El Clima en Santiago del Estero

4/11/15

Alico y Venancio: el arriero y el chasqui de la libertad

Por Sara Diaz de Raed


La historia mantiene siempre vivo el recuerdo de los grandes héroes que lucharon por la libertad y la independencia.

Junto a ellos, algo ocultos en la penumbra, tienen también su sitio otros hombres sencillos, que hoy nutren nuestro espíritu con el ejemplo de su no menos valioso heroísmo y de su abnegación.
De entre ellos, extraemos el de dos santiagueños, hombres humildes uno se llamó Alejandro Ferreira. Conocido con el cariñoso apodo de Alico o Alicu. El otro e chasqui Venancio Caro.

Cuando estalló el movimiento revolucionario de mayo de 1810, Alico se puso al servicio de la causa de la patria. Por intuición, se orientó de modo firme y seguro, hacia los principios de la naciente emancipación americana. Alico fue un soldado de gran vocación de servicio y con esa cualidad se incorporó, para cumplir funciones de arriero y baquiano, al primer ejército de la patria, el que se conformó para desplegar sus afanes en el Alto Perú al mando de Ortiz de Ocampo.

De capacidad probada, se le confió la misión de conducir el ganado. Ferreira era un entusiasta unitario y fue baquiano del general Lamadrid en su lucha contra Facundo Quíroga. También lo fue del general José María Paz en 1830-31 y del general Juan Lavalle, éste último a quién no conocía. Eran los tiempos de la gran división fratricidad en la familia argentina entre dos grupos antagónicos: unitarios y federales.

Corría el año 1840, varios generales combatían a los caudillos regionales, Lavalle desde el sud, Paz desde el centro y Lamadrid desde el norte argentino. Lavalle acababa de sufrir la derrota de Sauce Grande y se encontraba en el puerto de Diamante, en Entre Ríos. El gobernador de Tucumán, Marco Avellaneda, organizaba la coalición del norte y con ese motivo le entregó el mando de las tropas de la misma al general Lamadrid.

Ibarra mandaba en Santiago y López en Santa Fé. El momento era grave y había que mandar un emisario con un mensaje importante.

Pero además, se requería encontrar al hombre que no sólo fuera bravo y sacrificado, sino conocedor del camino, poseyera instinto de orientación y ofreciera garantías de absoluta fidelidad a la causa hasta el martirio. El elegido fue Alicu.

Lamadrid lo llamó a su presencia y le dio la orden:
-"Alico ¡Te he llamado para confiarte una misión delicada en nombre de la Libertad. Debes disponerte a cumplirla o a morir"!
-"Pierda cuidado, mi general"- le respondió, sin dudar.
"Buena suerte, Alico ¡" lo despidió, casi con emoción.

El arriero montó a caballo y desde la eminencia de su apero gaucho escrutó el horizonte. Recogió en sus pupilas la lejanía, agudizó su instinto de orientación y partió. Días después, pasaba por Santa Fé con un arreo de bueyes, para no llamar la atención llevando en el hueco de un cañón de pistola (forrada en cuero y trenzada con tientos, como el cabo de un rebenque) las comunicaciones que el general Lamadrid le había ordenado poner en manos del general Lavalle. En el puerto de Diamante, entregó el mensaje. Silencioso, pleno de coraje y modesto como las palomas mensajeras, fue portador de un pliego con importantes decisiones.

José Alejandro Ferreira fue un arriero de capacidad probada como tal, pero a la vez, con dotes de idoneidad para defender la causa y un fervor patriótico a toda prueba. Supo ganar distancias en los largos caminos de la pampa y de la selva.

Su alma, nacida para la libertad, debió estar contenta, pues pudo vivir lo suficiente para ver el triunfo de las ideas a las que dedicó su vida, con el sacrificio propio de los héroes silenciosos. Su ejemplo, nos permite afirmar que nadie, por modesto que sea, es incapaz de servir con abnegación a la patria, cuando arde en su pecho el fuego del patriotismo.

Venancio Caro allá por el año doce, llevo el correo de Santiago, galopaba caminos largos para cumplir con su misión. Un buen día el chasqui gaucho agonizaba, dicen en la estancia del rosario, sobre el camino del bracho.

De su libro "Anecdotario santiagueño".
Publicado por Fundacion Cultutal Santiago del Estero

EL CHASQUI VENANCIO CARO
Ciento trece años cabales
Galopan caminos largos
Ya en el final de la posta
Sin caballo va llegando.

Allá por el año doce
Llevó el correo de Santiago
Cuentan trompetas de fama
Con oficio de Belgrano.

La medallita que guarda
La vela y el relicario
Las monjitas de Belén
Le dieron para resguardo.

Con nubes anaranjadas
Riñen a muerte sus gallos
Y el chasqui gaucho agoniza.
Silencio de cielo y campo.

En la estancia del rosario
Sobre el camino del bracho.
Descansa ya para siempre
El Chasqui Venancio Caro.

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