El Clima en Santiago del Estero

31/10/15

Los ulalos

En el Estrella del Norte, llegó Eric Satie a Santiago del Estero, una mañana de agosto de 1918. Tranquilo, cruzó la ancha sala de la estación siguiendo a un simpático changarín, que le explicaba cómo manejarse con los "mateos". Salieron a un resplandor que él nunca había visto: "el sol vive aquí", se dijo.

Tomó uno de los coches de plaza que se alineaban enfrente, bajo la suave sombra de árboles frondosos. "A Villa Constantina", indicó. "Calle San Martín 1412".

Recomendado por un amigo cordobés, tenía preparada ya una habitación en la casa de una familia de barrio. Un muchacho le ayudó con las dos valijas.

A pesar de haber sido largo, el viaje desde Buenos Aires no lo había cansado. Luego de algunos minutos, la dueña de la pensión golpeó la puerta para preguntarle si prefería mate o café.

-Mate -contestó Eric, quien ya había degustado ese néctar en París, gracias a un poeta argentino.

Desde aquel momento, todo sucedió con placidez. El almuerzo amable, compartido con la familia que vivía en aquella casa, la larga siesta. Como a las seis de la tarde, salió a dar un paseo por el barrio. Le encantó. Callecitas de tierra, silencio, árboles desconocidos para él, bajos y coposos junto a las veredas. Silencio. Tranquilidad en las gentes. Jóvenes y mayores conversando distendidos en las veredas, frente a mesitas de madera o metal. En las que se veían platitos con queso cortado en cubos, fiambres, masitas, pan, gabetas de maderas, pavas y mate.

Dos días después, apenas terminó el desayuno, le avisaron que en la sala principal de la casa lo esperaba su guía. Eran las ocho de la mañana. Eric sintió una agradable corriente de entusiasmo. Fue hasta su habitación sólo para retirar el pequeño maletín.

El hombre en la sala era un joven muy bello. Camisa ocre, bombacha militar, botas. Sobre el grueso cinto de cuero, junto a la gran hebilla, llevaba cruzada una cartuchera, de la cual se veía salir la culata del revólver.

-Qué tal, amigo. ¿Ya está listo para partir? - saludó estirando su mano y fijando en los de Satie sus transparentes ojos verdes.

-Estoy listo... señor...

-Mi nombre es Brígido Carreras -avisó el joven con voz gruesa. Afuera esperaban dos caballos. La distancia no era muy larga. Llegarían esa misma noche.

A unos cien metros vieron dos jinetes, que parecían esperar junto a la ruta. Declinaba ya la oración y los objetos se difuminaban.

-Pare un momentito -escuchó Satie que Brígido le decía. Lo vio entonces quitar del costado un instrumento que reconoció como las boleadoras. Sin apuro, el joven fijó uno de los extremos anudándolo en el cabezal de su montura. Luego extrajo un facón reluciente de la vaina que llevaba, también sobre su cinto, fijada en la espalda. El francés se sintió repentinamente aterrorizado. Como adivinándolo, Brígido lo tranquilizó.

-No se preocupe, amigo. Esto se va a terminar rápido y a usted no le va a pasar nada. Vamos ahora...
Dos hombres vestidos de negro salieron a su encuentro. Se cruzaron sobre la no muy ancha senda pedregosa. Sus caballos caracoleaban. Eran jóvenes, parecían muy fuertes. Ostentaban una elegancia inesperada. Camisas blancas con cuellos bordados bajo chalecos negros de terciopelo. Rastras y espuelas de plata.

-Por acá no se puede pasar... -dijo uno que llevaba en su mano el revólver desenfundado. -Son campos de propiedad privada.

-Somos huéspedes de don Moisés Carol -le aclaró Brígido. Pero el guardián respondió:
-Don Moisés Carol no tiene autoridad aquí.

Entonces con un movimiento velocísimo que a Satie lo estremeció, Brígido derribó al que llevaba el revólver de un bolazo en la sien. Como un refucilo lanzó el facón hacia la frente del otro, que cayó, también, agarrándose la frente de donde brotaba abundantemente su sangre.

Satie estaba a punto de desvanecerse; su asombro llegaría al colmo cuando viese que los caballos de los otros desaparecían y los hombres derribados por Brígido se metamorfoseaban... Convertidos en oscuras bestias, semejantes a cerdos peludos, huyeron berreando. Y se perdieron entre los matorrales y la oscuridad.

Don Moisés Carol también tenía ojos verdes, algo diluidos por la edad. Debía de ser un hombre como de ochenta años.

-Los llevaré enseguida a la casa de los ulalos... ellos se muestran únicamente en dos horarios, por las noches y a la siesta... -explicó el anciano.

Se internaron los tres a caballo, por un senderito en el cual cabían sólo en fila de a uno. Satie percibió que descendían, aunque levemente. Al fin llegaron a un tupido lugar del bosque, en el cual, después de pasar por una especie de hueco entre las enredaderas, se internaron, a pie, por un largo corredor donde las paredes parecían haber sido hechas sólo con apretada vegetación.

Entraron a un espacio redondo, amoblado con estantes, sillones y mesas de piedra, iluminado por antorchas sobre las paredes, también de piedra gris. En su centro, tras una mesa, estaban dos pequeños seres que a Satie le provocaron un sobresalto.

En sus cabezas calvas había ojos, narices -nimias- boca y bajo su mandíbula tenían delgados cuellos. También sus delgados torsos se extendían en brazos largos por los costados, con manos delgadísimas, de delicados dedos "como de pianistas" apreció el francés. No parecían humanos, sin embargo. Bajo las camisas de sarga se veía una piel grisácea, con tonalidades amarillas y verdes, que jamás conociera antes.

-Él es Eric Satie -indicó don Moisés Carol a los extraños seres.

-¡Bienvenido! -contestó uno de ellos: -¡Lo esperábamos!
Satie sintió una corriente de alegría interior que le pareció provenir directamente de esa voz, que más bien parecía transmitirse directamente por los pensamientos a su cabeza.
-Nosotros somos Sapa y Anyo. Ulalos. ¿Puedo tocar su mano?...
Satie se la extendió.

El ulalo cerró sus ojos al tomarla. Mantuvo entre sus dos manos la mano derecha de Satie y luego de unos cincuenta segundos exclamó:

-¡Mmm...! ¡Usted es un hombre muy refinado!...

Así fue el primer encuentro de Eric Satie con los ulalos. El 27 de agosto de 1918 en Sinchi Caña, Santiago del Estero.

Luego de pernoctar en lo de don Moisés, regresaron con Brígido a la ciudad. Fuente: www.facebook.com/juliocarreras.escritor

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