El Clima en Santiago del Estero

18/12/14

San Felix, el pueblo de negros perdido en Santiago del Estero

Perdido en Santiago del Estero, está habitado por cuarenta familias, unas doscientas personas. Su nombre hace honor al hombre que enamoró a Felipa Guerra, la matrona de este linaje que ya suma seis generaciones: el rubio capitán de montoneras Félix Alderete. Cómo llegaron a ese paraje indómito los primeros esclavos. Las marcas del mestizaje y el orgullo por su identidad.


Por Cristian Alarcón

Para seguir la huella africana en Santiago del Estero hay que probar el sabor del polvo. Es como el clima: caliente y poroso, áspero y seco. Sabe a tierra húmeda cuando se deshace en el paladar. Levita por largos minutos apenas se lo espanta con una sola pisada, hundida unos 25 centímetros en el talco espeso que es el suelo de San Félix, el único pueblo del país en el que todos sus habitantes –cuarenta familias, unas doscientas personas– son descendientes de negros. Aunque la sexta generación de los Guerra tiene la piel más clara, se le ve en el rostro la marca del mestizaje de más de cien años, desde que los primeros esclavos llegaron a este paraje indómito con los Frías, terratenientes dueños de doscientas mil hectáreas de monte santiagueño. San Félix, en el Departamento Jimenez, hace honor al nombre del hombre que enamoró a Felipa Guerra, la matrona de este linaje de afrodescendientes: la historia de amor de esa pareja mixta, entre la turgente y bella Felipa y el alto, fornido y rubio capitán de montoneras Félix Alderete, es la huella más fuerte de la familia que ahora se busca en sus antepasados, llena de orgullo por la identidad afro de una provincia en la que, durante la primera mitad del siglo XIX, el 50% de la población era afro.

El cronista llega al paraje acompañado por una troupe que más bien parece la de un circo ambulante: representantes del INADI (Instituto Nacional contra la Discriminación) con Flavio Rapisardi a la cabeza; gente de la Secretaría de Cultura de Santiago del Estero; funcionarios de la Jefatura de Gabinete provincial, todos han aportado una 4x4 para llegar a San Félix este sábado. La temperatura, dicen, nos perdona la vida. Las camionetas tienen que salir de la capital con un intervalo de media hora entre una y otra: el talco de arcilla cuando no ha llovido –la condenada sequía lleva nueve meses, ni una gota de agua desde enero– limita el tránsito, porque la cortina polvorienta y gris que levanta el paso de cualquier vehículo es tan volátil que demora en desaparecer. La ruta 5 nos lleva hacia Pozo Hondo –un punto que apenas si figura en los mapas–. Desde allí hay que tomar un camino de tierra poceado y pleno del bobadal: así se llama ese tipo de senda, por su composición terrosa. Se avanza a veinte kilómetros por hora. La tierra se levanta y cae sobre los vidrios de la camioneta como si la tiraran del cielo. Cualquier otro auto, sin ruedas patonas y doble tracción, quedaría varado porque el radiador colapsaría de tos.

UTURUNGO. –Ésta era una estancia llamada Uturungo.

Dice don Loyolo Alderete, hombre de casi dos metros, como su tatarabuelo, don Félix. Y golpea con el pie enorme el suelo de su patio, a la entrada del paraje. Tiene más de setenta, la piel cobriza, bigotes blancos y prolijos, las canas bien peinadas y cierta elegancia rural del que ha mandado, del jefe de un clan.

–Aquí hay hermanos negros negros y otros rubios. Por allá lejos tenemos un changuito con los ojos verdes y el pelo mota. Acá siempre se ha dicho, para reírse de ellos, de los que heredaron ese pelo de negros, que, cuando se les echa agua a la cabeza, no se les moja.
Ríe don Loyolo de su gracia, y su esposa, que permanece como una anciana quieta y silenciosa a su lado, le sigue la corriente.

–Sí, no se les moja la cabeza. Dice.

La huella de la negritud de San Félix se pierde en la memoria del pueblo. Reside allí donde llegan los recuerdos de sus habitantes más antiguos: don Loyolo alcanza a dibujar el árbol genealógico hasta su madre, la hija de Delfín Alderete, nieto del Félix que desposó a Felipa. Su padre era Cirilo Matías –otro de los apellidos que abunda en la zona–, un “gringo”, dice Loyolo, que es como se les decía a los españoles que llegaban en aquellos tiempos siguiendo el camino que durante la colonia unía Córdoba con Potosí, atravesando el duro interior santiagueño.

–Cirilo Matías vino de España en 1916, y en 1921 llegó a Pozo Hondo. Andaba como vendedor de mercadería ambulante. Mi mamá, María Alderete, lo conoce entonces. Se enamora, se casan y él se instala. Ella tenía su porción de tierra que le correspondía porque era nieta de Felipa Guerra. Aquí mismo era el casco de la estancia Uturungo, que es como le dijeron siempre a la parte que los Frías les dieron a los negros cuando comenzó todo esto.

Uturungo es una voz quechua, una vieja leyenda según la cual un indio se metamorfosea en puma –el Uturungo–. La creencia es que un hombre que necesita vengarse de una ofensa, de un crimen, o de una mancha moral puede hacerlo si pacta con el diablo –“supay”– en una ceremonia en la que se convertirá en el tigre revolcándose sobre el cuero de un animal. Vuelto animal salvaje recorrerá los alrededores de los pueblos y las estancias aterrorizando a la gente que le teme. La prueba de su existencia es que las vacas y los caballos solían aparecer despedazados, y en los alrededores de la bestia yacente, las huellas de un puma que no tiene cuatro dedos, sino cinco, como un ser humano.
PUMA. Los Guerra, los Alderete, los Matías abundan como el sol que todo lo alcanza dieciocho horas al día. En este clan de figuras míticas se han ido cociendo algunas, pocas, historias que le dan sentido a la insularidad de San Félix. Según uno de esos cuentos de fogón, hubo un hombre valiente, en el comienzo de casi todo, que cazaba pumas como si apresara gallinas. Era el hijo del patriarca, Félix Alderete, y llevaba, por primogénito, el nombre de su padre. Salía a buscar las fieras al monte cuando se acercaban demasiado y se atrevían a masticarle las vacas. La mayor hazaña de Félix hijo fue jugarse la vida como un Uturungo, casi transformado en puma. Subió por las ramas de un paraíso y se deslizó con la suavidad del felino hacia lo alto. El animal vigilaba cómodamente afincado sobre un grueso tronco, entre el follaje. El valiente le metió el cuchillo desde abajo, hacia el corazón, lo hundió como si fuera una espada. Cayeron los dos al piso. El puma lo abrazó como quien quiere asfixiar al amante. Le clavó las garras en la espalda y exhaló en el intento. Las heridas en la carne del cristiano fueron profundas. Curarlas llevó tres meses de postración boca arriba. Fue su madre, la mítica Felipa Guerra, ya en una silla de ruedas, la que lo cuidó hasta sanarlo.

Felipa era una negra hermosa. Y fue la matriarca de este clan, aunque no la primera. Era la hija de los primeros negros del lugar. Carlos Torres, sexta generación en la saga familiar y habitante de una casa en la que vende vino frío y picadas de mortadela y queso de campo a los extraños visitantes de la Capital, lo dice con letras de molde:

–Mis antepasados, Julián Guerra, venido de África como esclavo, y Felipa Iramain, traída del Brasil, se casaron, y, como regalo de bodas, los que habían sido sus dueños, los Frías, les dieron una legua cuadrada, que en realidad estaba medida en varas (86 centímetros), por eso la propiedad no tiene 2.500 hectáreas, sino 1.800. Era poco al lado de las 200 mil hectáreas que tenían los Frías en esa época. Luego, a otros negros, en mérito de la lucha federal, les dieron media legua cuadrada, que serían luego los pueblos vecinos de San Andrés y San Ramón. Todos los negros tuvieron el mismo apellido puesto por sus patrones: todos fueron Guerra.

La primogénita de la pareja de negros fue Felipa Guerra. Ella y sus hermanos poblaron Uturungo. Pero fue ella la que se enamoró de Félix Alderete, el capitán de montoneras que vino de la costa del río Salado para quedarse y formar un linaje de bellos mulatos afincados para siempre en el lugar.

LUJO Y ORO. Son bien grandes los Alderete. Los hijos de don Loyolo lo visitan este sábado calenturiento. Uno de ellos es maestro y anda con su pibe, de unos doce años. El chico heredó los rasgos africanos de su tatarabuela pero en una piel blanca. La nariz chata de fosas redondas y el pelo ensortijado, de ese que no se moja. Don Loyolo sabe que los funcionarios que han venido a verlo hoy trajeron tambores desde Santiago, y un cine móvil de la Secretaría de Cultura. Esa pantalla blanca le permitirá ver por primera vez su propia imagen proyectada en la escuelita rural de San Félix, en la que cuarenta niños de los campos vecinos pasan la semana junto a siete maestros. Allí es la fiesta. Hacia el patio rodeado de paraísos y quebrachos, caminan las familias de morenos despintados por las mixturas raciales de un siglo.

Hace muchos años que la pobreza, la sequía y la migración de los más jóvenes –que parten hacia la capital provincial a buscar trabajo– han dejado sin fiestas a San Félix. Lejos quedaron las bacanales de los antiguos, de “los principales”, los siete hijos que tuvieron los esclavos libertos Julián y Felipa a quienes todos les podían ver las marcas que les habían impuesto en los mercados de Buenos Aires y alguna ciudad del Brasil. La pareja había conocido el lujo en la casa de los patrones Frías. Y cuando pudieron, criaron a su descendencia en la comodidad. Tres generaciones duró aquella abundancia.

–Mi abuela me contaba que esto era como vivir en un palacio de reyes. Cómo serían de pretenciosos los negros que no querían comer terneros machos, sólo se les antojaban las terneritas hembras. Las fiestas podían durar tres días. Cada familia mataba un animal y lo repartía, eran miles de cabezas de ganado. Se hacían hormas y hormas de queso. Se ponía la leche en un cuero de vaca, el noque, y en ese cuero entero se lo dejaba. Dos mujeres, una de cada lado, lo llevaban. El lujo les venía de Felipa Guerra, la abuela de mi abuela. Ella terminó en una silla de ruedas que estaba hecha con piezas de oro.

Dice Loyolo.

La fiesta de este sábado es austera pero profunda y sentida. Algo campea el aire de la tarde, algo parecido al respeto, a una memoria silenciosa de niños bien portados que esperan ansiosos el cine jugando a la mancha en el patio. El documental muestra con imágenes de archivos históricos el camino de los esclavos llegados a la Argentina desde África y Brasil, los mercados, las marcas a fuego en la piel, las guerras a las que fueron enviados. El camino Real, entre Córdoba y Potosí, la posición de San Félix y, hacia el final, las imágenes del pueblo. Entonces, las risas de los chicos, las sonrisas de los grandes, la cara iluminada de Loyola que se ve, y se escucha, enorme sobre la pantalla, contando sus recuerdos de la negritud. El INADI ha invitado a la coordinadora del Foro Afro, Mameto Kiamasi, una negra bien argentina que les habla vestida con una amplia pollera blanca, de túnica, y turbante:

–Debemos estar orgullosos de ser negros, de venir de esa sangre.
Les dice.

El nieto. A medio kilómetro de la escuela vive el hombre más anciano del pueblo. Le dicen Titilao, un apodo de niño travieso que le quedó puesto por su abuela, la mismísima Felipa Guerra. Nadie, ni él, sabe cuántos años tiene. Noventa y tantos como mínimo. Sale de su rancho asistido por dos nietos, que lo llevan como bastones hasta la tranquera. Los ojos pequeños se le pegan, y hace esfuerzos por abrirlos y mirar a los extranjeros. Todos sus movimientos son de una lentitud ceremonial. Pero cuando habla, con la voz cascada, la rapidez mental sorprende.

–Los he conocido a los principales. Yo le diré los principales pero usted no anote ahora: Juliana, Isolina, Gregoria y Caucana, Vicente, Félix, Delfín y Ángel. Estanislao es el hijo de Ángel. Es el único que no se casó nunca, ni tuvo hijos. Cumplió funciones de cura. Era el rezador del pueblo. El que casaba. El que bautizaba. El que daba las extremas unciones. El que quedó para contar lo que era Félix Alderete, el patriarca.

–Mi abuela Felipa era bien negrita. Mi abuelo era rubio. Usaba chiripás. Andaba al alba por las camas de los hijos despertándolos cuando iba a llover para que salieran a encerrar los animales. “¡Los bueyes!”, gritaba. Los negros, hermanos de Felipa, le querían pegar cuando se chupaban. Le daban duro los negros. Mi abuelo se reía de ellos. Les decía “cola e’ pishinga” porque se vestían a la moda, usaban camisas blancas, pantalones negros, con un pañuelo blanco que les salía del bolsillo de atrás, como la cola de los zorrinos. –Y dicen que las fiestas eran buenas.

–Acá gustaba el vino. La abuela se iba a San Roque de a caballo con otras negras, y volvían, con las bordelesas cargadas. Dejaban a los maridos a cargo.

Don Félix, cuenta Titilao, fue inteligente y les fue prestando plata a sus cuñados los negros, a quienes les gustaba apostar fuerte. Solían juntarse alrededor del pozo de agua, el jagüel del que aún se proveen todos de un agua termal que sale tibia de las canillas. Todo terminaba a cuchillazo limpio.

Don Titilao cruza las piernas con garbo. Pide un cigarro. Lo enciende. Le pregunta al cronista: –¿Que anota tanto? ¡Éste –les dice al resto de los que lo escuchan– va a tener para escribir una novela en Buenos Aires!

Reímos de las gracias de don Titilao. Y él, feliz de la visita, nos obsequia con sus cantos.
Cuando el sol se pierde en el monte santiagueño, Estanislao Guerra, nieto de Felipa Guerra y Félix Alderete, canta una vidala de esas que entonaba en las fiestas de negros de las épocas de lujo.

Fuente:
http://www.criticadigital.com/impresa/index.php…
Foto: (El más anciano. Le dicen Titilao, un apodo que le puso su abuela Felipa Guerra. Ni él sabe cuántos años tiene, pero son suficientes como para haber conocido a los fundadores del linaje afro de San Félix.- foto y texto diario Crítica)

Sociedad / Edición Impresa - Diario Crítica, 11 de octubre de 2009. fbk: Patio Santiagueño

No hay comentarios: