios, pero que milagrosamente por sus venas corre una sangre aborigen, hasta otra cacique que reclama ahora las tierras que años atrás vendió formal y legalmente a un comprador por que había fundido el campo.

De todos modos no se trata de invalidar los reclamos que en algunos casos son justos, el problema es que por algún motivo, no se entiende que el no innovar es para ambas partes, el que esta adentro no debe ser sacado pero el que está afuera no puede entrar.Es la justicia o el estado el que debe dirimir estas cosas cuando llegue el momento.Pero esta ley es para pueblos originarios, no para resolver problemas que atañen a la justicia ordinaria.En la mayoría de los casos estos nuevos diaguitas ni siquiera ocupan u ocuparon nunca las tierras que reclaman.

La situación es tan absurda, que según el relevamiento de la zona, seguramente realizado por algún burócrata de Buenos Aires, la comunidad diaguita puede reclamar 60000 hectáreas en la zona que incluyen los pueblos de Cachi y Payogasta.

Desde la Poma hasta Cafayate se han vivido sucesos que están enfrentando vecinos y parientes como nunca antes.

Uno de los Caciques, Armando Salva cuyo padre fue 22 años senador provincial, y quien además no se reconoce como diaguita, es un originario por decisión espontanea que cuando quiso apropiarse de la pequeña finca del ingeniero Edgardo Nieva, mandó repentinamente diez "diaguitas" de última generación a que se le metieran en la casa, reclamándola para la comunidad, y se le instalaron en los dormitorios el ingeniero. Nieva, haciendo valer su derecho valientemente, se quedó dentro y tuvo que convivir más de cuatro años en la misma casa, compartiendo los baños y las habitaciones con los intrusos, que eran a su vez alimentados por el cacique para que se queden dentro todo ese tiempo hasta que por fin la justicia los intimó a cesar la invasión.

El "cacique" Salva fue denunciado por otros aborígenes ya que, según ellos, no representa en absoluto sus intereses y el pensamiento de los originarios.

Otro caso que llega al límite del absurdo es el de los Rivadaneira. Su padre, Andrés Segundo Rivadeneira, Oriundo de Corralito, cerca de San Carlos, comenzó un negocio en los años cincuenta que no era nada sencillo. A lomo de mula subía los cerros con unos pocos burros repletos de mercadería, que canjeaba con los pastores de Jasimaná , arriba de la localidad de Pucará, por cueros y quesos de cabra que vendía luego en San Carlos.

Fue juntando dinero hasta que en los años sesenta pudo comparar, con títulos validos a su anterior propietario, unas tierras productivas en Pucará, en las márgenes del río Guasamayo y plantó pimientos que luego secaba al sol para hacer pimentón.

Sus hijos no tuvieron la misma capacidad de emprendedores y cuatro de ellos debieron vender las tierras heredadas que no habían sabido administrar.

Dos años más tarde, la esposa de uno de ellos, Esther Rios de Rivadaneira, se convirtió repentinamente en diaguita y volvió a reclamar, esta vez como cacique de Angastaco, las tierras que su marido había vendido y también la de sus otros cuatro hermanos. Uno de los perjudicados por este despropósito es su propio sobrino, Eduardo Rivadaneira.

La verdadera identidad de los que hoy se consideran a sí mismos diaguitas es motivo de una vieja discusión académica que viene de muy lejos. Conversando con Mercedes Puló, una historiadora y tenaz defensora de la cultura de los valles Calchaquies. No fue difícil percibir su desencanto con esta situación creada por diaguitas cuya ascendencia es imposible de demostrar. Básicamente porque hasta la misma denominación es controvertida. Para avalar sus dichos me acercó un escrito del prestigioso antropólogo y maestro de arqueólogos, Alberto Rex González (1918-2012) según él "no era posible interpretar con las crónicas los restos arqueológicos, de los cuales un caso bien típico es el libro de Marquez Miranda de 1948 Los Diaguitas. Ahí se pone todo el material que provenía de La Rioja y Catamarca, todo se lo coloca y se lo llama "diaguita", es decir, el pueblo que encontró la conquista, los Cacanos : todo se interpretaba con las crónicas, no había trabajo sistemático en distintos sitios que nos diesen un orden de secuencia , es decir, cómo las culturas fueron transcurriendo en el tiempo . No había profundidad histórica ni relativa, ni absoluta. Todo era interpretado como perteneciente a los diaguitas". En síntesis, según Rex Gonzalez, juntaron vestigios y armaron un relato difícil de sustentar en la evidencia. Y en todo caso, quienes reclaman y quienes poseen títulos legales de las tierras en cuestión, pueden ostentar el mismo origen cultural y territorial.

Los habitantes del valle antes de la invasión de los incas, pocos años antes de la conquista de los españoles hablaban el kakan o cacano, una lengua extinta, ya que los incas obligaron a los pobladores a hablar el quechua.No queda el más mínimo vestigio de esa lengua. En todo caso los verdaderos diaguitas estaban más cerca de Catamarca y La Rioja y nunca en la zona de Salta.

Hace poco el instituto del aborigen de la provincia de Salta tuvo que negar a unos supuestos Mapuches que quisieron que se los reconozca como originarios en la zona de Tartagal, es decir a mas de 2600 kilómetros de la zona donde realmente vivían.

Si el gobierno provincial no se pone los pantalones en este asunto es probable que la situación tome carices más violentos de los que ya tiene. En la zona de La Poma hubo agresiones físicas que provocaron que un poblador esté un mes en estado de coma y hoy tiene sus capacidades motrices disminuidas en un ataque sufrido por quienes quieren quedarse con la propiedad que durante décadas fue de su familia

Mientras conversaba con Eduardo, nieto de Rivadeneira, bajo el sombroso alero de la casa, colmado con parras de turgentes uvas negras, que se enredan y decoran las columnas que lo soportan, no podía dejar de mirar hacia adelante donde se veía una pequeña meseta, sobre ella había un viejo y majestuoso pucará que dio el nombre a la zona. Mientras la voz del interlocutor contaba las historias casi épicas de su abuelo lenta y detalladamente, su relato se iba transformando en un lamento ni bien comenzó a explicar la angustia que provocaba en su familia la cruel y absurda conducta de su tía. Con mi vista fija en ese monumento arqueológico, pensaba que si el estado no cumple con su deber, no habrá pucará que salve a esta gente de los nuevos predadores con licencia. Fuente: www.mdzol.com

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