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7/3/16

El origen de nuestra deuda externa

Autor Felipe Pigna


El 19 de agosto de 1822, por iniciativa del ministro Rivadavia, la Junta de Representantes de Buenos Aires facultó al gobierno de la provincia a negociar “dentro o fuera del país”, un empréstito de “tres a cuatro millones de pesos”, para nada menos que: a) construir un puerto en Buenos Aires; b) fundar tres ciudades sobre la costa que sirvieran de puertos al exterior; c) levantar algunos pueblos sobre la nueva frontera de indios, y d) proveer de aguas corrientes a la capital provincial. Otra ley, del 28 de noviembre del mismo año, disponía que el empréstito “no podrá circular sino en los mercados extranjeros”, y que sería por cinco millones de pesos (un millón de libras) y que la base mínima de su colocación sería al tipo de 70%, o sea que por cada lámina de 100 al gobierno de Buenos Aires le quedarían efectivamente 70 libras.

Cuando los diputados Esteban Gascón, Juan José Paso y Alejo Castex cuestionaron por excesivo el monto de 325.000 pesos anuales, el agente inglés y a la sazón ministro de Hacienda, Manuel J. García, les contestó que la economía de la provincia era tan brillante que los presupuestos de los próximos cinco años darían un amplio superávit de 600.000 pesos anuales.

El diputado Castex hizo el comentario que hubiésemos hecho todos: con semejante superávit no entendía por qué se hacía necesario tomar deuda externa.

Los interesados directos en el crédito encontraron un argumento dudoso pero que sonaba bien: convenía traer oro de Londres para darle respaldo a los billetes locales y así oxigenar la economía provincial. La ley quedó aprobada y se fijó como garantía la hipoteca sobre la tierra pública de la provincia.

Por aquellos días John Parish Robertson, socio principal de la casa J. P. Robertson y Cía. de Buenos Aires y Lima, estaba en Londres gestionando un empréstito para el gobierno del Perú. Allí fue contactado por las autoridades de Buenos Aires para que tratase de colocar el empréstito. Parish Robertson se entrevistó con su amigo Alexander Baring, quien aceptó gustoso lanzar el empréstito de Buenos Aires y repartirse con los hermanos Robertson y sus socios argentinos la diferencia entre las 700.000 libras a entregarse a Buenos Aires y las 850.000 que produciría realmente su lanzamiento en la Bolsa, pues la cotización de las obligaciones sudamericanas del 6% se cotizaba en ese momento en Londres a no menos del 85%.

El 7 de diciembre los Robertson convencen a Rivadavia para que acepte la formación de un “consorcio” para la colocación del empréstito de Londres “al tipo de 70”. Aquí hay un punto importante a señalar. Mientras que la ley hablaba de un mínimo del 70%, los negociadores dan por hecho aquel porcentaje.

Los gestores fueron Braulio Costa, Félix Castro, Miguel Riglos, Juan Pablo Sáenz Valiente y los hermanos Parish Robertson. En su conjunto se llevaron 120.000 libras del monto total del crédito en carácter de comisión.

La Baring había logrado recaudar 850.000 libras. Al gobierno de Buenos Aires sólo tenía que pagarle 700.000. De las 150.000 libras restantes tenía que entregarle 120.000 a los negociadores y quedarse con 30.000.

Cuando Rivadavia renunció a su ministerio y llegó a Londres, los banqueros de don Bernardino, la casa Hullet, tomaron, a cargo del Estado de Buenos Aires, 6.000 libras esterlinas del empréstito para gastos de “representación” del ex funcionario que en realidad estaba viajando por negocios personales.

Robertson y Castro aceptaron, con la generosidad de quienes dan lo que no es de ellos, que se le diera a Rivadavia lo que pidiera y ya que estaban, retiraron otras 7.000 libras en concepto de comisión y, por qué no, otras 3.000 simplemente por “gastos”. Esto violaba lo establecido en sus instrucciones, que no les permitían descontar sus comisiones al gobierno. Y ya que estaba la Baring, notando el descontrol, impuso un descuento de 131.300 libras por “cuatro servicios adelantados de intereses y amortizaciones”, más una comisión del 1% sobre los mismos.

Tras el saqueo de la Baring y sus socios anglo-argentinos, del hipotético millón de libras, quedaban:
• 552.700 libras.

Lo que no se había modificado era el monto de la deuda que había que pagar que seguía siendo de:
• 1.000.000 de libras.

Uno podía esperar que tras este despojo, por lo menos la Baring enviara a Buenos Aires el “remanente”, pero ni siquiera eso. El 2 de julio, la “cordial” banca informaba que no “convenía por prudencia” mandar oro a tanta distancia, y proponía depositar en su propio banco las 552.700 libras a “un interés del 3% que es todo lo que podemos dar”. Recordemos que la Baring había colocado el empréstito al 6%.

Al nuevo gobernador de Buenos Aires, Juan Gregorio de Las Heras, le pareció demasiado y pidió que le mandaran algo. La Baring se conmovió y compró unas 11.000 onzas de oro, que equivalían a 57.400 libras. Descontó el 1,5%, o sea 861, por gastos de seguro y las remitió a Buenos Aires.

Pero aquí no termina la historia de este verdadero modelo de toma de deuda que sirvió de ejemplo a futuros gobiernos. Todavía quedaban casi 450.000 libras que irían llegando según la voluntad de la Baring, no en oro sino en “letras de cambio” firmadas por los negociadores del empréstito y que tenían como domicilio de pago Londres.

¿Qué pasó con las pocas libras que llegaron a Buenos Aires? Por supuesto que con ese dinero ni se construyó el muelle, ni se fundó un pueblo en la costa ni en la frontera, ni se instaló una cañería de agua corriente.

En primer lugar debieron reembolsarse al “consorcio'' los 250.000 pesos adelantados, más su considerable interés. El remanente (poco más de dos millones de pesos) junto con otro millón de letras de Tesorería se dispuso que fueran provisoriamente administrados por una “Junta de Inspección y Economía” para “entretenerlos productivamente”.

La Junta estaba presidida por Juan Pedro Aguirre e integrada por Manuel Arroyo y Pinedo, José Maria Roxas, Francisco del Sar y Romualdo José Segurola. Nos podemos imaginar el “entretenimiento” que le dieron a aquellos fondos públicos. Ese dinero, transformado en “pesos Río de la Plata” fue prestado al comercio local.

Adivine el lector quiénes fueron “los comerciantes de la plaza” que recibieron los fondos para “entretenerlos”. Exactamente, los negociadores del empréstito. He aquí las cifras:

• Braulio Costa y John Robertson: 878.750 pesos o 175.750 libras.
• William Robertson: 262.840 o 52.568 libras.
• Miguel Riglos: 100 mil pesos o 20.000 libras.

En total la Junta Administradora prestó 2.014.234 pesos hasta el 24 de abril de 1825, cuando traspasó su cartera al recientemente creado Banco Nacional, transfiriéndole al resto del país una deuda contratada por un consorcio de negociantes anglo-criollos de Buenos Aires. Demás está decir que los fondos se “entretuvieron” tanto que los préstamos jamás fueron devueltos.

Dice el historiador inglés David Rock: “En Buenos Aires los especuladores entonces presionaron para que los beneficios del préstamo de Baring se repartieran y convertir la deuda interna en deuda externa, con la conversión al valor nominal de los títulos que habían reunido. Pero a su retorno de Europa, Rivadavia usó gran parte del préstamo para financiar un nuevo Banco Nacional. Como su predecesor, el banco fue en gran medida dominado por comerciantes británicos, quienes usaron sus facilidades de descuentos para financiar una nueva oleada de importaciones de Gran Bretaña.” (1)

Para 1904, cuando se terminó de pagar el crédito, la Argentina había abonado a la casa Baring Brothers la suma de 23.734.766 pesos fuertes.
(1) David Rock, Argentina 1516-1987, Buenos Aires, Alianza 1989

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